Hablemos de amor: mi cita con un hombre sin redes sociales
En una cotideaneidad donde las pantallas se han transformado en parte escencial de nuestras vidas, coquetear con alguien sin redes sociales de por medio se ha transformado casi en un lujo. Mara vivió una experiencia que la hizo recordar cómo era coquetear antes de la era digital.
“Este café está muy bueno”, dije en voz alta, y el hombre de la mesa del lado sonrió. En medio del aroma a pan recién horneado, llevábamos un rato cruzando miradas.
Dos extraños en un lugar común.
La mesera apareció para decirme que el hombre de la mesa del lado me enviaba de regalo un pie de limón, sin miedo a que yo fuera alérgica al gluten o a la lactosa. Acepté y me acordé de esa frase tan típica de algunos cafés: “No tenemos wifi, conversen entre ustedes”.
Con una seña lo invité a sentarse conmigo y nos presentamos. Ahí pude comprobar que su sonrisa, su voz y su mirada me gustaban tanto como había imaginado. Un gran paso.
Después de un rato, me confesó: “No tengo redes sociales”. Mis ojos se iluminaron.
“¿Y cómo lo haces? Si gran parte de nuestra vida hoy transcurre a través de una pantalla”, le pregunté. No conocía a nadie -además de mi papá, que tiene 80 años- que usara el celular solo para hablar, mandar WhatsApps o pedir pizza.
Me contó que necesitaba bajar el ritmo de sus pensamientos, disfrutar más los momentos sin las interrupciones constantes de las notificaciones ni la ansiedad de sentir que se estaba perdiendo de algo.
La idea de una relación cien por ciento análoga me pareció excitante. ¿Cómo sería volver a coquetear sin celular? Refrescante, silencioso, con más miradas, más tacto, menos likes, más sensual.
Se abrió un mundo de panoramas posibles. Volver a leer el diario una mañana de domingo con desayuno largo y compartido, empezó a parecerme un sueño perfectamente alcanzable. A mí me gustan las cosas tangibles como conversar mirándose a la cara o sentir los aromas del entorno.
No tendría que preocuparme de subir una foto nuestra a redes ni de compartir detalles de la relación para evitar esa sensación absurda de que, si no se publica, no existe.
Compartiríamos un helado en el cine, comentaríamos el último libro que leímos, nos contaríamos anécdotas chistosas. El “jaja” del chat sería reemplazado por una carcajada de verdad repleta de dopamina.
Y si el universo se ponía generoso, quizás también habría tardes enteras de sexo de fin de semana, más puestas de sol sin foto, más cocina de autor, más siestas y menos Roblox.
Imaginar esa relación me llenó de nostalgia por una forma de vincularse donde había que dedicar tiempo y demostrar interés de verdad. Cuando para ver a alguien había que pasar a buscarlo sin ayuda de Waze, llamar por teléfono fijo o tocar el timbre sin saber si estaría en casa.
Las personas se conocían en restaurantes, en una biblioteca, en una fiesta o conversando en un transfer camino al aeropuerto. Lugares comunes, sin algoritmos ni terceros interviniendo. La época en que un hombre se ganaba nuestro corazón con esmero y mucha creatividad.
Hace décadas quemamos sostenes para sentirnos libres y hoy vivimos hiperexpuestos. El cuerpo, el deseo y hasta la intimidad circulan en redes a un clic de distancia: una foto, una conversación, una cita con un desconocido o incluso sexo por videollamada. Las apps de citas terminaron convirtiendo a las personas en un catálogo infinito para aliviar soledades, alimentar egos o cumplir fantasías que antes habrían requerido tiempo, valentía y algo de misterio.
Todo parece más inmediato, pero también más desechable. El trabajo que conlleva la conquista ya no es requerido. Y en medio de tanta oferta y tanta rapidez, ha quedado a la vista el temor de ser auténticos y el gusto del ser humano al facilismo y la conformidad.
Sexy y valiente es un hombre que te invita a salir después de cruzar miradas contigo. Que sabe que el “no” es una posibilidad real y que, aun así, se atreve, con respecto. Que despliega frente a una el arte de la conquista con una conversación entretenida, coqueta e inteligente. Un hombre que de solo verlo en acción te acelera las pulsaciones y las ganas de vivir.
“¿Te gustaría ir al cine a ver Notting Hill?, están repitiendo un clásico", me dijo. “Claro, es una de mis favoritas”, respondí. La había visto muchas veces, pero no con él. Nos despedimos y saliendo de la cafetería di de baja mis redes sociales, quería poner atención a lo que estaba ocurriendo.
Ya no vería más reels con frases de amor propio y autoayuda, ofertas de ropa, memes de guaguas y gatos, consejos para convertirme en una Mata Hari millonaria y buena en la cama, promociones de pilates de pared y dietas keto, viajes a destinos exóticos imposibles, ni médiums prometiendo dibujar el rostro de mi alma gemela antes de probablemente vaciarme la cuenta bancaria. Tampoco perfiles falsos creados con IA en aplicaciones de citas, ni recetas que jamás voy a cocinar. En fin, una galaxia de consejos que no necesito y que me banco cada vez que abro el celular.
Decidí darme la oportunidad, nuevamente, de vivir una experiencia más cercana a la realidad.
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