Carmen Gloria Garrido

Carmen Gloria Garrido

Directora de la Escuela de Educación de UNAB,

Opinión

Ley Machuca y el colonialismo pedagógico de Admisión Justa


Hay que preguntarse por qué: ¿Por qué una selección escolar? ¿Por qué hablar de mérito cuando se parte de condiciones distintas? ¿Por qué lo justo se liga a ello? ¿Por qué los conceptos relacionados con la educación pública y compartida se centran en competencia, selección, privilegios, éxito y no en convivencia, diferencia, alteridad, respeto y valores? ¿Cuál es el concepto de educación que tenemos, qué focaliza su acción y sus esfuerzos en la selección?

Esto quizás lleva a una pregunta de base, considerando, por ejemplo, el último Congreso Futuro: ¿Qué especie queremos ser? Es preguntarse por lo invisible en esta decisión y aquello que está detrás, esa huella que se constituye en motor de las acciones y los focos, que le da espacio a una concepción de educación.

Cuando los argumentos que se señalan se centran solo en datos de experiencias exitosas a nivel nacional o mundial, deja de ser justo porque se omiten los contextos en que se dan esas experiencias. Aparece esa novedad dañina, ese dato que no considera la concepción y el lugar que para esa comunidad tiene la educación. Pareciera que lo público no tiene lugar, concepción ni huella. La educación pública o con fondos públicos se lamentan.

Desde un punto de vista pedagógico la clase se nutre en las diferencias, los contextos, porque los estudiantes conviven tal como en la vida, respetando las habilidades y abriéndose a distintas perspectivas. Es un acto de humanismo social, donde se problematiza, respeta y visibiliza al otro, con sus talentos cognitivos, emocionales y lingüísticos. Por lo tanto no debe ser tema la composición de una sala de clases sino aquello que sostiene, impulsa, innova esa sala de clases.

Pareciera entonces que falta pedagogía en la Ley Machuca y en Admisión Justa. En ambas propuestas el foco se pone en la selección, en el mérito y nos sometemos al consumo del dato por el dato y a todo lo que ello conlleva, como la valoración de las cosas por sobre las ideas y las personas. Una especie de homogenización del individuo y los grupos humanos y, a la vez, una ceguera frente a lo que distingue a cada uno y que nos nutre como sociedad.

Hay una tendencia al control, a ese que dice querer nuestro bien pero que administra escenarios que no consideran el factor humano. El foco debiese estar en una escuela con buenos docentes y espacios que eviten colonialismos pedagógicos que tienden a agrupar en base a concepciones y racionalidades técnicas.

Hablemos de una educación justa que des-instale una pedagogía que disminuye y que no confía en las habilidades de los estudiantes, porque como sociedad nos ha faltado una vigilancia ética.

Hablemos de educación justa y no educación capturada por lógicas económicas y sociales que determinan lo que cada uno necesita, que ordena con la pretensión de proyectar, fabricar y planificar el futuro, y que responde a la utilidad de la educación y al terror de lo incierto.

Discutamos sobre una Educación Justa donde convivan estudiantes, no niveles socioeconómicos; solo estudiantes que buscan tener una buena educación.

Finalmente, este tipo de decisiones olvida el foco central que tiene que ver con hacerse cargo de una educación justa para todos. Queremos una educación inclusiva, pública de primer nivel, por eso debemos recordar que aprender implica relacionarnos, vincularnos con la vida y que el aprendizaje, por más que queramos controlarlo, es una travesía.

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