Culto

Antes muerto que sencillo

El final de Jim Steinman fue tan wagneriano como su existencia: terminó solo, en una mansión que reconstruyó a imagen y semejanza, llena de discos de oro, calaveras, candelabros y fetiches. Un monumento al ego del “lord de los excesos”, un apodo burlón de la crítica que él adoptó con gusto y orgullo.

Antes muerto que sencillo

En su libro Wagnerismo (Seix Barral, 2021), el crítico Alex Ross se hace cargo del siempre controvertido Richard Wagner como una figura imprescindible para entender el desarrollo de la cultura pop actual. Desde Star wars hasta El señor de los anillos, pasando por las superproducciones de Marvel y las películas de vampiros adolescentes, todo pasó, de algún modo, por el prisma del compositor alemán. En paralelo, la elite intelectual tomó distancia de su influjo, convirtiéndolo en un epíteto peyorativo. Con el tiempo, todo lo “wagneriano” se interpretó como recargado, rimbombante, prepotente o muy largo. Lo que parecía un insulto para unos, se transformó en una condecoración para otros. Jim Steinman se vanaglorió de ser un artista wagneriano y dejó una huella indeleble, para bien o para mal, en buena parte de la música popular que dominó las últimas décadas.

En mayo se realizó una retrospectiva de la música de Steinman -fallecido hace cinco años- en el London Coliseum, un escenario que alterna una programación de ópera, ballet y musicales. Con el apropiado título de Total Eclipse, el show hizo una amalgama entre la orquesta de la English National Opera y una banda de rock con varios cantantes para recorrer buena parte del repertorio del aparatoso compositor neoyorkino. Los himnos estuvieron a la orden del día: Bat out of hell, Rock and roll dreams come through, Holding out for a hero, It’s all coming back to me now, I’d do anything for love y, por cierto, Total eclipse of the heart. La lista fue tan grandilocuente como la puesta en escena, con la estética camp de chaquetas de cuero y motocicletas cromadas que abunda en la imaginería excesiva de Jim Steinman. En 2025 el West End londinense ya había tenido en cartelera el musical Bat out of hell: que se le siga homenajeando de esa forma dice bastante de un nombre que no era tan conocido por el gran público.

Jim Steinman se formó en la escena teatral de fines de los 60, donde cada obra debía ser una declaración de principios. Después de musicalizar una adaptación de Bertolt Brecht, Steinman se lanzó con un musical de rock llamado The dream engine, una epopeya distópica que fue vapuleada por su temática cruda y sus desnudos. Ahí aparecían esbozados todos los tópicos -y leitmotivs- que configurarían su obra futura: la juventud eterna, los amores condenados y la obsesión por el metal y los carburadores. Como Mad Max fusionado con Drácula y la Valkiria. Pianista expresivo y admirador del muro de sonido de Phil Spector, toda la música que creó aspiraba a sonar como arias de ópera con esteroides. Su sociedad más fructífera la formó con Meat Loaf, el fornido actor y cantante que terminó por encarnar esa épica kitsch y gótica de Steinman que cosechó tantos fanáticos como detractores.

No se puede rebatir su ojo comercial: toda su obra -entre discos, sencillos y adaptaciones- superó los 100 millones de copias en todo el mundo. Trabajó con divas como Barbra Streisand y Celine Dion y relanzó la carrera de Bonnie Tyler con Total eclipse of the heart, una canción que recicló de varias ideas anteriores. Ese era su sello de fábrica: siempre canibalizó su catálogo para reencarnarlo de distintas formas. El propio Andrew Lloyd Webber le ofreció escribir la letra del Fantasma de la ópera, pero Steinman la rechazó por falta de tiempo: se arrepentiría siempre de su decisión, aunque igual colaboraron más adelante.

El final de Jim Steinman fue tan wagneriano como su existencia: terminó solo, en una mansión que reconstruyó a imagen y semejanza, llena de discos de oro, calaveras, candelabros y fetiches. Un monumento al ego del “lord de los excesos”, un apodo burlón de la crítica que él adoptó con gusto y orgullo.

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