Opinión

La soledad del portero

Por Enrique Krauze, historiador y escritor mexicano.

El portero es un águila solitaria,

un hombre misterioso,

el último defensor…

Vladimir Nabokov, Habla, memoria

Los inmensos problemas de nuestra América, y en particular los de México (cuyas instituciones democráticas y republicanas han sido destruidas por un régimen irresponsable), no me han impedido sentir emoción ante los aficionados (o “hinchas”, o como se les quiera llamar) que dentro y fuera de los estadios se conmueven –todavía se conmueven– con las banderas y los símbolos de sus países. Pensando en ellos –y confesando mi deseo de que sea un equipo de nuestra América el que triunfe en este mundial– me arriesgo a dejar la zona de confort de la escritura política para entrar, por una vez, en el área peligrosa de la literatura deportiva.

Yo sé bien que Borges, escritor a quien admiro sobre cualquier otro de nuestra lengua, abominaba del fútbol. Conozco las referencias literarias de su aversión. Por otro lado, Dios me libre de ver en el fútbol un trasunto religioso (como hacen algunos espíritus infantiles y simples). Sinceramente, creo que –como dijo alguien– “el fútbol es la más importante entre las cosas que no tienen importancia”.

Y, sin embargo, el fútbol tiene su modesto linaje literario. Por ejemplo, el puesto de portero. Vladimir Nabokov jugó en esa posición en Rusia y más tarde en su exilio, en Cambridge. En Habla, memoria (su autobiografía) se describió a sí mismo como “un portero excéntrico, pero bastante espectacular”. Llegó a escribir un poema sobre esa posición. Quizá de allí extrajo Peter Handke, Premio Nobel de Literatura en 2019, el título de su libro El miedo del portero al penalti.

Es lindo ver jugar a los porteros. Han sido los héroes efímeros de este mundial, también efímero.

Su desempeño me ha llevado a evocar estampas del pasado: Amadeo Carrizo, del River Plate, el ruso Lev Yashin (“La araña negra”) y el uruguayo Ladislao Mazurkiewicz (siempre vestido de negro). Vi por televisión la atajada del checo Schrojf en Chile 1962 (elevándose en paralelo al travesaño) y, en el Estadio Jalisco en 1970, la no menos fantástica del inglés Gordon Banks a Pelé. Pero ninguno opacó el recuerdo del peruano Walter Ormeño, portero del América de México a principio de los sesenta.

“El famoso negro Ormeño”, me dijo Vargas Llosa, que lo había visto jugar en el Perú. Nacido en 1926, había pasado del Alianza de Lima al Boca Juniors y al Rosario Central de Argentina. Cuando llegó a México rebasaba los 35 años de edad. En Argentina le apodaron “Gulliver”, en México “la Pantera Negra”. En aquellos tiempos en que no se usaban guantes y a veces ni siquiera rodilleras, Ormeño (que medía 1.92) salía a la cancha vestido con una holgada camisa de manga corta y reluciente color lila, y unos calzoncillos negros. Era maravilloso verlo volar entre los postes, despejar el balón, ordenar a sus defensas o alzarse majestuosamente sobre los delanteros para agarrar (palabra exacta) la pelota. Su rostro era hierático, como el de un sacerdote inca oficiando una ceremonia sagrada.

Sin llegar a ser excéntrico ni espectacular, para emular a Ormeño, a los trece años decidí ser portero, compré un balón de cuero que frotaba con cebo todas las noches y hacía que mi hermano me “chutara” tiros interminables en nuestro pequeño jardín (mi hermana nos servía de recogebolas). Esa fue mi posición en los partidos que disputábamos en el Colegio Israelita y luego en la liga de la Facultad de Ingeniería, contra equipos que contaban con magníficos jugadores de la Liga Española. Con el paso de los años y las décadas aquella afición mía se fue apagando, pero persistió en mis hijos y ahora en mis nietos que, por fortuna, juegan en posiciones distintas a la del portero. Tienen razón: ¿por qué sufrir?

Alguna vez publiqué un pequeño artículo declarando que, de conocer a Ormeño, le pediría un autógrafo. El encuentro ocurrió. “Le debo muchas alegrías”, le dije. Me dio su autógrafo. Murió poco después, a los 93 años de edad. Noté que era un hombre melancólico. Quizá es la condición psicológica del portero. Pienso en el silencio que los envuelve cuando el juego ocurre a lo lejos, en la cancha enemiga. Aquella vaga inquietud de saber que el peligro regresará como el oleaje, y que será preciso enfrentarlo. O en el momento del penalti, antesala de la gloria o el infierno. Y esa impotencia de no poder meter goles. Y la condena de solo servir para evitarlos. Ese destino defensivo. Porque el fútbol es un juego de conjunto para diez, no para once. Hay uno que juega solo: el portero.

Más sobre:FútbolporteroarqueroMundial de fútbolVladimir Nabokov

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE