Roberto Merino: “Esa épica post Revolución Francesa es un sueño incubado en la izquierda, que vio algo de eso en el estallido social”
El poeta y cronista publica Ciudad del olvido, un conjunto de ensayos en torno a la historia, los hitos, los barrios, las transformaciones y la literatura de Santiago. Aquí habla de la fragilidad de la memoria, la violencia urbana y la estetización del estallido social.
En el filme Medianoche en París, de Woody Allen, el protagonista sale a caminar por la ciudad y se pierde entre sus callejuelas antiguas. Sin darse cuenta, atraviesa un umbral temporal: llega a una fiesta de los años 20 y se topa con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Gertrude Stein. De algún modo, el nuevo libro de Roberto Merino abre también un umbral temporal: el lector se interna por sus páginas y de pronto se encuentra en una fiesta de disfraces en una de las mansiones afrancesadas de inicios del siglo XX, o salta de página y va a dar a una tertulia en el Barrio Yungay, con Augusto D’Halmar y Joaquín Edwards Bello.
La historia, la vida urbana y la literatura se encuentran en Ciudad del olvido, el libro más reciente del poeta y cronista. El volumen se suma a la reedición de las crónicas de Todo Santiago, pero este conjunto publicado por el sello Random House reúne textos de mayor ambición y calado. Son nueve ensayos que exploran en el pasado, en los hitos, en los barrios y las mutaciones de la ciudad. En su escritura elegante y atenta se funden la memoria, el archivo, la observación del cronista y la autobiografía
Nacido y criado en una casona del barrio San Isidro, Merino escribió su primera crónica en torno a Santiago a los 13 años. Era mediados de los años 70, y por las calles se corría un maratón.
—Un chileno se escapó del grupo y empezó a seguirlo una choclada de ciclistas. Lo mostraban por televisión. Pasaron relativamente cerca de mi casa y pensé: “¿Por qué no?”. Agarré la bicicleta y me fui detrás de ellos. Lo pasé tan bien esa tarde que sentí la necesidad de escribir sobre eso.
Aún recuerda la sensación de aventura: “La gente aplaudía desde los balcones. Entramos al Estadio Nacional y yo subí a las graderías con mi bicicleta. En un momento, un corredor se desmayó. Era primavera, había un día muy bonito. Fue una experiencia muy rara en plena dictadura”.
Más tarde conoció la ciudad caminando. Una actividad que su abuelo y su padre cultivaban.
—Mi abuelo me contaba que cuando era joven caminaba 40 cuadras como si nada. Yo era niño y me impresionaba esa cifra. Mi padre también recomendaba caminar. Decía que uno podía entretenerse simplemente mirando cómo alguien se comía un sándwich o cómo se desenvolvía la vida cotidiana cerca de Estación Central. Creo que él realmente disfrutaba haciendo eso. Además, era una actividad completamente gratuita. A mí esa idea me hizo sentido más adelante.
En los 80 solía hacer largas caminatas con sus amigos. “Todos conversábamos caminando. Era una época de mucha pobreza, de muchas restricciones económicas, así que caminar era también una forma de vivir”.
El título del libro nació de uno de los ensayos y fue una propuesta de los editores. A Merino le hizo sentido: le parecía que podía hablar no solo de la ciudad.
—Todos tenemos vínculos permanentes con la memoria y con el olvido. Santiago cambia muy rápido y es muy fácil olvidar lo que había antes. Pero tampoco sé hasta qué punto hay que lamentarlo siempre. Lo que sí me parece angustiante es pensar que un arquitecto puede levantar un edificio maravilloso sabiendo que probablemente desaparecerá. Si un compositor escribe una sinfonía, existe una idea de perdurabilidad. En cambio, un edificio, incluso uno extraordinario, está destinado a desaparecer. Eso siempre me ha parecido muy raro.
¿A Santiago le ha faltado una mayor vocación de conservación?
Sí, pero creo que eso está cambiando. Se está instalando una conciencia que puede favorecer la conservación. El problema es lo que dice Poduje: aparece un cuesco de durazno y se detienen las obras. Realmente no sé cómo lo han resuelto en Italia. Allá, cada vez que encuentran restos romanos, tienen que compatibilizar el pasado con la ciudad que sigue creciendo. Pero sí tengo la impresión de que hoy existe una mejor disposición hacia ese pasado.
¿Será efecto del Día del Patrimonio?
En parte, sí. Cuando apareció el Día del Patrimonio fue sorprendente la cantidad de gente que participó. Hasta entonces uno podía pensar que había pura indiferencia hacia el pasado, pero no era así. Quizás esa celebración ayudó a focalizar un interés que ya existía. Cuando uno es chico vive en una especie de ignorancia. Incluso, puede llegar a avergonzarse de las casas antiguas. Uno cree que lo moderno, lo nuevo, es automáticamente mejor. Hoy, en cambio, veo arquitectos jóvenes comprando departamentos antiguos en el centro para restaurarlos. En TikTok muestran edificios increíbles, con interiores que uno jamás imaginaría: construcciones de fines del siglo XIX, realmente muy lindas.
Había un esplendor, sí (en la Belle Époque chilena), pero coexistía con una pobreza extrema. La parte más dura comenzaba hacia el sur, por el sector del Zanjón de la Aguada, y también en La Chimba, hacia San Pablo y el río.
Durante un tiempo existió la idea de que Santiago era una ciudad poco atractiva. Sin embargo, en el libro recuerda que tuvo un verdadero esplendor, sobre todo durante la Belle Époque.
Eso depende de la sensibilidad con que uno mire la ciudad. Hay personas más preocupadas de la cuestión social que podrían decirte: “¿De qué esplendor me estás hablando? Si existía una miseria enorme”. Y tienen razón. Había un esplendor, sí, pero coexistía con una pobreza extrema. La parte más dura comenzaba hacia el sur, por el sector del Zanjón de la Aguada, y también en La Chimba, hacia San Pablo y el río. Había poblaciones miserables, terrenos arrendados sin ningún servicio, sin condiciones higiénicas. La delincuencia era brutal. Las muertes por acuchillamiento eran frecuentes.
Esa tensión irrumpe con fuerza, por ejemplo, durante la huelga de la carne, en 1905.
Claro. Ahora, la huelga de la carne no surgió de la nada. A fines del siglo XIX ya hubo manifestaciones violentas. Habría que meterse en los archivos y buscar esos episodios pequeños que, de pronto, iluminan procesos más grandes. A mí me pasó una vez revisando documentos. Encontré una noticia sobre un incendio anterior al gran incendio de la Iglesia de la Compañía. Unos alumnos del Instituto Nacional lanzaron una lechuza encendida con combustible. El pájaro fue a refugiarse en el campanario de la iglesia. Ese tipo de datos son extraordinarios. Uno los guarda y, tarde o temprano, terminan conectándose con otras historias.
Si pensamos en un referente reciente, como el estallido social, pareciera que la violencia tiene antecedentes antiguos en Santiago.
Claro. No sé si todavía ocurre, pero hace 20 años aún apedreaban los trenes cuando salían de Santiago. A los pioneros del ciclismo también los apedreaban. Cuando instalaron la iluminación a gas, Juan de Urmeneta tenía como uno de sus principales problemas que le destruían los faroles. Yo sospecho que si uno sigue revisando esos archivos antiguos, va a encontrar muchos más episodios de ese tipo: ataques contra aquello que todavía no se percibe como propio. Ahí hay una brecha.
En los antiguos cánones de sociabilidad chilena, lo que ocurrió durante el estallido habría sido considerado de una gravedad enorme. Durante la Unidad Popular, por mucho menos quedaba un escándalo.
Merino recuerda un episodio de los años 70: “Una prima llegó muy impresionada porque algunos manifestantes habían roto los grandes ventanales del edificio de la Unctad. En esa época eso resultaba muy chocante. Había violencia en las calles, pero no era habitual atacar los edificios o el mobiliario urbano. Había barricadas, peleas entre grupos rivales, pero yo no recuerdo que destruyeran por destruir. Yo viví ese período muy de cerca, porque estudiaba en el Instituto Nacional. Siempre estaba atento a lo que pasaba. Todos los días parecía ocurrir algo”.
En las protestas de los años 80 tampoco hubo agresiones tan fuertes contra el espacio público.
Exactamente. Lo que uno veía eran protestas contra la dictadura. En cambio, durante el estallido aparecieron escenas completamente distintas. Me acuerdo de un tipo que entraba a patadas a un Redbanc y empezaba a destruir la caja con total impunidad. Eso, en 1983 o 1984, era inconcebible. Yo creo que los propios manifestantes lo habrían detenido. Había ciertos límites. Es una cuestión bien rara.
Han pasado varios años desde el estallido y sigue siendo un fenómeno difícil de explicar.
Sí. En los antiguos cánones de sociabilidad chilena, lo que ocurrió durante el estallido habría sido considerado de una gravedad enorme. Durante la Unidad Popular, por mucho menos quedaba un escándalo. La gente se indignaba. Existía una condena frente a ciertos excesos, incluso cuando no intervenían los tribunales. En cambio, durante el estallido apareció otra manera de hablar. Se empezaron a usar expresiones que minimizaban lo ocurrido: “Estás exagerando, no pasa nada, los de la primera línea son todos estudiantes universitarios”. Eso es lo que yo llamaría atenuaciones alevosas. No eran atenuaciones inocentes.
¿Se intentaba justificar la violencia?
Sí. Cuando ocurrió el golpe militar también existía algo parecido. Uno empezaba a enterarse de que habían matado a alguien y siempre aparecía quien decía: “Bueno... algo habrá hecho”. Es el mismo mecanismo. Durante el estallido hubo un acomodo de gente del mundo intelectual. Yo tengo una teoría: creo que esa pintura post Revolución Francesa, esa épica, es un sueño incubado en la izquierda, que vio algo de eso en el estallido, porque se trató de construir esa imagen heroica.
El cronista recuerda “una foto de Plaza Italia, con el crepúsculo detrás y unos huevones como si fueran héroes de algo. Y era simplemente destrucción del mobiliario urbano. Hubo un intento de estetizar el estallido. Recuerdo, por ejemplo, una foto muy celebrada de una niña bailando ballet frente a una tanqueta. Una huevá kitsch. Y era el extremo de la libertad. O sea, en una revolución de verdad anda a bailar ballet delante de la represión”.
La ciudad escrita
De Av. República y sus casonas, hoy ocupadas por universidades, al barrio Lastarria y su agitación comercial; de la inauguración del Club Hípico al fastuoso Palacio Concha Cazotte en la Alameda, con jardines de fantasía y una laguna con cisnes; de la transformación del cerro Santa Lucía y la Quinta Normal en parques urbanos a los viejos cines de barrio, la movida contracultural de los 80 y la Plaza del Mulato. En un sentido, el tiempo es uno de los protagonistas del libro.
Con una ingente documentación de memorias, cartas y obras narrativas, Merino refleja también cómo la literatura ha fundado una ciudad imaginaria: desde Martín Rivas, que tiene una escena decisiva junto a la plaza contigua a la Biblioteca Nacional, hasta la generación del 50. José Donoso, Enrique Lihn, Jorge Edwards y Enrique Lafourcade hicieron de Santiago un escenario de sus encuentros y sus ficciones.
¿Hay un Santiago literario?
Absolutamente. Ahora, estamos hablando de dos planos de representación distintos. No sé si uno podría esperar una relación documental entre la ciudad y la narrativa. Yo creo que no. Pero es emocionante cuando la realidad y la literatura se interconectan. Es un poco lo que pasaba en esa película de Woody Allen. Hay momentos casi epifánicos en que las fronteras dejan de ser tan drásticas.
Merino recuerda una escena de su niñez. Estaba en Eliodoro Yáñez con su papá y se detuvieron en una plaza donde había una fuente de soda solitaria. “Después, leyendo cuentos de Donoso, pensé que ese lugar era exactamente de ese mundo. Yo no sé si se pueden separar tan tajantemente esas categorías: el mundo representado en una novela o en un cuento y el mundo que uno vive directamente. Quizás por eso emociona tanto cuando uno descubre trazos de una cosa en la otra”.
Tal vez las mayores sorpresas que ha vivido Merino en torno a la ciudad son las más pequeñas y personales. Recuerda que de niño su padre le hablaba de una vecina loca que les disparaba a los gatos. Él la veía a veces y le tenía miedo. Muchos años después, leyendo una entrevista a Luis Poirot, que vivía en el barrio, se enteró de que era el hermano del fotógrafo el que les disparaba a los gatos. “Él decía: ‘Mi hermano era muy raro, les disparaba a los gatos’. Huevón, ¡la historia se corrigió mucho años después!”.
¿Cree que Santiago tiene una identidad?
Fíjate que no sé. Yo tengo una teoría: la teoría del espesor. Se va instalando un espesor cultural en la medida en que las cosas que uno hace se relacionan con las que está haciendo otro, aunque sea a mediana distancia. Piensa, por ejemplo, en la generación del 50. Hay una serie de vínculos. Hay barrios compartidos: el Parque Forestal, Ñuñoa, Providencia. Hay experiencias comunes de una juventud determinada. Ellos instalaron algo. Entonces, hablar de la generación del 50 también es hablar de ciertos barrios.
¿Ha vuelto a recorrer el centro?
Poco. Después del estallido fui un par de veces. No sé, ya no me resulta necesario.
¿La ciudad ha comenzado a recuperarse después del estallido?
No sé. Me desconecté un poco. Tengo un proyecto de escritura todavía en curso, y si uno está demasiado informado, demasiado lleno de datos, de repente eso juega en contra. Entonces, llega un momento en que uno pone una raya, un límite arbitrario, y dice: “Hasta aquí llego. No quiero enterarme de más cosas”. El exceso de información puede perjudicar el proceso literario.
¿Cambió su experiencia de la ciudad?
Sí, claro. Ahora estoy muy refugiado. Entre los cafés, mi pieza y la universidad. No cambio mucho de circuito.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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