Opinión

Valentía de gabinete

RENE LESCORNEZ

En Los tres mundos, Santiago Posteguillo recrea una conversación entre Julio César y un joven Marco Antonio, durante la guerra de las Galias. Una legión al mando de Quinto Cicerón -hermano del famoso orador, principal opositor político del procónsul- se encuentra sitiada y en grave peligro. Con apenas un puñado de hombres y un ejército desperdigado por las Galias, debe decidir si acudir en ayuda de Quinto. Marco Antonio sugiere que podría ser conveniente dejar caer al hermano de su rival, pero recibe la categórica respuesta de César: no asistir a quien nos necesita, por perjudicar a un enemigo, es una bajeza e indignidad de la peor calaña. Además, recuerda, la lealtad del ejército se consigue transmitiendo la seguridad de que, pase lo que pase, su procónsul jamás los dejará abandonados ante la dificultad.

En las antípodas, nuestros honorables parecen considerar que la valentía no se mide en actos sino en palabras: levantar la voz, tomar posiciones intransigentes y condenar con destemplanza las voces disidentes. Ilustra bien esta confusión el mote de “derechita cobarde” a propósito de la negativa a apoyar la acusación constitucional (corolario del mal uso de este mecanismo, de lado y lado, durante los últimos dos gobiernos, cuando menos); o la indignación y altisonancia con que todos los actores políticos denunciaban la llegada de criminalidad organizada en el caso de los niños haitianos, sin detenerse a revisar el alcance de lo que terminó siendo un mero -pero grave- desorden administrativo. El cálculo político y la polarización se presentan como muestras de arrojo y carácter, cuando no son otra cosa que una pantomima para causar daño al adversario y afirmarse en el respaldo de la propia tribu.

La valentía no es de gabinete. El verdadero coraje rara vez es estridente, sino que es atributo silencioso de quien hace aquello que se estima correcto o necesario, aunque traiga consigo costos políticos o personales. En estos tiempos de superioridad moral, es actuar y hablar con debida moderación, aquella que impide convertir las propias ideas en credos religiosos, que se opone al emotivismo, y que cultiva una nobleza cívica elemental. Es, en definitiva, cuidar la institucionalidad antes que los propios intereses. Hay ejemplos de ello en la historia política chilena: el gesto de la derecha, en el lejano 2001, que permitió al entonces oficialismo presentar su lista parlamentaria fuera de plazo; el acuerdo de modernización del Estado que ofreció una salida institucional a la crisis política causada por el caso MOP-GATE; o, en noviembre de 2019, cuando el entonces diputado Gabriel Boric firmó el Acuerdo por la Paz, contra la instrucción y el reproche de su propio partido, permitiendo una salida institucional al estallido social. Gestos distintos de signos políticos opuestos, con algo en común: el cuidado de la institucionalidad por encima de la propia conveniencia.

Esto no se parece en nada a lo que hoy se exhibe como valentía, ese coraje de escritorio que es fácilmente identificable porque erosiona la institucionalidad que dice defender. Por eso vale volver a la escena del comienzo. César concluye su respuesta con un consejo político: igual que con las legiones, el gobernante que por un ruin cálculo político se enfoca en dañar a un opositor será barrido por el paso de la historia. La historia es de los valientes: de los que obran con nobleza y están dispuestos a sacrificarse, sin estridencias, por el bien común. La historia es de los valientes de verdad, no de los de gabinete.

Por Diego Navarrete, abogado

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