Trombas, desastres y culturas ecológicas

TORNADO CONCEPCION  TALCAHUANO



Mientras veo las trombas que azotan a Concepción y Talcahuano, mi hija hace su tarea de geografía. Cursa 6to Básico e irónicamente, la tarea lleva por título "Ubicando los riesgos naturales de Chile". En la primera hoja de la guía aparece una lista con nuestros desastres locales (sismos, maremotos, sequías, erupciones volcánicas, inundaciones, aluviones y nevadas) con sus correspondientes regiones de ocurrencia. Me llama la atención que no aparezcan los incendios ni las olas de calor ni los tornados, ahora que vemos las imágenes de Los Ángeles. También me asombra que le sigan llamando riesgos "naturales", cuando si por "naturales" entendemos procesos que se originan y despliegan fuera e independiente de cualquier intervención humana, estos fenómenos difícilmente calzan en esa categoría.

Pero lo que más me llama la atención es la abstracción de la tarea. Me pregunto si más allá de saber que en Chile ocurren aluviones y que éstos se concentran en ciertas regiones, mi hija sabe que a no más de dos kilómetros de su colegio hay una quebrada en la que poco tiempo atrás un aluvión dejó a 26 personas fallecidas, 8 desaparecidas y a más de 32.000 damnificadas. Entonces le pregunto. ¿Sabes qué ríos pasan cerca de tu casa? "¡El Mapocho!", me responde haciendo un brusco cambio de escala, y apurándose en complementar que también hay otro río que después de junta al Mapocho más abajo ("el Maipo", le ayudo). No reconoce el Canal San Carlos que pasa a pocos metros de su casa, ni el canal San Ramón que pasa aún más cerca. Ni qué decir la quebrada de Macul, donde un desborde en 1993 dejó los estragos ya nombrados. Tampoco sabe que estamos rodeados por cuatro volcanes activos. Le pregunto si sabe lo que es la falla de San Ramón. "Ni idea", me responde con franqueza. Su colegio se ubica literalmente sobre esta falla.

Y vuelvo a las imágenes de Concepción, Talcahuano y Los Ángeles. Presto atención a los comentarios. La perplejidad parece ser doble. Primero, por la excentricidad de estos fenómenos. En Chile, se supone, no ocurren. Lo hacen, pero poco, y esa baja frecuencia parece ser suficiente para que no existan en la memoria colectiva y estén prácticamente olvidados. "TropiConce" aparece en las redes sociales. Y segundo, por el desconocimiento: las trombas y tornados no sólo son "foráneos", también son ignotos. ¿Qué es una tromba? ¿Qué causa un tornado? ¿Células tormentosas? Y me pregunto cómo es posible que los vecinos y vecinas de Talcahuano, viviendo frente al mar, no sepan lo que es una tromba marina, y qué ha pasado para que mi hija no sepa que vive junto a un estero cordillerano y que gasta la mitad de su día sobre una falla sísmica.

Ante un contexto planetario en el que las condiciones biofísicas de la vida están cambiando abruptamente —la temperatura que consideramos "normal", las características geomorfológicas de nuestro entorno directo, las diferencias climáticas entre las estaciones del año—, crear culturas ecológicas es urgente. Por culturas ecológicas me refiero a conocimiento situado sobre las características de nuestro entorno; saberes prácticos y experienciales sobre los componentes geológicos, atmosféricos, climáticos y ecológicos del lugar donde vivimos. Memoria territorial sobre la naturaleza y sus cambios. Nada que no tuviésemos hasta hace poco, y que aún poseen comunidades locales, ya sean indígenas, campesinas, rurales o que mantengan alguna conexión vital con su hábitat.

Es de primera necesidad recuperar estas culturas ecológicas. La Encuesta Nacional de Medio Ambiente realizada por Instituto de Sociología UC muestra que para el 93% de chilenos y chilenas el cambio climático es bastante o muy importante para ellos y ellas mismas. En sus vidas cotidianas, en sus rutinas domésticas, en el contexto de la existencia más inmediata, el cambio climático está generando preocupación. Y no es de extrañar. Ante las lluvias extremas en el norte grande, los tornados en el sur, las sequías generalizadas y los mega-incendios de cada año —ante los nuevos y amplificados desastres antrópicos con los que empezamos a convivir—, el cambio climático dejó de ser un fenómeno abstracto que ocurre en algún lugar lejano. Y es ante este contexto que se vuelve crucial hilvanar culturas ecológicas. Conocer cómo se formaron los valles, mesetas y costas donde hemos asentado nuestras vidas, y cómo han cambiado a lo largo de los tiempos. Saber qué significa vivir junto a un bosque o al océano Pacífico, cuáles son las características de las montañas, lagos o salares que nos rodean, y cómo identificar una tromba, un tsunami o un aluvión.

Los niños y niñas de Chile deben salir a terreno a conocer su entorno, a sentirse parte de una naturaleza en constante movimiento, escuchar historias de los y las mayores para entender dónde viven. No se trata simplemente de rediseñar la asignatura de "geografía", sino de repensar integralmente el modo de relacionarnos con un mundo cambiante. Las culturas ecológicas se cultivan en la escuela, en el barrio, en la casa y en los medios de comunicación, y necesitan de las ciencias, la espiritualidad, las artes y los saberes locales.

Vuelvo a pensar en mi hija. No puedo evitar recordar la posible actividad sísmica de la falla de San Ramón. Pero yo, su familia, su comunidad escolar e, idealmente, su municipio y quienes toman las decisiones del país, podemos ayudarle a ella y a todos y todas quienes habitan en la precordillera santiaguina a entender este fenómeno geológico, reconocer su actividad, desarrollar estrategias de cuidado e inventar formas creativas de convivencia. Y así con las trombas, las erupciones volcánicas y los tsunamis. Así con los niños y niñas de Cobquecura, Ollagüe o Saavedra. Es la única manera de tener comunidades resilientes y capaces de construir futuros más sustentables.

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