Columna de Max Colodro: Estatuas vivientes

30 de Noviembre del 2022/SANTIAGO Gabriel Boric, Presidente de la República durante la inauguración de la estatua del ex Presidente Patricio Aylwin, que se encuentra en el frontis del Palacio de La Moneda. FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO



¿Cuál es el mínimo ético que sostiene las convicciones políticas, los juicios que una personalidad pública tiene sobre el pasado y el presente? ¿Hasta dónde pueden llegar los cambios de opinión? ¿Es lícito denostar durante años el legado de un expresidente, para terminar finalmente, desde la comodidad de poder, alabándolo, sin sentir la más mínima necesidad de dar una explicación? ¿Eso es en realidad la política hoy día: la fácil posibilidad de echar todo lo sostenido por la borda y de situarse impertérrito en la vereda del frente? ¿No hay un imperativo de dar razones?

Patricio Aylwin, que en su momento “promovió el golpe de Estado del 11 de septiembre y, una vez consumado, lo justificó sin ambages”; que más tarde perteneció a esa elite concertacionista que optó “por construir una política de los acuerdos que terminó por legitimar, en la práctica, el modelo impuesto por la dictadura”. Súbitamente, en el momento de inaugurar su estatua, se convierte en una figura que merece ser reivindicada, aspirando incluso a estar a la altura de su sobriedad y dignidad republicana: “si alguna vez, en el futuro lejano, se nos recuerda a los Cariola, Jackson, Vallejo y Boric, como hoy se recuerda a Aylwin, Frei, Tomic y Fuentealba, sin lugar a dudas habremos cumplido nuestro cometido”.

¿En serio? ¿Así funciona? ¿Boric y sus amigos ahora sueñan con que la historia los recuerde como a Aylwin y Frei Montalva, es decir, como a esos férreos opositores de la UP, que “promovieron el golpe” y “lo justificaron sin ambages”? ¿Quieren tener también su estatua, igual que aquellos que optaron por “construir una política de los acuerdos que terminó legitimando el modelo impuesto por la dictadura”? ¿Ese era el destino soñado por esta nueva generación, por los que querían cambiar Chile y echar abajo la Constitución de Pinochet? ¿Cuánto valen una estatua y un lugar en la historia? ¿Qué se está dispuesto a hacer y a decir para conseguirlas?

Definitivamente, merecen una estatua y tienen ganado su lugar en la historia. Es más, son ya en los hechos estatuas vivientes, mármol y bronce encarnado, testimonio de un tiempo donde la política y las convicciones simplemente no valen nada; donde la violencia, el Estado de Derecho, el orden público, el retiro de fondos previsionales, se defienden o rechazan dependiendo de si estás en el gobierno o en la oposición. Hoy sabemos también que el lugar de Aylwin o Frei Montalva en la historia, el Chile de la Concertación, los últimos treinta años, nunca tuvieron la menor importancia. Que todo era un bluf, una mascarada, una pantomima.

En efecto, Aylwin, Frei, Allende, Alessandri, tuvieron sus estatuas después de muertos y no antes, precisamente porque representan un país que ya no existe: uno donde las convicciones políticas y el derecho a cambiar de opinión respondían a mínimos éticos, a la consistencia de una vida, y no solo a la fantasía nada sobria de terminar sobre el pedestal de la historia.

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