Chile está en una etapa avanzada de transición demográfica: presenta un envejecimiento continuo y constante de su población. Dentro de la combinación de factores que lo explican está el descenso de la mortalidad en edades tempranas y la disminución de la fecundidad, impactando fuertemente la tasa de natalidad.

La reflexión obligada es ¿por qué ya no queremos ser madres? Posiblemente la respuesta -en un importante número de casos- pasará por las crecientes exigencias que impone la vida profesional y la necesidad de conciliar el cuidado de hijos, personas dependientes y trabajo no remunerado, sin dejar de competir en un mundo laboral cada vez más demandante.

Las principales consecuencias de esta sobrecarga son los problemas laborales que las mujeres asumen para enfrentar dificultades personales o familiares, como enfermedades con o sin licencia médica, ausencias laborales o tener que desarrollar estrategias para encargarse del trabajo doméstico y el cuidado de sus hijos.

De acuerdo con un estudio de Kleven et al (2018) para Dinamarca, la brecha salarial entre hombres y mujeres es virtualmente nula hasta el nacimiento del primer hijo. A partir de este evento, sin embargo, se genera un diferencial en los ingresos en torno al 20% en el largo plazo.

La explicación subyacente a este diferencial está en que las madres cambian la trayectoria de su carrera laboral para conciliarla con responsabilidades familiares en desmedro de sus ingresos, estabilidad en el empleo o ascensos profesionales.

En nuestro país es creciente el número de mujeres que postergan la maternidad hasta tener la estabilidad laboral y económica que les permita hacer frente al desafío que implica ser madre en una sociedad que celebra la maternidad, pero que no la respalda.

Hemos avanzado en la dirección correcta, pero no es suficiente. Es clave en este sentido promover la corresponsabilidad parental, el teletrabajo y la adaptabilidad laboral, derecho a sala cuna para madre o padre trabajadores con financiamiento solidario y modificaciones al postnatal que incentiven la participación del padre en el desarrollo de los hijos.

Como sociedad, estamos llamados a proteger la familia y a valorar la maternidad. Necesitamos un cambio de paradigma que reconozca y genere condiones más amables para aquellas mujeres que eligen ser madres, sin que esto signifique renunciar a su desarrollo personal y profesional, así como a su independencia económica.