Hablemos de amor: mi abuela no era una villana
Durante años Camila creyó la historia familiar: que su abuela los había abandonado. Convertirse en madre la obligó a mirar más hondo y descubrió que detrás de la villana había una madre que también fue víctima.
Crecí escuchando que mi abuelita Fulvia era mala, que había olvidado a sus hijos, que no tenía corazón y que había cometido el peor error que puede cometer una mujer que es madre: abandonar. Esa fue la historia oficial. La que se repitió una y otra vez en mi familia.
Durante años imaginé a la abuelita Fulvia como una mujer cruel, con el corazón negro, sin piedad, dejando atrás a sus niños. Una figura oscura, casi una bruja. Y así, sin darme cuenta, esa historia se fue impregnando en mí, no sólo como un relato ajeno, sino como una memoria heredada, como si ese abandono también me perteneciera.
Porque las historias del útero no se cuentan: se transmiten. Mi abuela cargó a mi madre y mi madre me cargó a mí. Hoy lo veo claro: mi abuela, mi mamá, mi hermana y yo compartimos un mismo útero. Cuatro mujeres unidas por una misma herida.
Cuando me convertí en madre, viví mi separación. Enfrenté mi herida en el amor, y en mis reflexiones me encontré a mi abuelita Fulvia en el eco de los relatos de mi memoria. A ratos, como un destino vaticinado desde antes de nacer: “todas seremos abandonadas”. Casi un designio de lo que viviríamos las mujeres que siguen, como si ya viniéramos programadas para el abandono.
¿Y qué quiere una persona que ha sufrido la pérdida? Quiere evitarla, evitar el abandono a toda costa, incluso a costa de sí misma. Y ahí entendí por qué tantas mujeres de mi familia cargábamos con la herida del maltrato. Evitar a toda costa el abandono, aunque nos cueste nuestra integridad o incluso nuestra vida.
Esta mirada me llevó, en mi adultez, a desarrollarme como terapeuta holística, y a través de la ancestrología, constelaciones familiares y registros akáshicos, a ahondar en la historia de mi abuelita ¿Quién era esta mujer malvada, a quien también llevo en mi sangre?
Y entre fotos e historias apareció una verdad que nadie había dicho con claridad: la abuelita Fulvia era casi una niña. Tuvo su primer embarazo a los 12 años y a los 15 ya tenía a sus hijos. Hay muchos rumores de por qué tuvo que irse —o huir— de su casa. Mi mamá me mostró una foto suya, era una niña no la bruja de mi imaginación ni la mujer despiadada de mi memoria. Era una niña que no pudo seguir. Esa verdad liberó a mi corazón de un rencor heredado, de un abandono marcado desde el útero.
Mi mamá me contó que cuando ella era adolescente, mi abuelita Fulvia la esperó a la vuelta de la esquina. Tenía un aspecto abandonado y desorientado, olía a alcohol y vestía harapos. Le tomó las manos y le dijo que casi se había desangrado en su nacimiento. Mi mamá soltó sus manos y le dijo: “nos abandonaste”, y se fue.
Por años, la rabia habitó su corazón, para ella, la abuelita Fulvia no merecía nada, ni siquiera su compasión. Nadie le contó que era una madre niña, y sin esa verdad, el perdón no tenía dónde apoyarse.
Con el tiempo, he ido comunicándome y constelando su historia, la excluida del clan, la enterrada en una lápida sin nombre, pero al integrarla algo empezó a ordenarse en mi y sin quererlo, también en mi mamá. La herida del abandono comenzó a disiparse.
Mi mamá, años después, me dijo que se había reconciliado con ella, que incluso habían conversado en una constelación familiar. La abuelita Fulvia le dijo: “yo casi morí por ti”. Y ahí mi mamá entendió algo que tardó años en comprender. No era un reclamo, era un recuerdo: “yo te di la vida”. Y a veces, eso es suficiente. Ese es el único regalo que una madre niña puede hacer.
Hoy, la honramos. La abuelita Fulvia ya no está excluida, la llevamos en el corazón.
Mi generación no sabrá nunca con claridad por qué se fue, pero integrarla en mi vida me dio paz, fue liberar el abandono y decirme a mí misma: “mi abuelita aún está conmigo”. Y no, no somos abandonadas, el amor sobrevivió.
Hoy tomo su foto, miro a esa niña madre y le digo: “yo te reconozco como abuela”, y siento cómo el tejido femenino se recompone, cómo mi abuela, mi mamá, mi hermana y yo nos reordenamos, sanamos y la abrazamos.
Hemos dicho que algún día encontraremos su lápida en el cementerio. Y al decirlo, sentimos cómo el abandono sale de nuestros úteros y queda el amor, solo amor. Ya no hay herida, hay amor.
Lo último
Lo más leído
Plan Digital + LT Beneficios por 3 meses
Infórmate mejor y accede a beneficios exclusivos$6.990/mes SUSCRÍBETE