Don Juan

"Se enfrentó a Bill Russell, el legendario pívot de los Celtics que le sacaba 18 centímetros de ventaja; despreciaba a Michael Jordan y LeBron James, porque el "único jugador indefendible en la historia del básquetbol fue Wilt Chamberlain".



La primera vez que Juan Ostoic me dirigió la palabra, yo estaba viendo un partido de la NBA en televisión. Tomó una silla, se sentó a mi lado y empezó a reclamar con voz grave y elocuente. Yo lo miraba, ignorante, sin reconocer de quién se trataba. Era verano de 1999, en la redacción de deportes del diario La Tercera. Yo tenía 21, él 69. Yo venía del sur y pensaba que sabía algo de este deporte; él en cinco minutos me demostró que estaba muy equivocado.

Después de la charla, tomó su cuaderno, un diccionario y un montón de hojas sueltas. Se retiró tranquilamente, a paso lento, recibiendo la venia de quien se le cruzara. Pregunté quién era ese viejito y cuando me lanzaron toda su trayectoria, después de sentirme avergonzado, fui a buscarlo para ofrecerle disculpas. “No sea huevón”, me dijo con pronunciación perfecta. A partir de ahí, cada cierto tiempo, se aparecía cerca de mi escritorio para hablar de algún jugador, para comentar estadísticas o simplemente para comparar partidos de hoy con los de su época. Don Juan, así le decíamos todos, nunca perdió la pasión por la disciplina que lo transformó en una leyenda del deporte nacional.

Le gustaba el lenguaje en toda su dimensión. El docto y también el popular. Las palabrotas, que él aplicaba con regularidad, no eran malsonantes cuando las lanzaba en tono firme. Utilizó a diario todo ese conocimiento en la confección de los crucigramas del diario La Tercera, que él firmaba como Jota O, desde 1981, cuando llegó a las antiguas instalaciones de Vicuña Mackenna. Fue así hasta el fin de sus días, siempre igual, siempre a mano, con lápiz, goma y papel. En ese afán de nunca dejar descansar su mente, también se encargó de armar los sudoku que publicaron en este medio. Los básicos y los más exigentes. Y nunca, o casi nunca, daba una pista para resolver sus acertijos de letras y números. Se reía cuando no podíamos solucionarlos completamente.

Con el tiempo, como es lógico, el físico ya no acompañaba la velocidad de su destreza mental. Don Juan tenía permiso para todo. Para recorrer todas las secciones de la redacción, para ocupar cualquier escritorio que estuviera vacío, para incluso dormir una siesta antes de retomar sus labores. Su imagen se volvió una costumbre necesaria. Y claro, para las nuevas generaciones siempre era un foco de atención la presencia de un caballero de 1 metro 90, encorvado por la edad, reverenciado ya como una tradición.

Fue tercero del mundo con la selección nacional de 1950 (tenía 20 años). Jugó los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y Melbourne 1956, hazañas que para el baloncesto chileno hoy son imposibles. Se enfrentó a Bill Russell, el legendario pívot de los Celtics que le sacaba 18 centímetros de ventaja; despreciaba a Michael Jordan y LeBron James, porque el “único jugador indefendible en la historia del básquetbol fue Wilt Chamberlain”. Con 88 años, después de revisar la nómina de Estados Unidos que asistió al último Mundial en China, me anticipó que sería uno de los grandes fracasos del deporte gringo. Y yo, iluso, le discutí lo que después sencillamente se cumplió.

Juan Ostoic era un hombre del deporte. Y curiosamente, su querido baloncesto no le devolvió la mano como merecía. En los Juegos Odesur de 2014 quiso volver a una cancha después de muchos años, para ver a la selección criolla. Llegó a la entrada del gimnasio y no lo dejaron entrar. Se fue triste, volvió a la sección y contó lo sucedido. Después de un llamado a la directiva de la federación de ese entonces, junto con una disculpa, lo ubicaron en el palco de las autoridades. Y él solo quería ver un partido en persona.

La familia debe sentir la partida de Don Juan. Su extensa familia de la que humildemente me siento parte, como compañero de trabajo, como alumno, por qué no. “Hay que ser disciplinado, muchacho. Y pillo también”, me dijo en una de tantas conversaciones. Y él lo fue hasta hoy, a los 89 años, edad en que un infarto terminó con ese andar tranquilo y voz retumbante. Las reverencias ya no se las llevará él, pero sí su recuerdo. Para siempre.

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