Cartas al Director

A siete años del 18 de octubre

Santiago, 13 de diciembre de 2019 Manifestantes se concentran en la Plaza Italia en protesta contra el gobierno durante una nueva jornada de movilizacion social. En la foto manifestantes durante incendio en el Crowne Plaza. Ramon Monroy/Aton Chile RAMON MONROY/ATONCHILE

SEÑOR DIRECTOR:

El 18 de octubre de 2019 comenzó un episodio que remeció a Chile y cuyas lecciones, siete años después, seguimos sin extraer del todo.

Hay una condición previa a cualquier balance: la violencia no admite matices. Las incendios dolosos, los saqueos y los ataques a personas e instituciones no fueron un exceso de la protesta, sino su peor rostro. Buena parte de la política chilena no supo, o no quiso, reprocharla de manera incondicional. La mirada complaciente frente a la anomia, el menoscabo del principio de autoridad y la ambigüedad de quienes entendieron la fuerza como una forma legítima de presión pusieron en riesgo nuestra institucionalidad democrática. Una democracia que no defiende sus reglas frente a quienes las atropellan se debilita, aunque lo haga con las mejores intenciones.

Es justo reconocer que los acuerdos para intentar una salida constitucional ayudaron a disminuir la violencia. Pero, apurada por la necesidad, se llenó de normas procesales y electorales que luego contribuyeron a que la disparatada primera propuesta fuera rechazada con claridad por la ciudadanía. El segundo intento repitió el error con otro signo: una mayoría distinta volvió a mirar la Constitución como un programa de gobierno. Ambos procesos olvidaron que una Carta Fundamental solo perdura cuando se siente de todos y deja de ser partisana.

Hecho el repudio, queda la tarea más difícil: detenernos en las causas mediatas. La desconfianza hacia las instituciones y las élites, la sensación de trato desigual e injusto, las expectativas de movilidad frustradas, el endeudamiento de las familias, la percepción de pensiones y salud insuficientes y el desgaste de la cohesión social conviven con un país que, pese a todo, ha avanzado indiscutiblemente. Explicar no es justificar; es comprender para no repetir.

Siete años después, ese ejercicio sigue pendiente, más allá de esfuerzos puntuales. Y un país que no se explica lo que le pasó queda expuesto a que vuelva a ocurrirle. Nos debemos ese diálogo sereno.

Jorge Burgos Varela

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