Columna de Ernesto Ottone: La inflación identitaria

Constituyentes ingresando al Paseo del Reconocimiento instalado por la Mesa Directiva por el Primer Mes de Trabajo de la Convención Constitucional en el Ex Congreso Nacional. Diego Martin / AGENCIAUNO



Se pensaba hace años que el proceso de globalización nos llevaría a una sociedad de la información que debilitaría las diversidades y generaría una suerte de uniformidad global. Eso no ha sucedido, si bien se han extendido algunos rasgos comunes sobre todo en el campo del consumo, se han profundizado las tendencias identitarias en muchos terrenos.

Han crecido, en consecuencias los reclamos identitarios de carácter étnico, de género, de orientación sexual, de culturas, de lenguaje, de nacionalismos reales o imaginarios, de creencias religiosas , de identidades sociopolíticas fruto de construcciones ideológicas como aquellas que dividen las sociedades entre pueblos y élites irreductiblemente adversarios. El conjunto de ellos muchas veces tiende a debilitar el viejo “nosotros” que garantizó la existencia del Estado- Nación.

Esta “inflación identitaria”, este reclamo creciente de identidades particulares no debería ser necesariamente negativo, podría por el contrario enriquecer un nuevo “nosotros” más completo, inclusivo y dialogante. Pero para hacerlo es indispensable que no se transformen en identidades cerradas, que niegan la posibilidad del mestizaje, la mutua influencia entre diversas identidades disminuyendo así la riqueza del “mélange” entre etnias, géneros, religiones y lenguajes, que fruncen el ceño frente a la pertenencia múltiple y tienden a favorecer la adscripción a una sola identidad determinante que se vuelve dueña y señora de la conducta individual, imponiéndole una pertenencia excluyente a una sola forma de ser y una lealtad obligatoria a una sola comunidad y a sus líderes.

El peligro de las identidades cerradas, que muchas veces son fruto de una construcción más que de una tradición, es el fanatismo, la defensa obsesiva de una identidad, negando al que consideran diferente, es el espíritu guerrero que asumen frente a la heterogeneidad.

Si la identidad se entiende entonces como algo ajeno a la evolución y al cambio, como algo estático, invariable, que exige una forma de convivencia exclusiva que acepta sólo la repetición infinita de una singularidad exacerbada más pura que su propia historia y que se considera moralmente superior, que abjura de la diversidad en nombre de la diversidad y construye comunidades sin ventanas ni aire fresco, su destino inevitable es relacionarse con los demás a través del enfrentamiento y muchas veces del enfrentamiento violento.

Esa idea de identidad resulta incompatible con el sistema democrático, con valores universales compartidos, se convierte en una manía que de tanto afirmar sus raíces deja de lado los frutos y las plantas indispensables para la convivencia humana, interrumpiendo la acumulación civilizatoria.

La identidad abierta por el contrario es aquella que puede producir acumulación civilizatoria, que acepta y valora al otro, al diferente, en quien reconoce una humanidad compartida. La identidad abierta no se define por la adhesión a una sola identidad colectiva, determinante y definitiva, puede pertenecer libremente a varias. Ella reconoce la pertenencia múltiple del individuo.

Amartya Sen, premio Nobel, gran economista y pensador indio nos dice: “”Existe una gran cantidad de categorías a las cuales pertenecemos simultáneamente. Yo puedo ser al mismo tiempo asiático, ciudadano de la India, bengalí con ancestros en Bangladesh, residente en los Estados Unidos y Gran Bretaña, economista, filósofo en mis ratos libres, escritor, conocedor del sanscrito, laico, heterosexual y defensor de los gays y lesbianas, con un estilo de vida no religiosa, de familia hinduista, no brahmán, que no cree en la vida después de la muerte y tampoco, en caso que quieran saberlo, en una vida antes de la vida”.

Para que la identidad abierta predomine en nuestra convivencia se requiere una mirada no militante de la historia y comprender su complejidad. La historia de América Latina no es ajena, ni mucho menos, a la existencia desde el comienzo de la conquista ibérica e incluso de antes por parte de los grandes imperios indígenas, de dominaciones crueles, de negación del derrotado, de expropiaciones del hábitat, de una esclavitud larga y extendida en el tiempo y de una estructura económica que favoreció desde la Colonia altos niveles de desigualdad social que ha cruzado toda su existencia; pero al mismo tiempo, durante centenares de años fue creando en su caminar un tejido intercultural extremadamente compuesto y mestizo.

Ese tejido se ha ido conformando por las poblaciones originarias, los conquistadores ibéricos, los esclavos africanos, cuyos descendientes son hoy el más numeroso grupo étnico de la región después de la mayoría poblacional mestizada, numéricamente mayor que los pueblos originarios, como también por las migraciones europeas y de otras latitudes que llegaron numerosas hasta la primera mitad del siglo XX.

Nadie es “puro” en estas tierras mezcladas, como señalaba Germán Arceniegas. “Por más que nos creamos españoles, franceses, somos americanos, el continente nos imprime un aire, un acento una luz, un color …” A tal punto que en un censo realizado en Brasil la gente llegó a emplear 134 términos para describir el color de su piel y en la última constitución boliviana se reconocen 36 nacionalidades. Creo, eso sí que a unos y otros se les fue la mano.

De toda esta complicación histórica surge un mestizaje potente, un valioso sincretismo cultural, un “nosotros”, que por más que los partidarios de la identidad cerrada lo nieguen, está presente en la vida cotidiana. Y todo aquello también está presente en la historia de Chile, ella no es unívoca, como el dios Jano tiene siempre dos caras y ambas han modelado nuestro presente, una cara injusta y conflictiva, otra mestiza y compartida.

Es un profundo error negar una de las caras, colocar la mirada en una parte y no en el conjunto, convertir la complejidad en una pura reyerta.

La historia más antigua y también la reciente, contiene a la vez injusticias, conflictos, integraciones y experiencia comunes festivas y solidarias, en eso consiste también, el mestizaje histórico.

El camino, sobre todo en tiempos de elaboración constituyente no puede consistir en reparar cada injusticia del pasado si no de construir una justicia para el futuro a partir de la realidad actual.

Caminar mirando hacia atrás sería tan imposible como rehacer la carta geográfica mundial sin que el mundo explotara, tan absurdo como borrar el espíritu patriarcal de nuestros antepasados sacándolos de los libros de historia o de literatura, o juzgar a la iglesia católica sólo por la Inquisición, olvidando su defensa de los derechos humanos en tiempos oscuros. Ello es injusto además de ridículo. Las personas y las instituciones sólo pueden ser apreciadas en el contexto histórico que les correspondió atravesar.

Se trata una vez más de dialogar sin condiciones, de buscar una universalidad en la que quepamos todos, se trata de ponernos de acuerdo para vivir juntos con nuestras identidades y pertenencias, sin dejar de construir un “nosotros”.

Ese es el camino que nos puede llevar a una mejor democracia y a un país mejor, lo otro nos lleva a una fragmentación pendenciera, a una refriega sin salida.

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