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Nostalgia y el fantasma de The Beatles: las claves de The Boys of Dungeon Lane, el sólido regreso de Paul McCartney

Lo nuevo del ex Beatle -ya disponible en plataformas- es un álbum coherente y bien trabajado. Cruzado por la mirada hacia sus años de infancia, hay espacio para la nostalgia, pero también para el amor. La producción musical de Andrew Watt es un factor clave para firmar una sólida colección de temas, que incluso ofrece algunos momentos sorpresivos. Parece que tenemos a Sir Paul para un buen rato.

Nostalgia y el fantasma de The Beatles: las claves de The Boys of Dungeon Lane, el sólido regreso de Paul McCartney

La idea era tener la placa original. La foto de la señalética consumida por el tiempo y la brisa marina que marcaba Dungeon Lane, la callejuela de Liverpool que abre hacia el río Mersey y da nombre al nuevo álbum de Paul McCartney.

Sin embargo, cuando la gente encargada de la labor llegó al lugar, notó que no había señalética alguna. “No había, se la robaron”, cuenta Sir McCartney en una entrevista promocional del disco. Así que en su lugar se reconstruyó una. Esa es la que se ve en la portada del trabajo disponible desde este viernes 29 en las plataformas digitales.

Y aunque el pasado ya no está en la forma de una señalética urbana, si persiste en buena parte del material del álbum. Una mirada hacia atrás, en el crepúsculo de la vida que, sin embargo, rezuma optimismo. Y más importante, muestra que McCartney no ha perdido un ápice de su ambición.

Paul McCartney Foto: Pedro Rodríguez

The Boys of Dungeon Lane, mira hacia atrás sin rencor. Suma una colección de imágenes de la niñez y la adolescencia en un Liverpool devastado tras la II Guerra Mundial, pero también alterna con la voz del hombre maduro que es hoy Macca a sus 83 años.

El disco sorprende de entrada con un recitado. La voz de McCartney en los primeros minutos de As you lie there, suena como el relato de un abuelo rememorando un antiguo interés amoroso perdido en el espesor del tiempo. “Solía ​​pasar por delante de tu casa/Todas las noches/Miraba hacia tu ventana/La luz estaba encendida/Veía tu silueta en la persiana/¿Piensas en mí?“, se escucha.

Aquella fue una de las primeras piezas que McCartney trabajó junto al productor del álbum, Andrew Watt (Ozzy Osbourne, The Rolling Stones), y el resultado es notable. Pareciera ser una canción que va hacia una dirección, pero luego gira y se transforma en un tema más enérgico, con guitarras saturadas.

Allí hay otra clave del disco; podemos escuchar a McCartney cantar en un modo agresivo, sorprendentemente fresco, a consideración de su edad, pero también se nota el desgaste del tiempo. Se permite mostrarse vulnerable sin complejos, por ejemplo en la bella canción acústica Days we left behind; un tema que habla sobre los días en que tomaba el autobús para ir al Instituto de Liverpool. En la parada siguiente subía un flaco y desgarbado joven llamado George Harrison. La canción transmite esa conmovedora vibra nostálgica.

Asimismo, aquel tema muestra como McCartney maneja a su gusto ciertos lenguajes musicales; Days we left behind puede emparentarse con otras fantasías acústicas de su firma, como Jenny Wren o Calico Skies. Incluso se puede trazar hacia atrás con Yesterday o Blackbird. Es decir, es un formato de canción que conoce muy bien.

La guitarra acústica también atraviesa Down South. Un tema con sabor Nashville en que “Macca” rememora los días de autostop con George Harrison y John Lennon. Probablemente la canción más nostálgica del disco en que rememora el espíritu de pandilla, tan propio de la juventud. Ese ímpetu juvenil antes de ser The Beatles, cuando eran apenas unos muchachos entusiasmados por el rock n’ roll. ”Fue una buena manera de conocernos/Antes de aprender Twist and shout“, dice en el elocuente estribillo.

La nostalgia también se cuela en las imágenes familiares. En Salesman Saint, McCartney habla sobre sus padres, Jim y Mary, el “vendedor” y la “santa” respectivamente. Básicamente, es un tema en que les agradece por la resiliencia, por su capacidad de sacar adelante una familia en un entorno difícil, en medio de la carestía. De manera simbólica abre con un sonido de trompeta, el instrumento que le regaló su padre a los 14 años, pero que después cambió por una guitarra. Los guiños a la música de big band, no son casuales; en una referencia al gusto de Jim por el jazz de viejo cuño (de hecho tuvo su propia banda, Jim Mac’s Jazz Band), que “Macca” ha homenajeado en otros momentos, como en You mother should know, Honey Pie o en When I’m sixty-four.

Si hay un tema que rompe el álbum, es Mountain top. Una fantasía psicodélica -con una intro que parece guiñar a la de Strawberry Fields Forever- en que la voz de McCartney suena enmascarada por efectos, como poniéndose en el lugar del hablante; un joven que ha consumido alguna sustancia alucinógena. “Pasteles de calabaza en el cielo/También intentan hipnotizarnos/A ti y a mí a donde quiera que vayamos”, dice en la imaginativa letra que puede pasar como una prima lejana de Lucy in the sky with diamonds.

Aunque la letra parece más bien un pastiche de canción psicodélica, por momentos cliché, la música es mucho más enérgica. La canción muta hacia un beat más acelerado, que parece recordar a Back in the USSR, como para recrearnos la sensación alucinógena que propone la letra.

El álbum también se explaya sobre el otro gran tópico que ha cruzado la carrera de McCartney; el amor. Ahí está Ripples in a pond, escrita para su esposa Nancy Shevell. Ella también aparece de manera tangencial en Life can be hard, un tema escrito durante la pandemia, que destaca por su cuidada producción musical. Sostenida sobre la melodía principal y cuidados arreglos de teclados, cuerdas y guitarras, es de las buenas canciones del disco.

La segunda parte de The Boys of Dungeon Lane tiene algunos de sus mejores momentos. No es casualidad que cuatro de esos temas son firmados por McCartney junto al productor Andrew Watt. Su oreja afilada para el pop se hace sentir en We Two, Come inside, Never know y Home to us, la colaboración que reunió a Paul y a Ringo Starr en un improbable dueto.

Aquella es además la canción más beatlesca del disco, con los distintivos juegos de armonías vocales, estribillo directo y un solo con sabor rockero. ¿Una jugada comercial? También puede ser, pero le da a la fanaticada una muestra de cómo sonaría el universo de los Fab Four en el contexto actual.

A su edad, Paul McCartney no tiene nada que demostrar, pero se las ha arreglado para firmar un álbum sólido que lo muestra vigente, aunque se siente el paso del tiempo. Flota la pregunta respecto a si se puede considerar un disco de despedida, a tono con su fibra nostálgica, pero la vitalidad que transmiten las 14 canciones parece indicar que ha optado por seguir escribiendo hasta la muerte. Un regreso digno y a tono con su leyenda.

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