El Frente Amplio en su hora de definiciones

Logrado el hito de conformarse como uno de los principales partidos políticos, enfrenta el reto de convencer de que es capaz de hacer una buena gestión de gobierno. También deberá definir qué tipo de izquierda pretende encarnar.



El surgimiento del Frente Amplio (FA) como partido político -fruto de la fusión de Revolución Democrática (RD) y Convergencia Social (CS)- ha dado lugar a la colectividad con el mayor número de militantes inscritos en el país -superando los 60 mil-; quedó con una bancada de alrededor de 20 parlamentarios, y su presencia en el gabinete alcanzará a seis ministros, todo lo cual la transforma no solo en una de las mayores fuerzas políticas del país, sino que además le brinda al Presidente de la República una base de apoyo más robusta, considerando que él militaba en CS.

Con ello culmina una etapa que conoció de importantes hitos políticos, como fue la conformación del Frente Amplio como alianza política en 2017 -integrada entonces por 14 partidos o movimientos-, logrando una importante votación en los comicios presidenciales de ese año, con el 20% del total de sufragios. RD y CS terminaron siendo los proyectos políticos más perdurables -Comunes, otro de los integrantes iniciales del FA, acaba de terminar disolviéndose-, cuya culminación fue lograr conquistar el gobierno en 2022. Fue sin duda un desarrollo vertiginoso, pero donde también se han evidenciado una serie de problemas, particularmente por la inmadurez o soberbia de varios de sus dirigentes -lo que se ha traducido muchas veces en una actitud de superioridad moral y de denostación hacia los “30 años”, algo que ha sido una constante fuente de roces con el Socialismo Democrático (SD)- así como por las evidentes dificultades para lograr una buena gestión de gobierno, generado serios cuestionamientos sobre las capacidades de estas nuevas generaciones para llevar a cabo proyectos políticos sustentables.

La conformación del Frente Amplio como partido, además de ser un hecho novedoso en nuestra política -que en los últimos años ha tendido a una preocupante fragmentación partidaria-, abre una nueva etapa para estas generaciones, donde tendrán la oportunidad para corregir los lastres que arrastran hasta ahora y apostar por postulados que, a la vez de sintonizar mejor con las necesidades del país, desmientan a quienes ponen en duda sus capacidades para hacer buenos gobiernos. El hecho de agruparse y adquirir mayor peso político es sin duda un paso importante, pero que por sí solo no garantiza nada. El FA tiene el reto de buscar diferenciarse de las otras izquierdas y convencer de las bondades de su propio proyecto político. El gran riesgo es que las pugnas internas por el poder, las pulsiones identitarias o la imposibilidad de dar con un proyecto verdaderamente compartido -es un hecho que esta nueva fuerza será tironeada por sectores que quieren llevarla más a la izquierda, versus otros que quisieran ver una propuesta más renovada y menos extrema- terminen desfigurando al FA, y no logre trascender.

No cabe duda de que uno de los problemas que deberán ser enfrentados es el discurso sobre la superioridad moral que ha caracterizado a varios de sus dirigentes, especialmente porque esa actitud les ha terminado jugando en contra. La creencia de que por el solo hecho de ser generacionalmente jóvenes están a salvo de las viejas prácticas políticas o del actuar irregular, ha resultado tan presuntuosa como equivocada. El escándalo de los líos de platas relacionados con fundaciones, que sobre todo ha salpicado a militantes de RD, ha conllevado a una enorme pérdida de credibilidad respecto de este relato de pureza y superioridad.

Los frenteamplistas no pueden desentenderse de que la presencia del Socialismo Democrático en ministerios clave es lo que ha ayudado a darle más estabilidad y dirección al gobierno, por lo que el FA tiene también la tarea de trabajar mucho más en la solvencia de sus cuadros técnicos y políticos, varios de los cuales han quedado muy al debe en su paso por el gobierno.

Conectar mucho mejor con la realidad antes que con las políticas identitarias es también otro de los desafíos que el FA tiene por delante. Fundamental resulta aquí que en temas de primer orden ciudadano como la inseguridad y el combate frontal a la delincuencia, sus dirigentes eviten seguir incurriendo en los errores cometidos en el pasado, con discursos ambiguos respecto de la violencia política y con fuertes cuestionamientos al rol policial. El hecho de que el nuevo delegado presidencial de la Región Metropolitana esté enfrentando cuestionamientos por haber usado alegremente la polera del “perro matapacos” en los días del llamado estallido social, es revelador de la liviandad e irresponsabilidad con que la seguridad pública fue asumida por sectores frenteamplistas.

Si el FA realmente aspira a marcar una diferencia, también es fundamental que asuma el crecimiento económico como parte de sus ejes -algo que hoy claramente no ocurre-, porque para poder llevar a cabo las promesas que se hacen a la ciudadanía es condición necesaria que el país cuente con los recursos para ello, lo que depende críticamente que se generen las políticas e incentivos correctos.

El FA deberá definir también cómo conducirá su política de alianzas, lo que será central para identificar desde qué nicho pretende posicionarse. Tradicionalmente su cercanía ha estado con el Partido Comunista, pero ante las disruptivas posturas que ha adoptado esta colectividad -defensa de dictaduras de izquierda en la región, ambigüedad respecto de la violencia, la desacreditación de instituciones en el afán de defender al alcalde Jadue, o cuestionar la política exterior del gobierno- los frenteamplistas deberán clarificar si a la luz de estos predicamentos seguirán buscando profundizar alianzas con el PC, o en cambio buscarán articular más entendimientos con el SD. Para posicionarse como una izquierda moderna resultará fundamental tomar distancia de los predicamentos refundacionales, y buscar que las transformaciones a las que aspiran no pongan en riesgo la estabilidad.

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