Columna de Gonzalo Blumel: Romper el statu quo

Foto: Andrés Pérez


En su magnífico libro Hacia la estación de Finlandia, Edmund Wilson narra cómo se entrelazaron personajes, ideas y circunstancias para dar origen al socialismo. Desde el descubrimiento casual de las ideas de Vico por el historiador francés Michelet a comienzos del siglo XIX -quien sostenía que la historia de las sociedades respondía a fenómenos sociales y no a designios divinos- hasta el desembarco de Lenin en San Petersburgo para dirigir la Revolución Rusa en 1917.

A partir de ese momento, ya no serían dioses, monstruos o héroes mitológicos quienes definirían el curso de los acontecimientos, sino individuos impulsados por fuerzas invisibles ancladas en la naturaleza orgánica de las sociedades humanas.

Esto, sumado a los evidentes excesos de la Revolución Industrial, propició la aparición de corrientes políticas e intelectuales cuyo propósito principal fue romper el statu quo -la miseria de los trabajadores, la explotación infantil, la precaria condición de las mujeres-, lo que en algunos casos se logró a través de sucesivas reformas de corte social (Reino Unido) y, en otros, mediante procesos brutales y totalitarios (Rusia).

Como sea, desde que descubrimos que portamos el fuego de la historia, modificar la inercia del orden social se transformó en el leit motiv de la política. Nuestra propia historia es elocuente al respecto: quien logra presentarse como portador de cambios suele ganarse el favor de las masas, mientras que quien queda atrapado en el inmovilismo pierde la partida de antemano.

Hoy, la derecha y el centro tienen una oportunidad gigantesca para agarrarse a trompadas con el statu quo. La oposición, en su conjunto, puede perfectamente rivalizar con el estado actual de las cosas, ya que sus ideas son las que mejor colisionan con el marasmo en que nos encontramos.

¿Qué vendría siendo hoy el statu quo? En esencia, es la apatía frente a la realidad que nos agobia. Es el desgano antes que la rebeldía. Es observar impávidos el avance del crimen organizado transnacional, que se ha venido instalando sin grandes contrapesos en nuestras fronteras, cárceles y campamentos. Es acostumbrarnos a tener cada vez más homicidios, extorsiones y secuestros.

Es resignarnos a otra década pérdida en materia económica, con tasas de crecimiento que nos alegran si se acercan al 2%. Es no hacer nada frente a la expansión descontrolada de la permisología, una telaraña que ha convertido en proeza la realización de proyectos de inversión, incluso aquellos fundamentales para la descarbonización como el hidrógeno verde, el cobre, el litio y la desalación.

Es dejar languidecer la educación pública. Es permitir que los liceos emblemáticos sigan a merced de los “overoles blancos”. Es aceptar que la mitad de nuestros estudiantes de enseñanza media no tengan las capacidades mínimas en lectura y matemáticas.

Es mantener las reglas de un sistema político hiperfragmentado y polarizado, incapaz de generar acuerdos en las cuestiones más elementales.

Es atender a las barras bravas antes que a los intereses generales de la nación. Es optar por los extremos antes que por las mayorías.

Es, finalmente, esa incapacidad que hemos mostrado en los últimos años para construir un proyecto compartido, dos o tres ideas de consenso que nos movilicen como país.

La oposición debe tomar nota de esto. La historia enseña que el statu quo siempre termina por romperse. El asunto es quién lo hace. Y cómo lo hace. Porque cuando no se llega a tiempo con el cincel, suelen aparecer otros premunidos de garrotes.

Por Gonzalo Blumel, Horizontal.

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