Columna de Ian Bremmer: Los dilemas del nuevo mundo tecno-polar

Una mujer sostiene un teléfono inteligente con el logotipo de Facebook frente a una imagen de la nueva marca de la red social, Meta. Foto: Reuters




Ian Bremmer es presidente de Eurasia Group y GZERO Media.

En 2022, las tecnologías digitales que ya están transformando nuestras vidas, en muchos aspectos para mejor, expondrán nuevas vulnerabilidades en nuestras vidas y sociedades. Los algoritmos creados con datos sesgados tomarán decisiones destructivas que afectarán a la forma de vivir y trabajar de miles de millones de personas. Las turbas en línea incitarán a la violencia. La mala información moverá los mercados de valores. Las teorías conspirativas distorsionarán las opiniones de millones de personas. Los hackers robarán información sobre usted. Todas estas amenazas crecerán en el espacio digital, donde las mayores empresas tecnológicas del mundo, y no los gobiernos, establecen las reglas.

Esto es una novedad. Durante casi cuatro siglos, los estados-nación han trazado las fronteras y aplicado las normas que rigen nuestras sociedades y nuestras vidas. Pero las mayores empresas tecnológicas del mundo están diseñando, construyendo y gestionando una dimensión totalmente nueva de la geopolítica, la economía y la interacción social. Están escribiendo los algoritmos que deciden lo que la gente ve y oye, determinan nuestras oportunidades económicas y personales e influyen en nuestra forma de pensar.

Partes importantes de nuestra vida cotidiana, e incluso algunas funciones esenciales del Estado, existen cada vez más en el mundo digital, y el futuro está siendo configurado por empresas tecnológicas que no están dispuestas ni son capaces de gobernar eficazmente la sociedad. En 2022, los individuos pasarán más tiempo en el espacio digital, en el trabajo y en casa, e incluso en el “metaverso”, una versión emergente y más inmersiva de la web en la que se magnificarán todos los problemas de la gobernanza digital. El metaverso, a su vez, dependerá cada vez más, con el tiempo, de sistemas económicos basados en plataformas descentralizadas de blockchain que los gobiernos ya están luchando por controlar.

Logotipos y tipos de cambio de Bitcoin, Litecoin, Monero y Ether al franco suizo se ven en un cajero automático de criptomonedas en Zurich. Foto: Reuters

Los gobiernos están tratando de contraatacar. La Unión Europea aprobará en 2022 nuevas leyes que limitan algunas prácticas de las grandes empresas tecnológicas. Los reguladores de EE.UU. avanzarán en los casos antimonopolio y comenzarán el largo y polémico proceso de redacción de nuevas normas para la privacidad digital. China seguirá presionando a sus empresas tecnológicas para que se alineen con las prioridades nacionales determinadas por el Estado. Otros gobiernos restringirán los tipos de datos que pueden cruzar las fronteras.

Pero se trata de tácticas reguladoras, no de estrategias, y ningún gobierno desafiará los enormes beneficios e influencia de las grandes empresas tecnológicas a corto plazo. Los responsables políticos tampoco limitarán la capacidad de las mayores plataformas para invertir sus beneficios en la esfera digital, donde ellos, y no los gobiernos, siguen siendo los principales arquitectos, actores y ejecutores.

Esto no es sólo un reto de Estados Unidos u Occidente. Es un problema para el mundo en desarrollo, donde los gobiernos se enfrentan a compensaciones aún más duras entre el acceso a los servicios digitales necesarios para aprovechar las oportunidades económicas del siglo XXI y los riesgos que plantean la mala ciberseguridad y la desinformación viral.

China no es inmune a los desafíos de este nuevo mundo digital. Sí, China tiene el cortafuego de Internet y el aparato de vigilancia más sofisticados del mundo, y el Presidente Xi Jinping no ha dudado en tomar medidas enérgicas contra las empresas que considera demasiado grandes. Pero el Partido Comunista chino necesita un crecimiento económico sólido y resistente para mantener su monopolio del poder político nacional. Si Xi reprime con demasiada dureza a los pioneros tecnológicos y a las empresas del sector privado más emprendedoras y capaces, China no podrá desarrollar la infraestructura digital necesaria para impulsar la productividad y el nivel de vida a largo plazo. En muchos casos, las mismas empresas que Beijing ve como amenazas potenciales para el régimen son también pilares indispensables de su economía, un dilema central para cualquier país, sea democracia o estado policial.

Una pantalla gigante muestra imágenes de noticias del Presidente chino, Xi Jinping, pronunciando un discurso en la víspera de Año Nuevo en un centro comercial en Beijing, el 31 de diciembre de 2021. Foto: Reuters

Ya existe una falta de liderazgo global en el mundo actual. No hay un solo gobierno o una alianza duradera de gobiernos que esté dispuesto y sea capaz de gestionar el creciente número de problemas globales que ya tenemos: la respuesta a las pandemias, el cambio climático, la resolución de conflictos y la atención coordinada a los migrantes y refugiados del mundo. Pero el espacio digital está aún peor gobernado. Los gigantes tecnológicos son como los países en desarrollo que carecen de instituciones de gobierno a la altura de su poder político. Al igual que un país con un crecimiento económico vertiginoso que aún no puede educar a sus ciudadanos o mantenerlos seguros, las grandes empresas tecnológicas no tienen ni la capacidad ni la voluntad de gobernar los nuevos espacios y herramientas que están creando.

Una gobernanza ineficaz por parte de los gigantes tecnológicos impondrá costes a la sociedad y a las empresas. La desinformación se agravará de cara a las elecciones de mitad de mandato de 2022 en EE.UU., socavando aún más la fe de los estadounidenses en el proceso democrático. Y como las empresas tecnológicas y los gobiernos no logran unirse en torno a la gobernanza de la privacidad de los datos, el uso seguro y ético de la inteligencia artificial y la ciberseguridad, las tensiones entre Estados Unidos y China sobre estas cuestiones aumentarán, y los esfuerzos de Estados Unidos y Europa para encontrar un terreno común serán insuficientes.

Si no hay países -o empresas- capaces de elaborar soluciones eficaces a los problemas mundiales, la credibilidad de los gobiernos se erosionará aún más, y el contrato social se resentirá aún más. Este es el mundo tecno-polar de hoy.

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