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La Marea Plateada: La transformación demográfica de América Latina  


Una tormenta perfecta de tasas de natalidad en caída libre y poblaciones que envejecen rápidamente se avecina sobre América Latina. ¿Tendrá un lado positivo?

Foto: Referencial/Aton Chile JAVIER SALVO/PHOTOSPORT

Por Laurence Blair, periodista y consultor. Autor de Patria (Bodley Head, 2024), y editor general de The Paraguay Post. Artículo originalmente publicado en Americas Quarterly.

Durante más de 25 años, el Jardín Sonrisitas enseñó las primeras letras a los niños de Villa del Cerro, un barrio portuario de clase trabajadora en la capital de Uruguay. En diciembre, el querido jardín de infantes cerró sus puertas: uno de los tres centros infantiles que dejaron de operar en el barrio en los últimos tres años.

Hoy, las persianas del edificio están bajadas y los juegos del patio están apilados a un lado. La razón es sencilla, dijo Catalina Clara, de 38 años, cuya hija de seis años fue una de las últimas cuatro alumnas: “Hay poca natalidad.”

De hecho, el año pasado nacieron en Uruguay apenas unos 29.000 bebés, una cifra que cayó desde los 49.000 de hace una década y que alcanza mínimos no vistos desde el siglo XIX. Las muertes superan a los nacimientos desde hace seis años consecutivos. A medida que la cantidad de niños en edad escolar disminuye, se proyecta que otros 80 colegios privados del Gran Montevideo cerrarán antes de 2030.

Uruguay no está solo: América Latina atraviesa los primeros días de una transformación demográfica histórica que parece destinada a reconfigurar la política, los negocios, las comunidades y nuestro estilo de vida por las próximas décadas.

Las estadísticas apenas comienzan a captar el impacto. Según datos de la ONU, la tasa de fecundidad en América Latina es ahora de 1,8 hijos por mujer: una caída desde los seis de 1950, y por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Si las tendencias actuales se mantienen, para el 2100 las poblaciones nacionales disminuirán en un tercio en Chile y Uruguay, en una cuarta parte en Brasil y en un quinto en Argentina.

América del Norte, Europa y partes de Asia han experimentado tendencias similares desde la década de 2010. Pero en América Latina, la caída se ha acelerado más allá de las estimaciones, lo que presiona a los responsables de políticas públicas a calibrar el impacto en todo: desde los impuestos y las pensiones hasta el futuro crecimiento económico. Increíblemente, Chile tiene ahora una tasa de natalidad más baja que la de Japón. Censos recientes arrojaron poblaciones significativamente menores a las esperadas por las autoridades en Brasil (203 millones, y no 213 millones) y Chile (18,5 millones, y no 20 millones). La encuesta de Paraguay de 2022 llegó a un total de apenas 6,1 millones, y no 7,5 millones: una quinta parte menos de lo que se había asumido. “Esto obligará prácticamente a diseñar un nuevo Paraguay”, declaró desconcertado el ministro de Economía a periodistas.

Dado que la esperanza de vida también ha ido aumentando a medida que las tasas de natalidad caen, América Latina hoy envejece más rápido que cualquier otra región del mundo. En 1980, apenas el 5% de la población tenía más de 65 años. Esa cifra se ha duplicado desde entonces y llegará a 25% en 2050. “Esto traerá consecuencias enormes”, dijo Luis Rosero-Bixby, veterano demógrafo y fundador del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica. “Representa cambios profundos en varios aspectos de la sociedad”.

Llamémosla la Marea Plateada: un cambio político y económico de alcance e impacto incluso mayor que la llamada Marea Rosa de gobiernos de izquierda que transformó la región a comienzos del siglo. Mientras la Marea Rosa dependía de condiciones externas pasajeras -el ascenso de China, los precios de materias primas a la alza-, la pirámide poblacional cada vez más envejecida del continente refleja tendencias que parecen haber llegado para quedarse.

Sin embargo, donde algunos ven una crisis, otros ven una oportunidad. Las empresas están invirtiendo en áreas de crecimiento futuras como el turismo accesible, las residencias de ancianos y la robótica, parte de una llamada “economía plateada” que se proyecta que más que duplique su tamaño en América Latina hasta alcanzar unos 650.000 millones de dólares en 2033.

Los millones que faltan

Ya sea que se vea la tendencia como algo positivo o negativo, todos coinciden en que se trata de un cambio mayor para una región que alguna vez se enorgulleció de tener bebés, y muchos.

¿Por qué ha cambiado tanto la América Latina de hoy? Parte de la respuesta se remonta a décadas atrás. La curva descendente más pronunciada se produjo entre 1960 y 1990, cuando los latinoamericanos se trasladaron a las ciudades y empezaron a usar anticonceptivos. Las campañas de vacunación, la mejora del saneamiento y una mejor nutrición también redujeron drásticamente la mortalidad infantil y aumentaron la esperanza de vida. Un niño nacido en la región a mediados del siglo pasado difícilmente vivía más de 50 años; uno nacido hoy probablemente llegará a los 76 años.

El aumento de la asistencia de las niñas a la escuela secundaria, que ahora supera el 90% en América Latina, también ayudó a las mujeres a posponer la maternidad y a tener familias más pequeñas.

El hecho de que la matrícula universitaria casi se haya triplicado, pasando del 23% de la población en edad universitaria en 2000 al 58% en 2023 -a medida que países como Brasil, Perú, Argentina y Chile abrieron campus más accesibles para estudiantes de clase trabajadora- parece haber ampliado los horizontes de muchos jóvenes más allá de la crianza de los hijos.

Los cambios en las políticas también influyeron. Desde 2005, Uruguay ha reducido a más de la mitad las altísimas tasas de embarazo adolescente mediante la ampliación de la educación sexual, el acceso al aborto y los servicios de planificación familiar, incluidos implantes subdérmicos gratuitos para las niñas vulnerables y las que acaban de dar a luz.

¿Sin hijos por elección?

América Latina alberga versiones especialmente pronunciadas de varias otras tendencias que deprimen las tasas de natalidad en todo el mundo, desde el alto costo de vida hasta la incertidumbre del trabajo informal, pasando por las preocupaciones sobre el cambio climático y la delincuencia.

Para quienes sí desean perpetuar nuestra especie, encontrar cuidadores confiables y carreras puede resultar difícil. La migración rural-urbana ha trastocado la tradición latinoamericana de los hogares multigeneracionales, lo que significa que los abuelos a menudo están demasiado lejos para ejercer como cuidadores gratuitos. Las mujeres latinoamericanas realizan el doble de trabajo de cuidados no remunerado y doméstico que los hombres, lo que hace que la maternidad resulte menos atractiva.

Los políticos han intentado abordar el problema, con resultados desiguales. El expresidente chileno Gabriel Boric -que el año pasado publicó una foto sonriente con su hija de seis semanas, con la barba manchada de leche regurgitada- se ganó el reconocimiento durante su mandato 2022-26 por reducir la jornada laboral, ampliar las opciones de teletrabajo para los padres y fortalecer el Sistema Nacional de Cuidados de Chile. Autodescrito como feminista, también aprobó reformas que permiten al Estado recuperar la pensión alimenticia impagada de las cuentas bancarias y pensiones de los deudores para ayudar a las madres solteras.

Su sucesor, José Antonio Kast, también ha calificado la caída de la natalidad como una prioridad “urgente”, pero está a punto de adoptar un enfoque diferente. Padre católico de nueve hijos y abierto opositor al aborto, Kast ha advertido que “ya no habrá Chile” a menos que nazcan más bebés de no inmigrantes. Sus propuestas incluyen otorgar a las madres pagos únicos en efectivo de 2.000 dólares.

La crisis que se avecina

Sean cuales sean los factores subyacentes, no cabe duda de que el acelerado avance de América Latina hacia una edad mediana de 40 años para 2050 -frente a los 18 de 1950 y los 31 de hoy- tendrá consecuencias de largo alcance para los mercados laborales, las economías y los sistemas de atención. La proporción de la población en edad de trabajar alcanzará su punto máximo alrededor de 2040, antes de disminuir, lo que plantea espinosas preguntas sobre quién pagará la jubilación. Y a medida que aumentan las tasas de dependencia, las pensiones ya se han convertido en un campo de batalla central en la política latinoamericana.

Las sociedades que envejecen también reconfigurarán las industrias y los mercados laborales de América Latina. La agricultura y la salud ya enfrentan escasez de personal, y el trabajo de cuidados probablemente sea el siguiente sector afectado. Los cuidados de larga duración podrían requerir un gasto público cercano al 5% del PIB para 2035, en particular a medida que cada vez menos mujeres estén dispuestas a asumir las tareas de cuidados no remuneradas en el hogar.

Un mundo en el que uno de cada cuatro latinoamericanos sea adulto mayor tendrá consecuencias mayores para las economías. Según un informe reciente del McKinsey Global Institute, el dividendo demográfico ha sumado en promedio un 0,5% de crecimiento al PIB per cápita en América Latina y el Caribe cada año desde 1997. Pero en el próximo cuarto de siglo, esta contribución caerá a cero.

“El principal desafío para América Latina es que la región envejecerá antes de enriquecerse”, dijo Ernesto Revilla, economista jefe para América Latina en Citigroup.

La innovación tecnológica -incluida la inteligencia artificial- podría impulsar la productividad, permitir a los adultos mayores trabajar a tiempo parcial desde casa y compensar parte de estos vientos en contra. Otras medidas de bienestar y calidad de vida podrían, entretanto, mejorar: quienes tienen más de 60 años tienden a reportar niveles de felicidad más altos. Pero en términos crudos de PIB, el impacto negativo difícilmente puede edulcorarse. “La combinación de bajo crecimiento y mayores presiones fiscales”, añadió Revilla, “definitivamente no es buena para América Latina.”

Jubilados radicales

A medida que los recursos fiscales se reducen y dado que la participación electoral suele ser mayor entre los votantes de mayor edad, incluso podría imaginarse el surgimiento de populistas de la tercera edad: cerrando escuelas y gravando a los trabajadores jóvenes ya agobiados para financiar pensiones de lujo y patrullas vecinales contra el ruido.

Sin embargo, otros esperan menos cambios. Habiendo marchado en primera línea de los levantamientos de protesta en Bogotá, Quito y Santiago, los millennials y la Generación Z de hoy es una generación “bastante progresista”, argumentó Irma Arriagada, socióloga chilena. “Creo que algunos (de estos) valores se van a mantener”.

Podrían surgir coaliciones intergeneracionales sorprendentes. Las manifestaciones chilenas de 2019 vieron marchar juntos a estudiantes, activistas indígenas y jubilados. Cuando la policía reprimió a los pensionistas que protestaban contra las medidas de austeridad de Javier Milei el año pasado, barras bravas de Boca Juniors y River Plate se sumaron a la refriega portando carteles con una cita de Diego Maradona: “Hay que ser muy cagón (cobarde) para no defender a los jubilados.”

El envejecimiento también podría reconfigurar los debates de política pública en direcciones inusuales. Pedro Bordaberry, senador conservador de Uruguay, ha llamado a un “shock inmigratorio” para compensar la caída de la natalidad. “Uruguay es un país de inmigrantes: somos hijos de los barcos”, dijo. Hoy, cree que su nación, famosamente estable, tiene otra “gran posibilidad” para atraer a jóvenes profesionales de otros países.

Otra incógnita es lo que la Marea Plateada significa para el crimen organizado endémico en América Latina. Si bien la sabiduría convencional sostiene que la delincuencia disminuye a medida que las sociedades envejecen, Uruguay y Chile, dos de los países con las tasas de natalidad más bajas, han visto aumentar sus tasas de homicidio en los últimos años. La experiencia sugiere que otros tipos de delitos podrían simplemente trasladarse a internet -y la violencia, puertas adentro.

El lado positivo

Cristina Querubín, consultora del BID, rechazó el “lenguaje de crisis” que a menudo se utiliza al hablar del proceso de envejecimiento en América Latina. Pocos podrían objetar razonablemente que las personas vivan más tiempo, o que los jóvenes -especialmente las mujeres y las niñas- gocen de mayor control sobre sus vidas.

Foto: Andres Perez Andres Perez

De hecho, gracias a mejores dietas, condiciones laborales, tratamientos médicos y ejercicio físico, muchos de los jubilados latinoamericanos de 2050 también seguirán siendo activos y en forma bien entrados en los 70. La discusión, argumenta la consultora, debería centrarse en cómo empoderar a este creciente número de adultos mayores, muchos de los cuales quieren seguir trabajando, pero no encuentran empleos adecuados o se ven frenados por leyes y actitudes sociales.

En América Latina, se prevé que el mercado de la economía plateada -que abarca salud, productos financieros, vivienda asistida y turismo accesible- crezca de 280.000 millones de dólares en 2024 a 650.000 millones en 2033. La ONU estima que el cuidado de adultos mayores por sí solo, una industria difícil de automatizar, podría generar 31 millones de empleos en toda la región para la década de 2030.

Cambiando con los tiempos

Algunos en Uruguay se están adaptando a los cambios y abriéndose a una era más gris. En Rosario -un pueblo agrícola muy unido a 130 kilómetros al oeste de la capital-, el Colegio Sagrado Corazón anunció su cierre a fines de 2024 tras 135 años, con titulares que culpaban la falta de alumnos que pudieran pagar. “Salimos todos bastante angustiados”, dijo Luciana Berger, cuyos suegros, marido e hijos, al igual que ella, han pasado por las puertas de la escuela primaria. “No fue el único caso en el departamento”.

Pero la comunidad se movilizó. Una asociación de padres tomó las riendas y contrató de nuevo a los 20 empleados de la escuela. Mezclaron cemento, arreglaron el cableado y recaudaron fondos para el jardín de infantes. Antonio Vizintín, sobreviviente del célebre accidente aéreo de 1972 en los Andes, aceptó ser padrino de los 56 alumnos.

“Los números tienen que cerrar”, dijo Alejandro Dellature, gerente comercial de una empresa local productora de quesos que forma parte de una junta directiva de tres padres.

Esto ofrece una visión de cómo podrían ser las comunidades latinoamericanas en el futuro: más pequeñas, participativas e intencionales, con personas de todas las edades sumando espacios, ideas y recursos. La mezcla de emprendimiento y servicio voluntario necesaria para mantener viva la escuela para la próxima generación “es un gran desafío”, admitió Dellature, “pero alimenta el alma”.

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