Sexo, ansiedad y encierro: cómo la pandemia reconfiguró las relaciones

ilustración: Alfredo Cáceres/ Animación: Gisselle Ruitort

Matrimonios quebrados por el cambio de rutina, pololeos que se alejan y que se vuelven monótonos, citas con nuevos códigos y un miedo creciente a quedarse solo. Después de tres meses confinados, esto les está pasando a los santiaguinos durante la cuarentena.




Había algo que venía molestando a Carolina. No era la vida que había conseguido como una mujer de 47 años, casada, empleada del servicio público, con dos hijas adolescentes y un departamento en La Florida. Era más bien que todo se quedara ahí, que no avanzara. Carolina, entonces, tenía un sueño: estudiar Administración Pública en alguna universidad.

—Quería crecer profesionalmente —dice ella—. Eso no cuadraba mucho con nuestro proyecto de vida, porque significaba que si yo quería estudiar, tenía que dedicarle tiempo. Y eso no estaba dentro de nuestros planes.

La rutina que Carolina había formado con su marido, que realizaba largos turnos como técnico en un taller, era esa: ella trabajaba hasta las 17.00, cuidaba a las niñas, las ayudaba con sus tareas y de muchas formas llevaba solitariamente a la familia.

—Pensé en intentarlo y eso fue un problema. No tenía que ver con que yo me desarrollara, sino con que la dinámica iba a cambiar entre nosotros.

Ella quería probar algo más y él, no. Ese era el tema. Las diferencias partieron desde ahí, pero fueron creciendo hacia otros lados. En los permisos y las cosas que podían conseguir sus hijas, por ejemplo. Él, dice Carolina, era estricto. Ella, no. Así, de pronto se encontraron teniendo discusiones sobre eso en la mesa que, luego, se transformaban en distancia en la cama:

—Teníamos poca intimidad —cuenta ella—. Eso le hacía mucho ruido. Pero yo me sentía cansada, frustrada por no haber hecho algunas cosas.

Una, claro, era estudiar. Y eso no lo comentaba. O no se lo decía tanto, porque sabía que a él no le gustaba pelear. Y así, con esa distancia, entraron a la cuarentena.

Para Francisco fue distinto. No tenía cuentas pendientes con su novia de hace tres años, pero sí una rutina: cada día después que él, un ingeniero comercial de 28 años, terminaba su trabajo, la iba a ver.

—Es que los dos somos muy afectivos —dice.

Aunque después de que decretaron cuarentena en Santiago, eso ya no fue posible. No sólo porque Francisco tenía que quedarse en casa, sino que también porque a ella la despidieron en abril. Y estar sin ingresos en una ciudad como Santiago, en gran parte, la obligó a regresar donde su familia, 82 kilómetros al sur, en Graneros.

—Nos afectó a los dos eso, perder el día a día —explica.

Sólo que después agrega algo más.

—Pero lo más importante es que, independiente de la parte afectiva, me pude enfocar más en la pega. Concentrarme en eso y olvidarme de lo otro.

La pandemia no es inocua para las relaciones, dice la psicóloga Constanza Michelson:

—En la cuarentena se acentúa lo que había antes. Los que estaban bien siguen estando bien y los que venían con temas, los empiezan a ver más. Si antes los podían tapar con trabajo, ahora quedan en evidencia.

Y eso, dice Michelson, es porque el encierro nos obliga a sincerarnos sobre una mentira que muchas veces en una relación nos repetimos sin cuestionar nunca: que nuestros problemas siempre son por falta de tiempo.

La silla musical

Valeria conoció al ingeniero por Tinder. Él le dijo que fuera a su departamento, en Providencia, a las 18.00. Eso, decía, le daba margen para regresar a su casa antes de que comenzara el toque de queda, a las 22.00. Se llevaron bien.

Semanas más tarde, dice, ya estaban saliendo:

—Es fuerte, porque no puedes hacer panoramas normales, como tomarte una cerveza en un bar o ir al cine. Pero nosotros igual empezamos a hacer algo ilegal, que es subir el cerro Manquehue cuando ya había cuarentena total. Es que a los dos nos gusta harto el deporte y queríamos hacer un panorama distinto.

Karen no tuvo la experiencia de Valeria:

—Siento que la pandemia ha comenzado a afectar mis expectativas amorosas. Me empieza a angustiar estar perdiendo mis mejores días de juventud encerrada. Los días pasan y siento que mis amigas todas avanzan, se emparejan cada día más, y yo me quedo atrás. Me ha sido inevitable pensar que cada día me hago más "vieja", más solterona y más lejos de mis expectativas personales en lo amoroso.

La mujer que cuenta esto tiene 24 años. La ansiedad que describe la ha percibido Constanza Michelson como terapeuta:

— Dentro de los que se encerraron solteros hay algunos que han sentido este pánico de que, como en el juego de las sillitas musicales, les tocó quedarse sin silla. Hay subjetividades donde el amor es un imperativo y esas son las que están con más ansiedad y con este temor de decir cresta, va a pasar mucho tiempo antes de que pueda encontrar a alguien.

Sólo que eso, sostiene Michelson, no es algo que esté escuchando demasiado de hombres heterosexuales. Daniel, un diseñador gráfico de 33 años y soltero, es uno. Todo, dice, parte así: chateando con alguien con quien hizo match en Tinder, conversando sobre lo duro, pero necesario que es respetar la cuarentena.

—Pero todo el mundo miente —admite—. Porque todo el mundo está saliendo mucho más de lo que confiesa. Todo el mundo se junta con gente, pero está muy mal visto socialmente decirlo. Por eso es raro cuando uno hace la primera invitación a juntarse: porque uno se dedicó las primeras semanas a pontificar sobre lo importante que es cuidarse.

El circuito que describe Daniel es uno de profesionales que viven solos y que, por eso, tienen menos miedo de contagiarse. Aunque, dice, también hay algo más: una cita con otra persona en la misma situación es, posiblemente, el único contacto humano al que pueden aspirar en la semana.

—Es muy divertido el momento en la primera cita en que se cumplen las tres horas del permiso, porque uno tiene que decir chuta, se está acabando el tiempo. Y ella dice ahh, qué lata. Y uno le dice, me tengo que ir poh. Si ella quiere que te quedes, te va a tener que decir algo. A mí me pasó la otra vez, que la chica me dijo “si quieres te puedes quedar. Tengo incluso una pieza al lado”. Yo dije pucha, no sé. Ya, bueno, me tomaría una cosita más. Los dos sabíamos qué iba a pasar después de esa conversación. Pero tienes que pasar por ese baile.

Después de llegar con mascarilla, de no saludarse de beso y de mantener una cierta distancia social, relata Daniel, terminó acostándose con la mujer que lo invitó.

—Es algo que no tiene pies ni cabeza. Y te ríes de eso. Le dices: menos mal que no nos saludamos de beso cuando llegué.

Pero el sexo durante el encierro no siempre es así: divertido, con una cuota importante de riesgo. A veces, como le sucedió a Carolina con su marido, es un evento cada vez más extraño.

—Costaba por los espacios: las niñas nunca se quedaban dormidas y luego me daba sueño. Empezamos a tener problemas y a veces pasaba un mes. Él sentía que teniendo relaciones se solucionaban las cosas. Y yo sentía que las cosas no eran así.

Según la psicóloga Marnely Olivero, un cerebro expuesto constantemente a estrés aumenta la producción de cortisol: la hormona que activa el modo sobrevivencia en nuestro cuerpo y que favorece el estado de alerta, pero disminuye el deseo. Hay, agrega, estudios al respecto:

—Al inicio de las cuarentenas se proyectaba que el tener más tiempo juntos en pareja generaría más relaciones sexuales. Pero el centro Mi Intimidad realizó una encuesta exploratoria del efecto de la cuarentena en la vida sexual, que arrojó que el 64,6% de los encuestados evalúa un impacto negativo en la suya.

—Muchos matrimonios funcionan así, trabajan, crían, mantienen la pantalla y pasan piola —sostiene Felipe González, el terapeuta de Carolina—. Pero la pandemia a todos, en alguna medida, nos ha obligado a mirarnos y mirar al de al lado. Y si te das cuenta de que no te gusta lo que encuentras, finalmente no se toleran y terminan explotando.

Quizás por eso Carolina se fue alejando. Era el tener que hacerse cargo de la casa, de las niñas y de su trabajo. Era tener que repartirse tres computadores entre cuatro personas y que ella, siempre, tuviese la última prioridad. Las peleas partieron así. Un “oye, ayuda a las niñas”, un “oye, ¿puedes hacer esto?”. Carolina no era la única. Según el Estudio Cuidar, realizado por investigadores de las universidades Católica, Alberto Hurtado y Andrés Bello para determinar las consecuencias sicológicas de la cuarentena por Covid-19, un 69% de las mujeres que asumen principalmente el cuidado de menores -que normalmente asistían a un establecimiento educacional-, se encuentran trabajando en el contexto de pandemia.

La pelea grande fue hace dos semanas. Una de sus hijas insistía con la idea de invitar a una amiga para la casa. Pero obviamente era imposible. Julio, el marido, se enojó y Carolina le gritó de vuelta. Se dijeron cosas feas y luego ella se encerró en su pieza a llorar. Él trató de abrirla, la empujó y no pudo entrar.

—Dos días después —dice Carolina—, él decidió irse a la casa de una hermana.

Dos permisos

Las semanas eran siempre iguales y eso a Valeria la comenzó a cansar. Los martes subían el cerro, los jueves almorzaba con el ingeniero y el fin de semana alojaba con él. Que él hubiera perdido el trabajo y se haya visto obligado a vender su auto, obligándola a ella a siempre visitarlo, no le hubiese molestado tanto si no fuese por una cosa:

—Vivo con mis papás y esto lo tengo en secreto, porque sé que se enojarían si lo supieran. Ellos son muy exigentes y conservadores. Si les contara no me dejarían irme a alojar para allá, entonces digo que voy a la casa de una amiga. A mí me tiene cansada el tema, porque soy yo siempre la que se tiene que mover para que nos veamos.

Por eso es que Valeria, que es arquitecta y tiene 25 años, necesita que todo esto se arregle. Que el ingeniero pueda, al fin, ir a su casa, porque ella, dice, ya quiere hacer cosas distintas.

La reducción de dos a cinco permisos semanales fue un golpe a esas aspiraciones de normalidad. Y, también, una medida que obligó a cuestionarse las salidas.

—Hay una pregunta que tienes que hacerte —explica Daniel, el diseñador gráfico soltero—: ¿Esta tipa vale quemar los dos permisos que tengo a la semana? No sólo por juntarte con ella en vez de con otra, sino porque comerte esos dos permisos significa que en la semana no puedes ir ni al supermercado. Es eventualmente quedarse sin comida. Te tiene que gustar mucho la tipa para un esfuerzo semejante.

Y ese escenario produce una adrenalina extraña, cuenta:

—Es como volver a la lógica del trabajo y el fin de semana. Estás esperando seis días no ocupando esos dos permisos, guardándolos. Y llega el sábado, carreteas como loco, y no te das ni cuenta y estás de vuelta en la semana esperando tener ese momento de nuevo.

Karen, la soltera de 24 años, también quiso conectar. O en su caso, reconectar. Hace unos meses volvió a hablar, a la distancia, con un expololo. Aún no pueden verse.

—Sea cual sea el futuro de nosotros —dice— es muy agradable tener con quién hablar, tipo pareja.

Francisco, ingeniero comercial, 28 años, también se adaptó a la lejanía y al encierro. Cuenta que empezó a leer, algo que antes no hacía por un asunto de tiempo. Y eso le enseñó algo: que debía delimitar sus espacios. Para su novia, en cambio, ha sido más difícil:

—La veo fuera de su rutina. Entre su despido, cambiarse a Graneros y la cuarentena, se la cambiaron totalmente.

Los días de Carolina también cambiaron. Tuvo que acostumbrarse a mirar el clóset de su marido y verlo vacío. También a no escucharlo. Han pasado dos semanas y, a pesar de que él llama a sus hijas todos los días, Carolina aún no sabe nada de él.

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