Columna de Matías Rivas: La vida material

Philip Larkin.



Ganar dinero para vivir se ha vuelto cada vez más difícil, sobre todo en el ámbito cultural. Las librerías están vendiendo poco y el papel está cada vez más caro, lo que incide en los precios. Los actores están reinventándose con velocidad, pues la cantidad de producciones locales son escasas. Las galerías de arte venden casi nada, entonces los artistas se ven obligados a organizar sus propios negocios en sus talleres. La crisis ha llegado con ferocidad. Supongo que lo mismo ocurre en otros espacios de sociedad en distintos grados.

Cuando se dan estas contingencias, lo colectivo pierde urgencia ante la necesidad individual. El talento pasa a segundo plano, hay que poner la mente en la generación de ganancias económicas rápidas. Si antes era complejo alternar el trabajo con alguna disciplina artística, ahora el asunto es cómo solucionar el día a día a nivel de ingresos.

Esta situación pasa también por las universidades, eventuales lugares donde recalar. Pero hay cupos limitados y los que mandan son los alumnos. Se acabó el profesor como un sujeto de poder simbólico: la desidia de los que asisten a clases es capaz de disolver el entusiasmo de cualquiera. Además, hay que obedecer los protocolos y la burocracia, ser evaluado y la remuneración a cambio es una suma módica, en particular, si no se tiene contrato.

Algunos se han inclinado a dar talleres, en donde las condiciones son más amables. Solo van personas interesadas y pagan directamente. El trato es otro, no hay pruebas sino que interés por compartir y aprender. El acercamiento a los que asisten no está mediado por políticas institucionales, es más directo e informal. De esas instancias salen escritores y pintores formados, me consta.

Por cierto, no todos tienen la disposición pedagógica. Ni existe tanto público dispuesto a invertir en circunstancias de escasez. Un amigo poeta está haciendo jardines, otro se metió a una construcción en calidad de obrero. Llegan a sus casas demolidos por el sueldo mínimo que ganan después de deslomarse. Están llenos de ira, se sienten despreciados, invisibles. Han publicado libros de indudable valor, reconocidos. No obstante, no consiguen oportunidades. En parte porque son singulares en sus modos. Al hablar se nota que no acatan con facilidad. A la vez, están tan aterrados que su actitud es introvertida, no les sale la voz a la hora de pedir. Uno de ellos era mi amigo Juan Manuel Vial. El crítico apasionado no sabía cómo convencer a académicos y empresarios de las virtudes de sus proyectos. Ponía todo su empeño en reuniones en las que se explayaba con soltura. Sin embargo, nunca salía con respuestas concretas. Quedaba con el alma en un hilo. Tuve la suerte de poder apreciar sus virtudes como traductor, entre otros, de Ford Madox Ford y Oscar Wilde, así como su elegante edición de los volúmenes de ensayos de Christopher Domínguez Michael.

El miedo a la pobreza ha sido una constante preocupación del sujeto contemporáneo dedicado al leer y escribir, o a ejercer la música, la visualidad o la actuación. Las condiciones materiales de la existencia han sido desvelo central de personajes variados y célebres. La biografía de Paul Valéry de Benoît Peeters cuenta que el poeta fue secretario de un señor acaudalado hasta muy entrada su madurez. Dependía de él. La fama de sus textos no le permitía dedicarse a sus inquietudes. En La felicidad de los pececillos el ensayista Simon Leys aborda el tema del dinero y los escritores. Cuenta que Baudelaire consideraba que la falta dinero significaba la brutal inferencia del público. John Steinbeck observaba que “la literatura practicada como profesión hace que las carreras de caballos parezcan una ocupación sólida y estable”.

Si hubo fe en las ayudas estatales supongo que está derrumbada. El Ministerio de las Culturas está enfocado en conmemorar los 50 años del Golpe, no de la situación crítica en que estamos. Quizá no hay presupuesto destinado al ítem supervivencia.

No es el primero ni será el último descalabro monetario que nos toca. Más bien son la constante si uno mira en el tiempo. Está la imagen inolvidable de Claudio Giaconi deambulando por Santiago con un cigarro en la boca y el terno roído. Jamás lo vi pidiendo, su orgullo se lo impedía. O la exposición de Carlos Altamirano titulada Pintor como un estúpido del año 1985, en la que entre otras cuestiones, aparecía en un video en calidad de vendedor de televisores en Almacenes París.

Claudio Bertoni desde joven adoptó precauciones respecto a la carencia. Decidió muy temprano no hacer ningún tipo de labor remunerada. Se dedicó a sus preocupaciones en una casa precaria en Concón. Hizo su obra fotográfica y poética acotada por la estrechez. Podría sostenerse que desde ahí habla y opera sin dramatizar.

Otro escritor atento a la plata fue Philip Larkin, quien subsistió como bibliotecario de la Universidad de Hull. La mayor parte de su obra la realizó mientras cumplía esta tarea. En su libro Las bodas de Pentecostés y otros poemas, escribió: “Sin duda el dinero y la vida tienen relación, / no puedes mantenerte joven hasta jubilarte / y por más que ahorres en el banco / al final no te alcanzará ni para afeitarte”.

Circula el mito que la privación genera mayor creatividad. Es una falacia. La historia constata que las épocas de riqueza fueron pródigas en genios. Nuestro escenario es absolutamente inestable y frágil. La austeridad ha marcado un estilo que nos caracteriza. Es la elegancia de los menesterosos.

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