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Una Odisea para cada época

"Los clásicos sobreviven por eso. No porque cada generación los repita, sino porque los vuelve a imaginar para resignificarlos. Y de esta forma, Homero sigue allí", dice María Gabriela Huidobro, académica de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello.

Desde que Christopher Nolan anunció la producción cinematográfica de La Odisea, las preguntas y prejuicios giraron en torno a cuán fiel resultaría su versión respecto al poema de Homero.

Luego de su estreno, los análisis también han girado, en parte, sobre la base de la misma cuestión. La tendencia es comprensible, pero algo mañosa. Existe una tendencia —propia de historiadores y filólogos— a convertir la comparación en una búsqueda de errores y omisiones. Pero ninguna película pretende reproducir literalmente su fuente, menos cuando esta no es una crónica histórica, sino un poema épico que ha sobrevivido como un clásico. Y la grandeza de los clásicos no reside en exigir reproducciones literales, sino en permitir nuevas lecturas sin perder identidad.

Jorge Luis Borges lo expresó de forma magistral: “Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

Y esa “misteriosa lealtad” no implica inmovilidad. Al contrario, supone que cada época vuelve a estos relatos porque halla en ellos preguntas transversalmente humanas desde nuevas inquietudes.

En este sentido, el poema y la película comparten tramas, personajes y motivos —el regreso, la identidad, la nostalgia, el amor, la pérdida—, pero se reorganizan desde sensibilidades particulares.

Tal vez uno de los cambios más evidentes es el sentido de lo bélico. En Homero, la guerra de Troya constituía el pasado heroico que daba sentido al viaje y establecía los parámetros del heroísmo. En Nolan, su horror adquiere protagonismo. Odiseo aparece marcado por la violencia y la culpa, como un hombre que carga las cicatrices del combate y que purga sus crímenes en un viaje que resulta en un peregrinaje expiatorio. Es difícil no leer allí una resonancia con un presente atravesado por conflictos armados que han vuelto a instalar la guerra como la experiencia cotidiana del horror.

La representación del amor también cambia. En el poema, las relaciones amorosas que el héroe entabla con Circe y Calipso no disminuyen el valor del matrimonio que lo espera en Ítaca. Esa lógica responde a un universo moral diferente del nuestro. Hoy, difícilmente el público habría aceptado que el protagonista mantuviera su condición de esposo ejemplar después de años de convivencia amorosa con otras mujeres. La película atenúa o elimina esas relaciones porque dialoga con expectativas contemporáneas sobre la fidelidad y el compromiso.

Algo similar ocurre con lo sobrenatural. En Homero, Atenea protege, aconseja y modifica el destino de los hombres. Los dioses son actores del relato. En la película, en cambio, Atenea funciona más como una voz interior, una conciencia que acompaña al héroe, reflejando un imaginario moderno que privilegia la agencia humana y no entendería a cabalidad la intervención divina.

Hay ausencias que sorprenden más, como el célebre diálogo con Polifemo, donde el ingenio de Odiseo alcanza una de sus mayores expresiones en la versión homérica. Esto podría responder a otra diferencia de fondo: el héroe de Nolan no está para exhibir la excelencia aristocrática -la areté propia del héroe homérico-, sino para mostrarse vulnerable, imperfecto y en busca de redención. Nuestra época desconfía de los héroes impecables.

Y, sin embargo, otras escenas permanecen casi intactas. Argos, el perro que reconoce a su amo antes de morir, conserva la misma fuerza emocional de hace casi tres mil años. Tal vez porque hay afectos que no necesitan traducción o porque, en una sociedad que ha incorporado a los animales como parte de la familia, ese episodio encuentra eco inmediato.

Los clásicos sobreviven por eso. No porque cada generación los repita, sino porque los vuelve a imaginar para resignificarlos. Y de esta forma, Homero sigue allí. A fin de cuentas, la Odisea que leemos o vemos es esa que, de uno u otra forma, habla también sobre nosotros.

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