Álvaro Vargas Llosa

Álvaro Vargas Llosa

Director del Centro Para la Prosperidad Global de The Independent Institute, columnista del Washington Post y autor de diez libros. Titulado de Historia Internacional en la London School of Economics, ha sido miembro del Directorio del Miami Herald Publishing Company, corresponsal del diario español ABC en Londres y colaborador del Wall Street Journal, Los Angeles Times, BBC World Service y Time Magazine. Sus artículos se publican en veinte países y da conferencias en América Latina, Europa y Estados Unidos. La revista Foreign Policy lo eligió entre los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica en 2012 y fue nominado por el Foro Económico de Davos como Joven Líder Global 2007. Es inversionista individual, seguidor de la filosofía del valor.

Reportajes

Columna de Álvaro Vargas Llosa: El calvario de Macri

El presidente argentino, que tenía la reelección en el bolsillo hace unos meses, no supera hoy en popularidad a su tremebunda antecesora Cristina Kirchner.


Una amiga argentina a la que pido su opinión sobre su país, resume así los efectos de la crisis: “Los empresarios están rematando activos al precio que les den, la cadena de pagos está cortada, hay despidos e incumplimientos de contrato, el sector inmobiliario se desplomó, los créditos a la vivienda que lanzaron están parados porque la gente no puede escriturar”.

Esta frase no está dicha por una agitadora sindical, una enemiga personal del presidente, una diputada de la oposición, sino por alguien que vería con horror el retorno del peronismo al poder. Pero ella está convencida de que el mandatario desperdició una gran oportunidad para hacer las reformas indispensables para desmontar la herencia populista y está pagando las consecuencias.

Otro amigo a quien pido su opinión y que no tiene vinculación alguna con el gobierno de Macri me dice que entiende perfectamente por qué era imposible para el mandatario emprender esas reformas drásticas e impopulares. Pero también observa que, al no haber sido tomadas las decisiones necesarias, se ha creado una situación que le recuerda mucho el final de Fernando de la Rúa. “Da tanta lástima”, me asegura, “que uno que no tiene interés alguno en la política ni contacto con ellos quisiera darles una mano para que esto no se derrumbe”.

La posibilidad de que Macri sea reelecto el próximo año y por tanto de que el peronismo no vuelva al poder, ya sea en la versión kirchnerista o en la vegetariana, depende de cuál de estos dos temperamentos prevalezca en los votantes. Si prevalece la idea de que Macri traicionó su mandato -es la palabra utilizada por Confederaciones Rurales Argentinas, que agrupa al campo y era un bastión del macrismo-, el electorado no kirchnerista se volcará con un peronista moderado. En cambio, si prevalece la idea de que en la Argentina actual lo mejor a lo que se puede aspirar es a un Macri avanzando a trompicones, tortuosamente, hacia el objetivo de modernizar el país porque los constreñimientos culturales y políticos no permiten demasiadas audacias, quizá el Presidente logre, in extremis, el respaldo para un segundo mandato.

Los que piensan de la primera forma creen que Macri no sabe lo que hay que hacer y es un populista light. Los que piensan de la segunda forma creen que Macri es razonablemente consciente de lo que hay que hacer pero sensible a la dificultad de gobernar un país donde la mayoría de la gente quiere que el Estado le resuelva todo y huye de la responsabilidad individual como de la peste, y donde el sistema político deja muy poco espacio de maniobra para un no peronista.

Los primeros tienen la razón moral, los segundos tienen la razón cultural.

Los primeros se preguntan: ¿De qué sirve que los argentinos den una oportunidad a alguien como Macri si a fin de cuentas, incapaz de romper el nudo gordiano de la herencia populista, provoca unas crisis que tarde o temprano volverán a abrir las puertas de poder a los de siempre? Además, hay precedentes de gobiernos que recibieron un legado envenenado de fuerzas retrógradas, tan retrógradas como el comunismo en la Europa central, y fueron capaces de tomar al toro por los cuernos, gracias a lo cual hoy esas economías prosperan.

Pero los segundos responden: la experiencia argentina parece condenar al fracaso a cualquier gobernante no peronista que pretenda desapolillar la mentalidad argentina. El crepuscular helicóptero de Fernando de la Rúa es la imagen totémica de quienes, conscientes de esa tradición, exculpan parcial o totalmente a Macri. ¿De qué serviría que Macri fuera reemplazado por Cristina Kirchner o alguien de su movimiento? ¿Qué progreso supondría respecto de la situación actual que un peronista moderado, sujeto a la presión descomunal del peronismo carnívoro, sucediera a Macri?

Dado este dilema, ¿qué es lo mejor que puede suceder? Probablemente, que los primeros, los de la razón moral, presionen con mucha fuerza a Macri para que empiece a llevar a cabo aunque sea parcialmente las reformas que se necesitan y que, llegada la hora de las urnas, a menos que surja una opción mejor, los segundos, los de la razón política, prevalezcan sobre los primeros dándole al gobierno la oportunidad de seguir avanzando en una segunda administración Macri.

Lo que no admite discusión filosófica, en todo caso, es el desastre que padece Argentina. Los síntomas son muchos. Uno de ellos, muy argentino, es el precio del dólar. En los presupuestos de 2018, el gobierno había estimado que la paridad serían 19,3 pesos por dólar: hoy ronda los 40 pesos. Cuando la moneda pierde más de la mitad de su valor en ocho meses, la mayoría del país, independientemente de que los exportadores puedan en el corto plazo obtener un beneficio, se vuelve más pobre. La inflación, otro síntoma, ya está, en términos anualizados, en 30%, pero superará el 40%, según admitía un informe del propio Ministerio de Hacienda y Finanzas hace pocos días. Si la erosión del signo monetario continúa, los bolsillos de los argentinos acabarán más pelados que la calva del inolvidable Kojak. No es una sorpresa que el producto bruto de Argentina vaya a registrar este año un crecimiento negativo (de entre 2 y 3%).

Los argentinos creían haber dejado atrás los tiempos en que sus gobiernos acudían, con el cepillo en la mano, a pedir dinero -los famosos acuerdos “stand-by”- al Fondo Monetario Internacional. Pero es lo que Macri tuvo que hacer en mayo, cuando obtuvo compromisos condicionados por 50 mil millones de dólares, de los cuales se han desembolsado hasta ahora 15 mil. Dada la aceleración de la crisis, el gobierno argentino está pidiendo adelantar con urgencia el siguiente desembolso.

El deterioro empujó al gobierno, esta semana, a anunciar medidas que el propio Macri calificó como “malas, malísimas”, pero necesarias, especialmente la aplicación de impuestos a los exportadores. Se ha dicho que estos impuestos afectarán al campo, pero también otras industrias tendrán que soportar la carga tributaria. Como suele ocurrir en estos casos, el mandatario habló de una medida temporal, la naturaleza de la respuesta gubernamental, que apuesta más por aumentar la recaudación a corto plazo que por recortar gastos drásticamente para hacer frente al traumático déficit fiscal, sugieren una definición muy alargada de esta transitoriedad.
Otras medidas anunciadas incluyeron la reducción del número de ministerios a menos de la mitad mediante fusiones de distinto tipo y sin despidos, y el aumento de la tasa de interés referencial a… ¡60%! Con esto último se pretende hacer más atractivo el peso y frenar las corridas cambiarias.

Se suelen citar múltiples causas para explicar la desconfianza de los mercados en el peso. Entre las internacionales se señala el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, la volatilidad del precio del petróleo, el temor provocado por las guerras comerciales de Trump y las expectativas reducidas respecto del crecimiento económico mundial. Entre las locales se habla de asuntos puntuales como un impuesto a la renta financiera decretado hace algunos meses por el gobierno argentino, el clima general provocado por las nuevas revelaciones sobre la corrupción miliunanochesca de los años del kirchnerismo, y la caída de la popularidad de Macri, que hace temer el retorno del peronismo.

Nada de esto es la causa principal de lo que sucede. El problema de fondo es el Estado argentino. Gasta mucho más de lo que recauda, tiene una presencia asfixiante en la vida económica, y para sostenerse cobra demasiados impuestos y se endeuda mucho más de lo prudente.

En 1990 la carga tributaria representaba 17,6% del PIB y hoy supera holgadamente el 30% del PIB, es decir el doble. A pesar de que ingresa mucho más dinero al Fisco, la brecha fiscal es cuantiosa. Esto viene de muy atrás pero durante el gobierno de Macri la tendencia no se ha revertido. En su primer año de gobierno -según el propio Ministerio de Hacienda-, los ingresos públicos crecieron un 35% pero el gasto público aumentó 40%, mientras que en su segundo año los ingresos subieron un 23% pero el gasto lo hizo un 25%.

Como los impuestos no bastan para cubrir las necesidades fiscales, hay mucho endeudamiento. Solo en 2017 el gobierno se endeudó por 26 mil millones de dólares, equivalentes a más del 5% del tamaño total de la economía. La deuda nacional equivale a cerca de 90% del PIB y solo en lo que va de 2018 ha aumentado 30%. Pero Argentina no solo se ha endeudado: también ha impreso billetes maniáticamente. Para hacer frente a la subasta de letras del Banco Central conocidas como Lebacs en junio y julio, por ejemplo, el ente emisor expandió la base monetaria un 27%.

Si usted es un inversionista y ve estas cifras altamente preocupantes, ¿compra pesos o saca dólares? Si usted es un argentino de a pie y tiene unos cuantos pesos que cada vez valen menos, ¿qué hace? Una de dos cosas: o los gasta rápidamente para no quedarse con menos dentro de muy poco tiempo o los cambia por dólares para protegerse. Lo que se conoce como una corrida cambiaria es puro sentido común.

La pregunta política clave es si todo esto hará imposible la reelección de Mauricio Macri. Por ahora Cristina Kirchner sigue contando con el respaldo de más de 30% de la población, a pesar de las nuevas revelaciones sobre el esquema de corrupción vinculado a la obra pública por decenas de miles de millones de dólares (algunas estimaciones calculan que ascendió a unos 36 mil millones). Tiene inmunidad parlamentaria por ser senadora, así que podría ser candidata. En su defecto, podría lanzar a algún protegido político. El justicialismo tradicional, mientras tanto, se divide entre quienes, como el presidente del partido, quisieran una candidatura de unidad que incluya al kirchnerismo y quienes, como el jefe de la bancada peronista en el Senado, prefieren dejar al kirchnerismo fuera. A su vez, los gobernadores peronistas no kirchneristas y Sergio Massa, que lidera otra de las corrientes peronistas, preferirían estar lo más alejados posible del kirchnerismo pero a estas alturas no plantean una guerra abierta contra la expresidenta. El jeroglífico peronista es, por ahora, más indescifrable que nunca.

¿Qué le conviene a Macri? Evidentemente, una confrontación con Cristina Kirchner que polarice las elecciones de 2019. Una candidatura peronista moderada entrañaría mucho peligro para él, pues el electorado, que en su mayoría repudia todavía a Cristina Kirchner, podría verse tentado a castigarlo emigrando hacia esa tercera candidatura.

Macri, que tenía la reelección en el bolsillo hace unos meses, no supera hoy en popularidad a su tremebunda antecesora. De estas cosas están hechos los mejores cuentos de terror para niños de los hermanos Grimm.

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