Columna de Ernesto Ottone: Plebiscito de salida



La práctica referendaria o plebiscitaria tiene un sentido complementario y positivo en la democracia moderna cuando se refiere a la toma de decisiones muy relevantes para el futuro del país.

Cuando se ocupa de manera muy frecuente o casi continua para asuntos poco relevantes termina convirtiéndose en una suerte de asambleísmo directo, manipulado las más de las veces por un poder autoritario que debilita la vida democrática y termina reflejando impulsos momentáneos o estados de ánimo pasajeros, porque la reflexividad se reemplaza por respuestas binarias incapaces de atrapar la complejidad de la construcción política.

Quizás las única excepción, por razones culturales e históricas muy particulares, es el caso de Suiza.

En el caso del plebiscito de salida para aprobar el proyecto que presentará la Convención Constitucional en Chile, nos encontramos, sin duda, en el primer caso, es decir en el de las decisiones muy importantes para la vida futura del país.

Ello ha adquirido una importancia aun mayor de lo esperado, porque el transcurso entre el plebiscito de entrada y el de salida no se ha caracterizado por una estabilización y el retorno a la serenidad en la convivencia democrática, tampoco en el regreso a una normalidad en las condiciones materiales de existencia de los chilenos ni de un mejoramiento del entorno económico y político internacional.

Por el contrario, el mundo que nos rodea vive tiempos aciagos, no solo la pandemia no termina de concluir, sino que la situación geopolítica es grave y dolorosa.

La invasión rusa a Ucrania ha devenido en un conflicto largo y cruel que ha cambiado las coordenadas políticas en Europa. La heroica resistencia de los ucranianos se enfrenta a un Putin fuera de sus cabales, lo que aleja el fin de la destrucción. La economía mundial ha debido rebajar sus expectativas y es muy posible que otros focos de violencia estallen en distintos lugares; fenómenos como la carestía provocada por la inflación nos están afectando y nos afectarán en el futuro.

Aun cuando sigue siendo temprano para emitir juicios definitivos sobre el actual gobierno, es claro que sus primeros pasos no invitan, desgraciadamente, a hacerse grandes ilusiones.

Más allá de los errores comprensibles por la falta de experiencia del nuevo grupo dirigente, que las inclusiones de personas con mayor rodaje no alcanza a ocultar, se nota en él una penosa ausencia de cultura de gobierno que los hace contradecirse, paralizarse, avanzar y retroceder y finalmente desproteger el bien público en nombre de convicciones e ideologismos partisanos que generan confusión y son aprovechados por aquellos sectores identitarios o políticos partidarios de la violencia para dejar al gobierno en la peor situación en política: el ridículo.

Los tiempos de adquirir un mayor aplomo se acortan, porque las cifras económicas y sociales no acompañan y tienden a deteriorarse. La reciente cuenta pública del Presidente va en lo grueso en esa dirección, ojalá esas palabras sean seguidas por la acción.

En el plebiscito de entrada se produjo una abrumadora mayoría por una nueva Constitución. Si no consideramos para efecto de nuestro análisis aquel 20% que no estuvo de acuerdo, al interior del 80% que aprobó, una parte no menor, a juzgar por las encuestas, está descontenta con la dinámica del proceso constitucional y son críticos del extenso borrador constitucional que ha presentado la Convención.

Ese descontento no es necesariamente conservador y no dice relación con todo lo que contiene el texto. El borrador tiene algunos contenidos propios de una Constitución avanzada, contiene elementos valiosos de vocación social, incluso se podría decir que en su contenido económico, salvo en algunos aspectos que debieran ser corregidos, no conduce a una suerte de catástrofe económica como otros experimentos que han tenido lugar en la región.

Pero el bloqueo del desarrollo económico, social y político no proviene siempre de las definiciones estrictamente económicas, pueden incluso provenir más intensamente de la inestabilidad política, de la ausencia de independencia de los poderes públicos, del debilitamiento de las instituciones, de los espacios de arbitrariedad que genera el paso de una extrema rigidez a una extrema flexibilidad al reducir las disposiciones constitucionales a un estatus puramente legal, pudiendo ser cambiadas por mayorías simples. También por la exacerbación identitaria desmesurada, que da origen a autonomías artificiales, y por el exceso de detallamiento de los derechos sociales que obvia la necesidad de recursos para financiarlos.

En otras palabras, una Constitución moderna y democrática no puede equivaler a una visión programática de un sector, aunque tenga una mayoría, que como toda mayoría puede cambiar si los ciudadanos así lo deciden.

El borrador que tenemos delante tiene muchos aspectos de eso, como lo tenía originalmente, aunque después fue morigerado por muchas reformas, la Constitución del año 80.

No conocemos cuál será la decisión de los ciudadanos. Ellos tendrán motivaciones diferentes para aprobar o rechazar, porque seamos realistas, los 499 artículos o los que sean después de la revisión final los leerá un sector exiguo, como sucede en el mundo entero.

Muchos decidirán su voto en torno a algunos puntos que les resulten decisivos, por ejemplo, el de la plurinacionalidad, en otros prevalecerá la expectativa de los derechos sociales, otros lo harán a partir de un compromiso emocional con lo nuevo, otros votarán el rechazo por el temor a lo desconocido .

Algunos tendrán sentimientos encontrados, y aunque desean una nueva Constitución, el texto no les resultará aceptable, pensarán que no contribuye a una buena y estable convivencia democrática. Curiosamente otros, pensando de manera muy parecida, votarán a favor encomendándose a un desarrollo posterior prodigioso que resuelva los problemas.

En todo caso, la vida del país no termina el 4 de septiembre. La Constitución es importante, pero no es un texto sagrado.

La misma historia de Chile así lo muestra. Varias veces en nuestra historia republicana, para bien o para mal, la voluntad de los chilenos, y ciertamente de las chilenas, ha impuesto una realidad muy diferente a la que imaginaron los constituyentes, desde el siglo XIX hasta el siglo XXI.

Hay países como Estado Unidos, con una Constitución duradera en el tiempo, otros que han elaborado múltiples constituciones que han durado muy poco, otros poseen constituciones extensas, como la India, y hay también países sin constituciones propiamente tales, como Gran Bretaña, Nueva Zelandia e Israel. Hay constituciones bellamente escritas, como la italiana, y otras tan enrevesadas que es mejor no nombrar.

Pero la historia de esos países ha dependido solo parcialmente de las constituciones que se dieron o no se dieron.

Por ello, para que el proceso sea lo más reflexivo posible, es necesario desdramatizar el plebiscito de salida, entendiendo que los cambios constitucionales seguirán produciéndose posteriormente, ojalá con gradualidad y pacífica estabilidad .

Los convencionales, tengan la seguridad, no habrán oficiado de Padres de la Patria.

Es bueno que el gobierno, con humildad y ojalá con claridad, se prepare para gobernar con ambos resultados, evitando tanto la euforia como la depresión.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbete aquí.