En la concepción original del guión, no había ewoks sino que wookiees. Yoda, presentado en El Imperio contraataca (1980), no estaba considerado en la historia. Y Harrison Ford, en auge gracias a la primera parte de Indiana Jones (1981) y había firmado un contrato por sólo dos películas de Star Wars, en un comienzo no tenía garantizado volver a encarnar a Han Solo.

El regreso del jedi (1985) no fue fruto de un proceso de escritura y rodaje de pura serenidad. Todo lo contrario: tal como sus predecesoras, significó dolores de cabeza, cambio de última hora y múltiples giros que mantuvieron ocupado a George Lucas.

La búsqueda de un director fue una de sus principales preocupaciones. Tras cederle el puesto a Irvin Kershner en el Episodio V, el creador de la franquicia intentó convocar a Steven Spielberg y luego David Lynch, pero en ambos casos recibió respuestas negativas. Lo mismo sucedió con David Cronenberg, comprometido a seguir indagando en sus inquietudes personales.

Finalmente, se decantó por Richard Marquand, un ascendente director galés que ganó notoriedad con Birth of the Beatles (1979), un biopic sobre el Fab Four, y con Eye of the Needle (1981), un largometraje de espías protagonizado por Donald Sutherland. Debido a que tenía escasa experiencia con los efectos visuales, el cerebro de la saga se vio obligado a estar presente con frecuencia en las filmaciones de la cinta.

En una decisión poco habitual para la época, los diferentes departamentos empezaron a trabajar en la película cuando sólo existía borrador. ¿El motivo? Lucas, Marquand, el productor Howard Kazanjian y el guionista Lawrence Kasdan aún discutían asuntos cruciales de la trama, como la posible inclusión de Ford o el final de la historia, el desenlace que daría cierre a la trilogía iniciada con éxito en 1977.

En el clímax de El regreso del jedi, mientras la Estrella de la Muerte amenaza con acabar con las fuerzas rebeldes, el Emperador busca provocar la ira de Luke frente a Darth Vader. En medio de un enfrentamiento, el hermano de la princesa Leia le corta la mano a su padre, gatillando que el Emperador le ordene que tome su lugar. Luke se resiste y es torturado hasta que Vader traiciona a su maestro y le provoca la muerte luego de arrojarlo por el reactor. El villano se redime y, tras pedirle a su hijo que le quite el casco, queda a rostro descubierto y fallece como Anakin Skywalker.

En la versión alternativa de esa escena, George Lucas imaginaba un vuelco sombrío. En las sesiones de escritura a las que accedió J.W. Rinzler para crear su libro The making of Star Wars: Return of the Jedi (2013), se lee: “Luke se quita la máscara. La máscara es lo último, y luego Luke se la pone y dice: ‘Ahora soy Vader’. ¡Sorpresa! Es el último giro. ‘Ahora iré y mataré a la flota (rebelde) y gobernaré el universo’”. Contó con la bendición de Kasdan, quien planteó: “Eso es lo que creo que debería suceder”.

Ese personaje se hubiera consolidado no sólo como el reemplazo de su progenitor, sino que como una fuerza imparable que habría regido los destinos de todos los habitantes de la galaxia. En consecuencia, no habría sido posible la escena del baile triunfal en que Leia, Han Solo y compañía celebran la caída del Imperio. Pero mas aún: el eje de los tres filmes, la consolidación del camino del héroe encarnado por Mark Hamill, habría sufrido un cambio mayúsculo.

A la larga, Lucas priorizó a sus audiencias más jóvenes y se inclinó por reforzar un mensaje esperanzador. Sin embargo, eso no evitaría que a través de las historietas se indagara en un devenir más oscuro para su protagonista. Ambientada seis años después del final de El regreso del jedi, la serie de cómics Dark Empire (editada por Dark Horse Comics) giró en torno a la resurrección del Emperador a través de varios clones y el sometimiento temporal de Luke al lado oscuro. Sin ser parte del canon oficial, esa ficción planteó un escenario que el cerebro de ese universo no se atrevió a establecer en la pantalla grande.

Sigue leyendo en Culto