Amargo aniversario del Instituto Nacional
Desde luego la violencia ha sido un factor muy incidente en su declive, pero también cabe preguntarse si en la sociedad sigue existiendo una visión compartida sobre la esencia de lo que debería ser el Instituto.
El Instituto Nacional (IN) ha cumplido por estos días 213 años de vida, pero lejos de estar conmemorándose los grandes hitos que hicieron de este establecimiento el emblema de la educación pública -en sus aulas se formaron 18 presidentes de la República y más de 30 premios nacionales, y muchos de sus egresados llegaron a ser parte de la elite intelectual y empresarial del país-, lo que sobre todo ha destacado es el estupor e impotencia de varios de sus exalumnos por el grave deterioro que ha experimentado el Instituto en poco más de una década. En efecto, si por entonces el IN figuraba entre los diez establecimientos del país con mejores puntajes de acceso a la educación superior, en el proceso 2024 se ubicó en el lugar 303 del ranking, en tanto que los resultados del 2025 fueron aún peores, descendiendo al lugar 360. Decidor es que si hace algunos años por cada vacante que ofrecía el Instituto había sobre 30 postulantes, se han registrado períodos donde los cupos no se han logrado llenar.
La tragedia que vive el IN es también el reflejo del deterioro que ha experimentado la educación pública de excelencia, donde varios de los llamados liceos de excelencia han experimentado un preocupante declive. Con ello se ha ido perdiendo un factor de movilidad social fundamental, porque eran estos liceos los que justamente permitían que jóvenes de condición socioeconómica vulnerable accedieran a las mejores universidades y carreras altamente exigentes, atributos que al ir debilitándose inevitablemente perjudican las posibilidades de miles de familias y por cierto homogeniza cada vez más a nuestras elites.
No hay duda de que un factor determinante para explicar el declive del IN -y de otros liceos emblemáticos- ha sido el cuadro de violencia destructiva que con el paso del tiempo se ha ido agudizando. Los “overoles blancos” -que en el caso del IN aparecieron en 2017- han sido posiblemente símbolo más reconocible del vandalismo. Casos de profesores rociados con combustible, lanzamientos de molotov, agresiones a estudiantes y profesores, además de constantes tomas, han terminado por minar al IN, patrón que se repite en otros establecimientos. Ninguna salida será posible sin que se recupere el orden, la disciplina y el respeto por el profesorado. Los sectores que irresponsablemente alentaron las tomas y justificaron la violencia como forma legítima de expresión del descontento deben calibrar el enorme daño que ocasionaron a la educación pública, al quedar asociada a una imagen de violencia e inseguridad.
Ineludible resulta preguntarse también sobre los efectos que produjo la Ley de Inclusión, donde parece haber una relación estrecha en la pérdida o debilitamiento de sus mecanismos de selección con el declive en los resultados de las pruebas de selección, rompiendo ese ecosistema de excelencia que fue su característica.
Hay sin duda un anhelo por recuperar la excelencia del IN y de otros liceos emblemáticos, pero además de corregir aquellos aspectos que han dañado su calidad y prestigio, es también fundamental volver a preguntarse si existe una mirada común respecto de lo que debe ser la esencia del IN. No es claro que este consenso siga asentado, pues así como hay quienes estiman que ante todo debe ser un lugar de excelencia y por tanto selectivo, otros lo ven como espacio que debe privilegiar la masividad, incluso tolerando manifestaciones violentas como expresión política.
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