El día después de los sobrevivientes de la tragedia de Calama
Luego de tres semanas del homicidio de una inspectora en manos de3 un alumno, la comunidad del Instituto Obispo Lezaeta aún trata de darle un sentido a lo ocurrido, mientras los profesores lloran, los niños sufren insomnio y los WhatsApps de padres se tensionan por cómo lidiar con la madre del alumno que perpetró el crimen.
Faltaban siete minutos para las 10 de la mañana del 27 de marzo cuando Hernán Meneses (18) ingresó al Instituto Obispo Lezaeta, en Calama. Que llegara pasado el horario normal no llamó la atención de nadie. Hace tres años su madre presentó un certificado para flexibilizar la entrada de su hijo a clases: sufría trastorno del sueño, trastorno depresivo mayor y trastorno de pánico.
Cuando la campana marcó el término del primer recreo, el IV medio B –curso al que pertenecía Meneses desde octavo básico– debía entrar a clases de Arte. Un compañero de Meneses que estaba en Inspectoría lo vio ingresar con una enorme mochila verde. Pensó que traía útiles para la clase, lo saludó y se acercó para que subiera a la sala. No siguieron juntos, él le dijo que tenía que ir al psicopedagogo, como era de costumbre.
Luego se ocultó en la oficina de Psicopedagogía, pero fue enviado a clases por una de las funcionarias. Eran las 10.26 cuando siguió hasta el patio de enseñanza media y se encerró en el último cubículo de los baños de hombres. Afuera, los alumnos del II medio C estaban en clases de Música, mientras las inspectoras Haydée Moya y María Victoria Reyes buscaban a Meneses. Uno de los estudiantes fue enviado por las funcionarias a decirle que saliera de los baños.
“Ándate, porque si no te va pasar algo malo, déjame solo”, fue la respuesta de Meneses. Después salió del baño, roció con gas pimienta a Reyes y, luego, la apuñaló con un cuchillo de doble filo: el mismo que utilizó segundos más tarde para herir a Moya.
Los niños que estaban en clases corrieron a esconderse gritando y llorando. Los profesores que rodeaban el patio les ordenaban a los estudiantes que ingresaran a las salas. El IV medio B no sabía qué sucedía y el único que faltaba en la sala era Meneses. Lo que nadie sabía aún era que él era quien había entrado con cuchillos al colegio y ya había herido con una especie de katana a dos alumnos de II medio.
Fuera del colegio, algunos padres se enteraban de la tragedia con los mensajes de desesperación de sus hijos. Una apoderada del IV medio B recibió una llamada de otro de sus niños: un alumno de II medio. “Creo que eran las 10.30 cuando le contesté y él estaba llorando. Me dijo que los fuera a buscar. ‘Retíranos ahora’, me lo repetía. Yo no entendía nada y le dije: ‘Pero dime qué pasó’. Solo me decía ‘no puedo hablar’ y me cortó”.
A los minutos recibió un WhatsApp: “Hirieron a una inspectora y a un compañero”. La mujer, que prefiere no revelar su identidad, recuerda que todos los papás estaban agolpados en la reja del colegio y que en ese momento pensó que se trataba de un ataque entre bandas. “Estaba muy asustada, no sé cómo llegué tan rápido al colegio. Yo creía que unos tipos externos habían entrado a pelear y que habían herido a gente del colegio”, señala. Esa no era la única teoría: algunos decían que se trataba de una niña que había ingresado con una pistola y otros rumores se inclinaban por el ataque de un exalumno. Las versiones que circulaban no se acercaban ni un poco a lo que ocurría al interior del colegio.
Ahí, los niños que quedaron en el patio vieron cómo la inspectora yacía en el suelo mientras se desangraba. Los padres de los alumnos que presenciaron el ataque cuentan que un grupo de estudiantes intentó detener la sangre con sus ropas, pero las heridas eran demasiado graves. María Victoria Reyes murió en el pasillo del instituto en el que trabajó por casi una década. Tenía 59 años.
El atacante no alcanzó más víctimas, porque fue detenido por uno de los mismos alumnos que se encontraba en clases de Música. El estudiante se abalanzó sobre él y logró derribar a Meneses, quien lo apuñaló para zafarse. La valentía del adolescente hizo que los demás niños se acercaran a retenerlo y con patadas lo desarmaron. Ahí, profesores y funcionarios lo retuvieron hasta la llegada de Carabineros. Meneses se golpeaba la cabeza contra el piso y gritaba: “Yo ya cumplí con lo que quería. Déjenme matarme, me tomé muchas pastillas”.
El agresor fue trasladado por efectivos policiales en medio de la llegada masiva de padres que intentaban encontrar a sus hijos y el ruido de las ambulancias que atendían a los heridos.
Para evitar pasar por donde estaba el cuerpo de la inspectora, algunos cursos evacuaron por las ventanas. Los padres se encontraron con sus hijos por el portón lateral del colegio, en la calle Punta Arenas. Hasta ese momento no se había comunicado la identidad del atacante, ni todos sabían realmente qué había ocurrido. Por eso, los alumnos del IV medio B pensaron que Meneses estaba entre los heridos. Una de las apoderadas relata: “Me encontré con mi hija, estaba muy asustada y me decía: ‘Mamá, conté a todos mis compañeros y Hernán no está, tampoco me contesta el celular’. Le dije que se quedara tranquila, que quizás estaba con su mamá. Llamé a la apoderada y ella no tenía idea de lo que pasaba en el colegio, me dijo que no tenía internet”.
Los videos pronto comenzaron a circular entre la comunidad escolar. Uno de los compañeros de Meneses vio la foto y dijo con certeza a su mamá: “Hernán es el del video. Yo lo vi cuando llegó y tenían la misma mochila”.
Su madre, incrédula, lo corrigió de inmediato: “No hagas un comentario así. Lo que pasó es súper grave, no es algo que podría hacer tu compañero”.
Banderas rojas
El Instituto Obispo Luis Silva Lezaeta es conocido en la comuna por su buena evaluación entre la comunidad. Pese a que, al igual que en otros colegios de Calama, han existido denuncias de armas, los apoderados comentan que han sido abordadas por la dirección y no son situaciones muy recurrentes, como sí ocurre en otros recintos.
Ahí trabajan cerca de 130 funcionarios. Entre ellos, el cuerpo docente que imparte clases en los cuatro cursos que hay por nivel, desde kínder a cuarto medio. Aunque hay una mezcla diversa de familias, una gran parte trabaja en el sector de la minería o tiene negocios propios que les permiten costear la mensualidad de $ 96.800.
En ese grupo estaba la familia de Meneses. Hijo único de padres separados, ambos estaban presentes en su crianza, aunque pasaba la mayor parte del tiempo con su mamá, Vanessa Leal, con quien vivía en un departamento. Su madre era administradora de una conocida schopería de la comuna. Apoderados del curso comentan que ponía a disposición bebidas y comida, que debían retirar en el local. La describen como una persona cercana y presente con las actividades escolares.
“Estaba en el grupo de WhatsApp. A veces preguntaba por pruebas, como Hernán faltaba mucho. Era activa en los temas escolares. Estaba presente en el curso”, relata una apoderada.
La madre de Meneses no era ajena a los problemas de su hijo. En 2023 presentó un certificado neurológico y psiquiátrico que daba cuenta de que el joven tenía un trastorno del sueño que no le permitía dormir: por lo mismo, acortaron su jornada desde las 10.00 hasta las 13.00 horas. Dos años más tarde solicitó al colegio flexibilizar la asistencia, debido a un trastorno ansioso depresivo que se sumó a su condición bajo el espectro autista que fue diagnosticada en 2021. Meneses asistía pocas veces al colegio. Había semanas en que solo iba dos días y unas cuantas horas, dependiendo de su estado de ánimo. Un ejemplo de esto es que pasó a IV medio con un 32% de asistencia. Por eso, sus compañeros lo recuerdan como alguien que pasaba desapercibido. Pese a que era un alumno retraído, tenía un grupo de amigos con los que paseaba en el recreo y hasta había asistido a un cumpleaños.
Hace unas semanas había participado de la ceremonia de apadrinamiento de su colegio, una tradición del instituto que consiste en que los alumnos de cuarto medio apadrinan a un niño de primero básico. En esa instancia, relatan quienes estuvieron ahí, Meneses se mostró amigable y entusiasmado con su ahijado.
Una apoderada, que prefiere mantener su identidad bajo resguardo, comenta: “Siempre lo vi como un niño normal. Mi hijo se juntaba con él y me dijo que a veces hacía comentarios de matar o quemar gente. Nadie se lo tomó en serio, ellos lo entendían como bromas”.
Lo que no veían los compañeros de Meneses es que esos comentarios eran más que palabras. En su habitación, la Policía de Investigaciones encontró un cuaderno, ahí escribió una especie de manifiesto sobre sus motivaciones para matar y los detalles de su plan.
Los comentarios a sus compañeros fueron un anuncio de lo que venía, lo mismo retrató en el cuaderno: “Hay una parte subconsciente en mí que ha dejado alertas y banderas rojas sobre que esto podía pasar… Bueno, esa es la parte de mí que no quería hacer esto, nunca quiso. Las cosas pudieron ser distintas, pero fue así”.
Meneses escribió cada palabra con el propósito de que se difundieran sus motivaciones de antinatalismo e inspiraciones de otras masacres. Como Pekke Auvine, que en 2007 asesinó a ocho personas en una escuela de Finlandia. O Tomohiro Kato, que un año más tarde mató a siete personas en Tokio. Meneses destacaba al japonés por ser uno de los pocos criminales que no utilizó armas de fuego, característica que replicó.
El plan era asesinar a niños de primero básico por su “pureza”, pero en las páginas que analizó la PDI divaga sobre esta decisión. “Ni siquiera estoy seguro de atacar a los niños, puede que solo vaya por escorias de media, aunque tenga mucho menos letalidad y me superen con facilidad. Veremos si la empatía por los pequeños me gana”, escribió.
Mientras Meneses escribía en secreto esas páginas y se aislaba cada vez más, su madre acudió al taller de teatro al que asistía desde desde los 10 años para pedirle a la profesora que lo invitara a reintegrarse, ya que cada vez estaba más retraído y confinado en su habitación con sus videojuegos y legos. En el colegio también fueron testigos de su desesperación. En las diversas entrevistas que tuvo con la psicopedagoga, la madre de Meneses lloraba y se lamentaba. Decía: “No sé qué hacer con el comportamiento de Hernán”.
“Una tensión entre nosotros”
Desde el 27 de marzo, el día del ataque, el instituto mantuvo sus puertas cerradas. La rectora Alejandra Zamora detalla que “era imposible entrar a clases. Primero había que saber en qué estado se encontraban nuestros docentes y asistentes de la educación. Las primeras 72 horas se activaron los protocolos de atención de los primeros auxilios psicológicos a través de la ACHS, donde a cada profesor que lo requería se le daba la contención. Al día siguiente de que ocurrieron los hechos, inmediatamente se activó otro aspecto que tiene que ver con el servicio de salud a través de Cosam y el servicio de atención primaria de salud”.
Para los padres también fue difícil el retorno, muchos de los apoderados de los cursos más pequeños comentaban que ahora sus hijos tenían miedo de los alumnos de la media, además consideraban que el “colegio ya no era un lugar seguro”. Por lo mismo, algunos papás decidieron no enviar a sus hijos, al menos durante la primera semana.
Volver a clases suponía para los profesores y alumnos regresar al lugar de la tragedia. Josefa Aguirre, experta en violencia escolar de la Universidad Católica, señala que quienes experimentan un trauma tan violento en su comunidad escolar sufren varias consecuencias.
“Uno puede decir, ¿por qué es tan fuerte este efecto? Alguien puede decir que los alumnos a veces están expuestos a situaciones de violencia en el barrio, por ejemplo. Pero pareciera ser que hay algo de que esto ocurra en tu colegio. Entonces, de partida, si esto ocurre en tu barrio, por ejemplo, tú al menos podrías evitar el lugar del trauma. Acá estás volviendo al lugar del trauma. Estás volviendo, además, con docentes que están súper afectados”, señala la académica.
Este impacto ya se ve en la comunidad de Calama. Pía Cortés, directora de Salud del Servicio de Desarrollo Social de la comuna, señala que pusieron a disposición duplas psicosociales a cerca de 37 niños que fueron los testigos oculares del ataque, quienes se encuentran con pesadillas, flashbacks, insomnio y otros síntomas. Además, comenta que han tenido que reforzar los turnos de los psicólogos del servicio de salud para responder a la alta demanda que ingresó ese día.
Las consecuencias negativas en los niños que presencian ataques masivos han sido ampliamente estudiadas en Estados Unidos. La experta en violencia escolar explica que “un estudio de la Universidad de Texas evidenció que en estos casos aumenta un 12% la probabilidad de que los niños repitan curso. Además, es menos probable que se gradúen del colegio, es menos probable que vayan a la universidad, incluso a largo plazo sus ingresos son un 11% más bajos que el de otros alumnos que eran similares”.
El shock también se expande a los docentes. En la declaración de una de las inspectoras del colegio expresó su miedo: “Me gustaría agregar que temo por mi integridad y de todos mis compañeros de trabajo que fuimos testigos de este hecho, dado que ahora creo que Hernán es una persona peligrosa”. En la semana de regreso a clases, en una de las reuniones que lideró la rectora con el cuerpo docente para hablar de las emociones tras la tragedia, muchos de los profesores estaban bastante afectados y la rectora terminó con lágrimas su discurso al destacar el apoyo de los alumnos que han vuelto a clases.
En medio de las gestiones del colegio, el grupo de WhatsApp del curso de Meneses se mantuvo en un tenso silencio. Los padres evitaron hacer comentarios sobre el ataque hasta el sábado 28, cuando una de las apoderadas eliminó del grupo a Vanessa Leal. Antes de hacerlo conversó con ella y le aseguró que no querían desmarcarse de su persona, sino que su intención era protegerla de futuros comentarios en contra de ella y su hijo. Ella lo entendió.
Una apoderada del curso, que también tiene hijos en otros niveles, indica que “en las reuniones posteriores al ataque algunas mamás de otros cursos preguntaban ‘¿y supiste dónde trabaja? Era obvio que eso iba a pasar y no tenían idea de su vida. Vimos cómo los rumores iban creciendo, le querían quemar la casa. Como mamá uno entiende lo que está pasando”. Además, en redes sociales se compartían comentarios falsos sobre el oficio de Leal, indicando que se dedicaba al trabajo sexual, y se viralizó una dirección que ya no era la suya para ir a “funarla”.
Las madres del IV medio B detallaron que los ataques comenzaron a extenderse al curso, incluso en reuniones de otros niveles insinuaban que el ataque de Meneses iba a ser continuado por los alumnos que eran cercanos a él.
Ante la ola de rumores que crecía con los días, una de las apoderadas se contactó con Leal. Hablaron por teléfono durante dos horas y lo que más pedía la madre de Meneses era aclarar que su hijo no era una mala persona. “Solicitó comunicar al curso que pedía perdón por su hijo, también dijo que se sentía muy solo, que estuvo toda la semana drogado por las pastillas que se tomó y que ahora se había dado cuenta de todo y que estaba muy solo. Que si alguno de los compañeros quería mandarle una carta, que se comunicara con ella”, detallan quienes conocieron de la conversación.
El mensaje de Leal llegó al grupo de WhatsApp del curso, lo que no fue bien recibido por algunos de los apoderados. “Respondieron que era muy inapropiado enviar algo así, pero también otros defendieron que, como adultos, cada uno podía decidir qué comunicar a los niños. Desde ahí que hay una tensión entre nosotros”, cuenta un apoderado.
El lunes 20 de abril se inició el retorno progresivo al Instituto Lezaeta. Primero con los cursos de básica, que hasta ahora han tenido un 60% de asistencia. El patio donde ocurrió el asesinato de la inspectora se encuentra clausurado, también los baños y las salas que rodean el sector. Ahí estaban los terceros básicos, que ahora fueron trasladados a otra zona. La directiva espera que esté clausurado al menos hasta las vacaciones de invierno. Todavía no hay un plan claro sobre qué sucederá con ese espacio. Mientras tanto, un tablero de madera oculta el lugar donde murió María Victoria Reyes.
Los últimos en reintegrarse a clases fueron los cursos de enseñanza media, que volvieron el viernes 24 de abril. Los apoderados comentan que, pese a que era normal que los alumnos llegaran solos a clases, esta vez fueron acompañados por sus padres hasta la entrada del instituto. En la sala del IV medio B se reunieron para hablar sobre lo ocurrido y cuánto les había afectado el crimen perpetrado por su compañero.
Pero esa mañana ya no quedaba nada de él en esa sala. Meneses no dejó nada en su puesto de la fila derecha, y las sillas habían sido reorganizadas para formar un círculo: una dinámica que ahora hacía irreconocible el lugar que semanas antes había ocupado. Veinticuatro días después de la jornada que lo marcará para siempre, la forma que el Instituto Obispo Lezaeta encontró para volver a la normalidad fue hacer como si Hernán Meneses nunca hubiese existido.
.
Lo último
Lo más leído
1.
2.
3.
4.
5.
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE