La tecnodiversidad: Una filosofía contra el apocalipsis

El filósofo chino Yuk Hui, que también es ingeniero informático, invoca la necesidad de imaginar nuevos tipos de tecnología. Porque sin diversidad tecnológica, asegura, tampoco será posible sostener la diversidad biológica ni la cultural.




A cada época le toca imaginar su propia versión del apocalipsis, y la nuestra podría resumirse así: la tecnología lo devorará todo. O, por lo menos, lo uniformará todo. La humanidad completa habitará una misma tecnosfera, para la cual serán indiferentes los distintos pasados y no podrá concebirse más que un solo futuro: un planeta tutelado por la inteligencia artificial y las bases de datos como herramientas de dominio geopolítico y competencia económica, y que no apostarían a preservar el medioambiente, sino más bien a sustituirlo.

En virtud de sus invitaciones a torcer ese destino, Yuk Hui, ingeniero informático y filósofo chino, ha sido llamado por la prensa internacional “el nuevo fenómeno del pensamiento global” o “la nueva superestrella del pensamiento”, entre otras chapas prominentes. Pero hay un detalle: sólo se lo ha presentado con esa pompa en medios argentinos y españoles, no así en otras latitudes. ¿La explicación? La buena estrella de la editorial argentina Caja Negra, que a fines de 2020 publicó el primer libro en castellano de Yuk Hui, Fragmentar el futuro, una compilación de artículos y conferencias recientes. Las traducciones de Caja Negra, siempre prolijas y bien divulgadas (hasta Cristina Fernández publicó una foto con su ejemplar de Yuk Hui sobre el escritorio), representan hace ya varios años una suerte de vanguardia continental en la difusión del pensamiento que busca imaginar lo inimaginable: alternativas al capitalismo global. Sus autores no suelen ser emblemas del pragmatismo, pero sí de la audacia para “pensar fuera de la caja”, expresión que, por lo mismo, jamás usarían.

Yuk Hui (1985) pertenece a esa estirpe y detenerse en él, por cierto, vale la pena. Hijo de chinos radicados en Hong Kong (donde creció y reside actualmente), ostenta un espíritu nómade y un perfil cosmopolita que incluye estudios en Hong Kong, Inglaterra y Francia, así como puestos académicos en universidades alemanas, rusas y chinas. Domina, naturalmente, una media docena de idiomas. Semejante visión panorámica, sumada a su doble condición de informático y filósofo, redunda en textos que discuten con Heidegger y Kant lo mismo que con emprendedores de Silicon Valley o antropólogos franceses volcados a repensar la relación entre lo humano y lo no humano.

Sólo a partir de esa plasticidad intelectual alguien podría plantear en los siguientes términos la tarea que nos impone el actual momento de la globalización: construir “una filosofía poseuropea para el Antropoceno”. Para el Antropoceno (la era geológica definida por el impacto humano), porque la transformación de la Tierra en un gigantesco sistema tecnológico obliga a pensar en una “ecología de las máquinas”. Y poseuropea porque la racionalidad científico-técnica que Occidente expandió por el mundo sería lo que hoy nos impide pensar en esa ecología.

Se entiende mejor todo esto, desde luego, explicado desde el principio.

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A primera vista, abogar por una ecología de las máquinas es rendirse demasiado pronto al dominio de los autómatas. En parte, cree Yuk Hui, porque nuestro sentido común -y el de muchos filósofos− aún no toma suficiente nota de lo que significó el paso de la mecánica a la cibernética. Las máquinas actuales, regidas por una causalidad circular y no lineal, son capaces de derivar sus propias reglas a partir de la experiencia, y esto quiere decir que lo orgánico y lo inorgánico se parecen más que antes. No son lo mismo, pero ya no hablamos de la diferencia entre un bosque y una locomotora, o entre el alma de un cristiano y el mecanismo de su reloj. Nuestro planeta, para resumir, será cada vez menos un entorno natural afectado por la tecnología y cada vez más un medioambiente constituido por la hibridación de naturaleza y tecnología en red.

Pensar una ecología de las máquinas, entonces, es pensar en maneras de sostener la diversidad en ese mundo por venir. Es decir, de evitar que la tendencia a la homogeneización de la tecnología actual nos arrastre a un futuro igualmente homogéneo. De ahí el título del libro: si nos interesa que el mundo no termine reducido a conjuntos de datos calculables, será preciso fragmentar el futuro, bifurcarlo, multiplicarlo, antes de que su unilateralidad sea irreversible. De ahí, también, el concepto central de la filosofía de Yuk Hui: tecnodiversidad. Es una vuelta de tuerca al concepto de biodiversidad, justamente para advertir que tarde o temprano será imposible sostener la diversidad biológica −ni la cultural, ni la política− si la tecnología es una sola. La diversidad será tecnológica o no será.

El problema es que Yuk Hui no se está refiriendo a que algunos usen Facebook y otros TikTok. Tecnodiversidad significa algo mucho más radical: que existan tecnologías no guiadas por la racionalidad técnica que alcanzó un estatus universal a partir de la colonización europea. Racionalidad que, según la célebre definición de Heidegger, concibe el mundo como “un stock de existencias disponibles”, y por lo tanto prioriza las formas de conocimiento orientadas a la producción: medir, dominar, utilizar. En otras palabras, un humanismo que subordina a los otros seres a sus propios fines e ignora “la necesidad de coexistencia”, y cuyos valores se propagaron por el mundo gracias a la tecnología, pero acabaron siendo reemplazados por ella: el proyecto ilustrado, sostiene Yuk Hui, ya sólo identifica el progreso con la aceleración tecnológica, a la vez que sólo concibe una tecnología con fines de utilidad, eficiencia y rentabilidad de corto plazo.

Es imposible, en un mundo así, apartarse de la competencia económica y geopolítica por el dominio de la inteligencia artificial. Ya lo dijo Putin: “Quien lidere en inteligencia artificial dominará el mundo”. Y no pocos en Occidente, impacientes ante la ductilidad del modelo chino, empiezan a entusiasmarse con “una utopía tecnocomercial despolitizada”, asumiendo que la fatigosa política democrática será superada “por la fantasía transhumanista de la superinteligencia”.

Podemos compartir esas preocupaciones, pero la idea de que otras racionalidades podrían dar lugar a nuevos tipos de “mentalidades tecnológicas” es, para qué negarlo, extraña. Esto es así, según Yuk Hui, porque “durante mucho tiempo hemos estado operando con un concepto de técnica muy estrecho”, como si la técnica occidental fuera intrínseca a la condición humana y no “el residuo de una especie particular de pensamiento”. Y hasta nos figuramos la historia universal según etapas de desarrollo que responden a esa premisa, lo que hace aún más difícil ver las cosas de otra manera.

El pensamiento técnico que nos permitió extender y liberar extremidades (inventar la rueda, tallar herramientas), así como externalizar nuestra memoria e imaginación (el dibujo, la escritura), sí podría considerarse universal, afirma el filósofo. Pero los “hechos técnicos” difieren entre regiones y culturas por razones que no obedecen sólo a la geografía, sino a “cosmologías particulares que van más allá de la funcionalidad o utilidad”. Dicho en breve, distintas formas de vida, diferentes maneras de pensar y de ordenar la experiencia han propiciado, a su vez, distintos modos de conocimiento y de sensibilidad hacia la materia y las formas, lo cual ha dado origen a maneras también diversas de “unificar el cosmos y lo moral por medio de actividades técnicas, pertenezcan estas al ámbito de los oficios o del arte”. No habría entonces la técnica, sino una variedad de cosmotécnicas que han poblado la historia humana.

Quienes pensamos como occidentales necesitamos ejemplos para entender la diferencia. Recurriendo al caso que conoce mejor, Yuk Hui cita una típica pregunta occidental: ¿Por qué la ciencia y tecnología modernas nunca surgieron en China, que aventajó por mucho tiempo a Europa en este tipo de desarrollo? Pregunta que nace de la incomprensión, responde el autor, de que la ciencia y tecnología chinas -las tradicionales− “se basan en filosofías y epistemologías diferentes” de las occidentales.

La explicación de esas diferencias es de lenta asimilación e imposible de resumir acá. La cuestión apunta, en todo caso, a distinguir dos maneras de entender la relación entre el yo y el cosmos: desde la perspectiva del sujeto moral (el pensamiento chino) o del sujeto de conocimiento (el occidental). Si este último quiere entender el mundo mediante la disección analítica de lo que perciben sus cinco sentidos, el sujeto moral busca algo así como inteligir el sentido que gobierna la interconexión de las cosas, para adecuarse él mismo a ese orden unificado y no para conocerlo con miras a modificarlo.

Yuk Hui admite, sin embargo, que esos fundamentos fueron desintegrados por la cosmotécnica europea a partir de la derrota china en las Guerras del Opio, y que hoy las grandes tradiciones del pensamiento oriental −el confucianismo, el taoísmo y el budismo− “se descubren ya ineficaces ante un mundo tecnológico que aliena sus propias creaciones”.

Aun así, no todo está perdido. Redescubrir esa variedad de cosmotécnicas semienterradas en la historia, aventura el autor, podría ser “un camino preparatorio para poder rearticular el concepto de técnica”. Una fuente de insumos cosmológicos, si se quiere, para “trascender el límite de la pura racionalidad” y volver a vincular la inteligencia con sus soportes simbólicos. Por eso propone como desafío para todas las culturas no europeas -incluida la mapuche, en el prólogo para la edición en castellano− preguntarse si son capaces de identificar un pensamiento tecnológico que les sea propio, y si acaso ese pensamiento puede contribuir a la imaginación de nuevos futuros tecnológicos que “abran paso a nuevas formas de vida social, política y estética”. Él mismo, por ejemplo, participó hace algunos años en el diseño experimental de una red social basada en grupos y no en individuos.

El ingeniero separa aguas, eso sí, con “los intelectuales de izquierda que sienten la necesidad de exaltar ontologías o biologías indígenas como una escapatoria de la modernidad”. Tampoco quiere alentar “retornos al nacionalismo, esencialismo cultural o etnofuturismo”. Su reivindicación de lo local, antes que remarcar identidades, quiere rescatar los sistemas de conocimiento situados en un espacio, como contrapeso a una tecnología que homologa territorios a la velocidad de la luz -lo que ella quiere es globalizarse− y sólo los reconoce como fuente de recursos naturales. Nada tiene que ver esto -todo hay que aclararlo− con un repliegue en la naturaleza que rechace la tecnología moderna por pecaminosa, actitud que “sólo conduce a la insensatez o la hipocresía”. Oponer naturaleza y cultura: ya lo hizo el humanismo moderno y el resultado, se supone, no nos está gustando.

Sin embargo, aun cuando Yuk Hui deslinde su propuesta de tendencias políticas regresivas, sostener que los valores ilustrados quedaron reducidos a un programa de eficiencia tecnológica parece un juicio precipitado y, sobre todo, de poco espesor político. Todavía no está claro, ni mucho menos, cuánto terreno podemos quitarle a la razón ilustrada antes de debilitar ideales como la democracia, el Estado de Derecho o la justicia social, que imponen una organización abstracta y tecnificada de la sociedad. A modo de ejemplo, Yuk Hui confía en la “solidaridad concreta” que podría emerger de tecnologías colaborativas a una escala transnacional, en desmedro de la “solidaridad abstracta” mediada por los Estados-nación y que no estaría funcionando. Por ahora nos quedamos con el modelo analógico.

Por cierto, imaginar la convivencia entre “múltiples localidades” capaces de inventar “su propio pensamiento y futuro tecnológicos” plantea un sinfín de problemas prácticos que Yuk Hui hace bien en dejar para otro momento. Lo que se echa de menos es una reflexión más detenida para dilucidar por qué la racionalidad occidental “redujo el pensamiento no occidental a un mero pasatiempo”. Atribuirlo al poder económico y militar europeo −como hace el filósofo− es más bien una tautología, porque ese poder no fue una contingencia azarosa, sino el resultado mismo del pensamiento técnico. La gran pregunta, entonces, parece ser: ¿Pudo ser otra la historia, o una vez que esta forma de pensamiento surgiera en algún lugar del planeta era inevitable que acabara absorbiendo a las demás? Esto merece al menos un intento de respuesta si lo que se quiere es revertir el fenómeno. Hasta podría llevarnos a la conclusión de que las cosmotécnicas alternativas sólo podrán resistírsele a la occidental si esta última quiere que así sea, en cuyo caso no buscamos una nueva fragmentación, sino una nueva armonía. Un orientalismo posasiático para el Antropoceno.

Ninguna objeción, como se ve, le quita a Yuk Hui el crédito de haber abierto un campo de pensamiento original. Tampoco se jacta de mucho más: “Todo esto todavía tiene que ser pensado y sólo resulta posible si se lleva a cabo colectivamente”. Quizás lo único seguro es que cuando nadie se haga estas preguntas será porque el “apocalipsis” al que teme Yuk Hui habrá llegado. La prueba estará en que no nos daremos cuenta.

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