Ampuero, el otro converso: “Es un museo de la mala memoria”

En su libro de conversaciones con Mauricio Rojas, el canciller condena los atropellos pero critica al museo.


Sus historias operan como reflejos. A través de diferentes caminos y procesos, Roberto Ampuero y Mauricio Rojas dibujaron órbitas similares y encontraron un destino común. El canciller y el ex ministro de Cultura, cargo que ostentó durante el último fin de semana, pertenecen al universo de los conversos: militaron en la izquierda en los 70 -en las JJCC el primero, en el MIR dice el segundo-, conocieron el exilio y abandonaron sus convicciones políticas para refugiarse en el liberalismo.

Producto de estos paralelos en su transición ideológica, Ampuero invitó a Rojas a reunirse bajo “la sombra verde, colmada de racimos de uvas y cantos de pájaros” de su casa en Olmué, en diciembre de 2014. De esas conversaciones nació Diálogo de Conversos, en el que reconstruyen su historia y hablan del “sueño de un Chile mejor”, como anota el novelista. De allí provienen las desafortunadas palabras de Rojas sobre el Museo de la Memoria, al que llamó “un montaje” y que acabaron costándole el cargo.

Del mismo modo, el libro recoge también las impresiones del actual Canciller, críticas igualmente hacia el museo de los Derechos Humanos: “Permíteme manifestar en este contexto algo que ya he manifestado con anterioridad: mi crítica al Museo de la Memoria, que se financia con recursos de todos los chilenos. No lo critico por los horrores de la represión que exhibe, y que debe exhibir para que no se olviden, sino por lo que no cuenta, por lo que calla. No lo critico por la justa denuncia que hace de la historia de Chile, sino por el injusto silencio que guarda ante ella”.

En este aspecto, el escritor expresa matices respecto de la opinión de Mauricio Rojas: no habla de montaje, pero insiste elocuentemente en que el museo ofrece una visión parcial de la historia. “Nada justifica la violación de derechos humanos bajo la dictadura, pero el Museo de la Memoria no explica bajo qué circunstancias estalló el horror que condenamos”.

Bajo esa luz, para quien también ejerció de ministro de Cultura en el primer gobierno del Presidente Piñera, el museo tiene “un narrador partidista e interesado”, lo que lo mueve a concluir que “no es un museo nacional, es un museo de la mala memoria”. Relata también que llevó a sus hijos adolescentes y que ellos no comprendían por qué “llegaron los chilenos a odiarse tanto”.

“El museo”, observa Ampuero, “debe servir a la educación cívica de todos los chilenos, y eso exige contar la historia completa, donde unos fueron responsables de azuzar el odio y la división, y otros por reprimir, torturar y asesinar. Mientras no lo haga, para mí seguirá siendo el museo de la mala memoria”.

Hoy, Ampuero recibía críticas por este motivo. Desde Cancillería subrayaron que en el libro él dice expresamente que “nada justifica la violación de derechos humanos bajo la dictadura”. La vocera Cecilia Pérez, en tanto, respaldó al canciller y afirmó: “Algunos de los que lo critican son feroces críticos de dictaduras de derecha, pero silentes cuando se trata de condenar las violaciones a los derechos humanos de dictaduras de izquierda”.

Cuba y el silencio

Comparativamente, la experiencia de Ampuero en Cuba y en la ex RDA parece bastante más dura que la de Rojas en la Suecia socialdemócrata. Ambos se extienden precisamente en el silencio de la izquierda sobre los atropellos en los gobiernos de bandera socialista. El escritor cita a Michelle Bachelet, quien estaba en el poder cuando se publicó el libro: “La presidenta Bachelet también guarda un silencio inaceptable frente a lo que fue la RDA. Ella es la mandataria de un país democrático, que sufrió los rigores de una dictadura, pero aún no se atreve a decir nada sobre la condición de los derechos humanos en un país donde vivió y se formó”.

El año pasado, Rojas y Ampuero publicaron una nueva entrega de sus conversaciones. En Diálogo de Conversos 2 el escritor recuerda el viaje de la ex mandataria a Cuba en 2009, su ”carrerita” cuando le anunciaron que Fidel Castro estaba dispuesto a recibirla: “(Bachelet) Se marcha repentinamente de un acto con el exilio chileno, se sube a un autómovil de la seguridad del Estado cubano, olvidando hasta a sus guardaespaldas chilenos, y queda, de hecho, seducida y secuestrada por Fidel Castro y totalmente desvinculada de Chile. Esa imagen a mí me persigue, me irrita y me avergüenza”.

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