Hipertensión antes de los 30: la enfermedad silenciosa que cada vez afecta a más jóvenes
El exceso de peso, el sedentarismo, la mala alimentación, el estrés y el consumo de estimulantes están adelantando la aparición de una enfermedad que antes se asociaba principalmente a personas mayores o a una predisposición genética. El problema es que en las personas jóvenes no presenta síntomas, lo que genera un daño silencioso. Según cifras del Ministerio de Salud, en Chile esta condición resta casi ocho años de vida saludable -ya sea por muerte prematura o discapacidad- a quienes la padecen y no inician tratamiento.
Con 29 años recién cumplidos, Luciano Jofré nunca pensó que el último verano le iba a cambiar la vida. Había terminado con éxito un nuevo año de la carrera de Psicología; también había sufrido el término de una relación de varios años. Por eso, decidió “pasarlo bien” durante las vacaciones, pero en su cabeza jamás se imaginó que los problemas cardíacos iban a estar tan cerca de él.
Tras una semana de descanso en Lican Ray, que incluyó consumo de alcohol y marihuana, al llegar a su casa comenzó a sentir latidos irregulares y un dolor en el pecho que fue aumentando durante horas.
En medio de la noche, no resistió más. Cuando llegó a urgencias, los médicos le informaron algo que jamás imaginó escuchar a su edad: había sufrido un infarto que afectó a cerca del 40% de una arteria coronaria.
Aunque el caso de Luciano es extremo, refleja una realidad que preocupa a los especialistas: los problemas cardiovasculares ya no son exclusivos de los adultos mayores. Es más: advierten que los factores de riesgo cardiovascular están apareciendo cada vez más temprano, especialmente la hipertensión arterial.
Factores hereditarios + mala nutrición: una mezcla peligrosa
El Ministerio de Salud define la hipertensión arterial como una enfermedad crónica, es decir, que puede controlarse, pero no tiene cura. Ocurre cuando la fuerza con la que la sangre corre a través de las paredes de las arterias es constantemente alta. En Chile, esta condición resta, en promedio, casi ocho años de vida saludable -ya sea por muerte prematura o discapacidad- a quienes la padecen y no inician tratamiento.
Las razones de por qué ocurre esto son multifactoriales, pero se sabe que una mala alimentación y el sobrepeso influyen de manera crucial. Los alimentos ricos en grasas generan “placas” de colesterol que estrechan las arterias, mientras que un exceso de peso corporal obliga al corazón a bombear la sangre con más fuerza para poder llegar a todo el organismo.
El parámetro actual de diagnóstico habla de hipertensión cuando la medición muestra resultados constantes iguales o superiores a 140 (sistólica)/90 (diastólica) mmHg, aunque un valor de 130/80 repetido en el tiempo ya debiera generar una alarma.
En Chile no hay una Encuesta Nacional de Salud reciente que permita afirmar con precisión cuánto ha aumentado la hipertensión en menores de 30, dice el doctor Felipe Díaz-Toro, miembro del Instituto de Investigación de Cuidados en Salud de la Universidad Andrés Bello (UNAB).
“Lo que sí sabemos es que la hipertensión nacional sigue siendo alta: hay una prevalencia cercana al 27% en adultos, y en la Encuesta Nacional de Salud 2016–2017 la sospecha de hipertensión fue de 0,7% entre 15–24 años y 10,6% entre 25–44 años”, aclara.
Lo preocupante, a ojos del doctor Díaz-Toro, es que los factores que empujan la hipertensión “están muy presentes en la población joven”.
Si hace unas décadas se buscaban causas secundarias como enfermedades renales, alteraciones hormonales o antecedentes familiares, el académico de la UNAB enfatiza que, si bien esos antecedentes siguen siendo útiles y deben descartarse, la hipertensión aparece cada vez más asociada a factores modificables asociados al estilo de vida.
La doctora Bárbara Descalzi, nutrióloga de Clínica MEDS, explica que un patrón alimentario rico en grasas poco saludables y carbohidratos refinados, que favorece sobrepeso/obesidad e inflamación crónica, es un escenario estrechamente vinculado con dicha enfermedad.
Descalzi puntualiza que la predisposición genética sigue siendo relevante, pero hoy la expresión de ella depende en gran medida del entorno y los hábitos. “Una dieta y un estilo de vida saludables pueden retrasar o prevenir la aparición de hipertensión incluso en personas con riesgo familiar, mientras que una alimentación hipercalórica alta en grasas puede provocar hipertensión en individuos sin antecedentes”, plantea.
Una generación sedentaria
Uno de los cambios más notorios de las últimas décadas es la reducción de la actividad física cotidiana entre los jóvenes. Lo cierto es que una buena parte del tiempo libre de las nuevas generaciones se concentra en las pantallas.
Además, como señala el doctor Mauricio Soto, director de programa de subespecialidad en cardiología de la Universidad de la Frontera, cuando empieza la etapa de estudios superiores o de trabajo, muchas personas jóvenes dejan de lado el deporte que practicaban en la edad escolar y adoptan rutinas sedentarias.
“Con el tiempo, la falta de movimiento acelera el desgaste de la elasticidad de las arterias”
Pasar gran parte del día sentado dificulta que los vasos sanguíneos regulen adecuadamente el flujo de sangre, lo que también altera la forma en que el cuerpo maneja las grasas y el azúcar.
Lo relevante para el médico es que este daño puede aparecer incluso en personas que hacen algo de ejercicio al final del día, pero pasan la mayor parte de la jornada sin moverse.
El especialista enumera síntomas concretos que debieran preocupar a cualquier persona menor de 40 años: sentir un cansancio exagerado ante esfuerzos pequeños, como subir un par de pisos por escalera; notar que el corazón se acelera demasiado en reposo; tardar mucho en recuperar el pulso después de caminar rápido unos minutos. Todas esas pueden ser señales tempranas de que las arterias y el sistema cardiovascular están siendo afectados por el estilo de vida.
La alimentación que dispara el riesgo
Los hábitos alimentarios son una de las explicaciones fundamentales para este aumento de casos de hipertensión sub-30. El doctor Felipe Díaz-Toro, investigador de la UNAB, recuerda que en adolescentes chilenos ya se han reportado cifras relevantes de exceso de peso: un 27,6% presenta sobrepeso y un 13,2% obesidad.
La presencia de los alimentos procesados tiene un factor en la incidencia de la presión arterial elevada en este rango etario. La nutrióloga, Bárbara Descalzi señala que distintos estudios poblacionales y de cohorte muestran esa asociación.
Un alto contenido de sodio; grasas saturadas y trans; azúcares añadidos, que promueven obesidad y resistencia a la insulina; aumento de la inflamación sistémica y alteraciones del microbioma intestinal, más la presencia de aditivos o subproductos industriales que pueden dañar el endotelio y la regulación vascular, son un patrón alimentario que incrementa “de forma directa como indirecta” la probabilidad de desarrollar hipertensión en jóvenes.
En los últimos años, también ha aumentado el consumo de bebidas energéticas entre adolescentes y adultos jóvenes, las cuales contienen altas cantidades de cafeína y otros estimulantes que pueden aumentar la frecuencia cardíaca y elevar la presión arterial.
En la mayoría de las personas sanas, señalan los entrevistados, un consumo ocasional no genera problemas importantes, pero si es frecuente o excesivo puede favorecer palpitaciones, insomnio y aumento de la tensión arterial.
La preocupación es mayor por estas bebidas cuando se consumen antes de realizar ejercicio intenso o se mezclan con alcohol, ya que esto puede aumentar el estrés sobre el sistema cardiovascular. Por ello, se recomienda moderar su consumo, especialmente en adolescentes, personas con hipertensión o con antecedentes de enfermedades cardíacas.
El riesgo de convivir décadas con la enfermedad
Uno de los principales problemas de la hipertensión en personas jóvenes es que suele pasar desapercibida: no provoca ni dolores de cabeza, ni mareos, ni otras molestias, como sí ocurre cuando se presenta en personas mayores. A diferencia de otras enfermedades, puede desarrollarse durante años sin síntomas evidentes, mientras daña silenciosamente el sistema cardiovascular.
“El riesgo no está solamente en los niveles de presión arterial, sino también en el tiempo de exposición. Una persona hipertensa desde los 25 años puede acumular décadas de daño vascular”
Las consecuencias pueden manifestarse mucho tiempo después del diagnóstico inicial. Entre ellas se encuentran un mayor riesgo de infarto al miocardio y de accidente cerebrovascular; insuficiencia cardíaca, deterioro de la función renal e incluso una reducción de la calidad de vida asociada a enfermedades cardiovasculares crónicas.
Por ello, el especialista insiste en que la hipertensión no debe normalizarse por el solo hecho de aparecer en personas jóvenes o presentar cifras moderadamente elevadas. “No hay que pensar que porque alguien tiene 25 o 30 años está protegido. Mientras antes aparezca la hipertensión, más años tendrá el organismo para acumular daño si no se controla adecuadamente”, sostiene.
En ese contexto, los expertos coinciden en que la prevención sigue siendo la herramienta más efectiva: controlar el peso, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física regularmente, evitar el tabaquismo, moderar el consumo de alcohol y realizar controles médicos periódicos pueden marcar una diferencia significativa en el riesgo cardiovascular futuro.
Además de promover hábitos saludables, los médicos recomiendan incorporar controles preventivos desde edades tempranas, especialmente en personas con antecedentes familiares, exceso de peso, sedentarismo o consumo frecuente de alcohol y otras sustancias.
Luciano Jofré aprendió esa lección de la forma más dura. Tras el infarto que sufrió el verano pasado, modificó hábitos que antes consideraba normales. Volvió a entrenar, retomó sus actividades cotidianas y hoy lleva una vida prácticamente normal, pero con una mirada distinta sobre su salud. El alcohol, la marihuana e incluso la cafeína pasaron a ocupar un lugar mucho más moderado en su vida.
“Ya no puedo estar a disposición de cualquier tipo de sustancia, porque sé perfectamente que muchas drogas causan arritmias y estragos en el corazón”.
Aunque reconoce que su corazón nunca volverá a ser exactamente el mismo, asegura que la experiencia le dejó una enseñanza que intenta aplicar todos los días: “Aprendí a vivir cuidando el corazón”. Una advertencia que, según los especialistas, cada vez más jóvenes deberían escuchar antes de que aparezcan las alertas.
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