Columna de Marcelo Contreras: McCartney 3, 2, 1: ajuste de cuentas

Con el productor Rick Rubin, en esta producción el músico explica detalles compositivos y trucos en la mesa de sonido basados en ingenio y talento irrepetibles, mientras diseccionan por pistas clásicos junto a The Beatles y como solista, desatando un milagro: canciones escuchadas un millón de veces son redescubiertas en su arquitectura.



El tiempo mueve sus piezas pasando facturas al cuerpo y decantado hechos. El cabello cano y la voz algo cascada nos recuerdan en el documental McCartney 3,2,1, que se trata de un hombre de 79 años. A la vez masca chicle como quinceañero despreocupado, y salta de la consola al piano seguido cansinamente por su entrevistador dos décadas más joven, el aclamado productor Rick Rubin, explicando detalles compositivos y trucos en la mesa de sonido basados en ingenio y talento irrepetibles, mientras diseccionan por pistas clásicos junto a The Beatles y como solista, desatando un milagro: canciones escuchadas un millón de veces son redescubiertas en su arquitectura.

McCartney desafía al tiempo y a la historia. Cuenta su versión y ajusta cuentas, desde que Lennon motejaba su material como propio de abuelas. Macca no sólo desmonta el prejuicio gracias a las pruebas que Rubin exhibe, basadas en una constante para encarar el bajo -saturado, agresivo y melódico-, sino que contraataca. La versión original de Come together por ejemplo, no era más que una “cancioncita” de John plagiando You can’t catch me de Chuck Berry, hasta que él reescribió la dinámica con la sinuosa línea de bajo, acompañada magistralmente con el pase de batería de Ringo.

Durante los seis episodios de precisa media hora cada uno, Rubin advierte que las composiciones de The Beatles solían estar yuxtapuestas. En esta esquina John, George y Ringo martillando la base rítmica; en esta otra Paul sediento de melodía y atención a máximo volumen. “Puedes controlar a la banda con el bajo”, proclama, expuesto en el protagonismo solapado de While my guitar gently weeps, With a little help for my friends y Something, como si lo acompañaran a él y no al revés, el mustio rol de los bajistas en Liverpool donde solían ser chicos regordetes marcando acompasadamente el ritmo.

El diálogo entre McCartney y Rubin desarrolla otras ideas como fundamentos para la posteridad. The Beatles no solo era una máquina de éxitos afinada por Brian Epstein tras atildar la imagen, sino redactores del mejor pop con vanguardia y tecnología bajo el aliento de George Martin. Si los circunspectos ingenieros de Abbey Road desaconsejaban los experimentos de estos provincianos proclives a los acoples, solos con velocidad alterada -A hard day’s night- o resaltando agudos -Nowhere man-, entre múltiples ocurrencias, Martin apoyaba las audacias. “Era como ser profesores en un laboratorio”, reflexiona Paul.

A pesar de la insistencia de Rubin por descubrir un plan maestro de The Beatles para dominar al mundo, McCartney reitera que conquistaron progresivamente la libertad creativa. Superados los primeros años donde el repertorio consistía en agradecer a las fans -From me to you, Love me do, Please please me, Thank you girl-, el cancionero se hizo más denso y demandante. Paul detalla la inclinación hasta la música clásica sin necesidad de partituras, con George Martin en función de traductor.

El chiste de John tenía razón en parte. Paul era proclive al barroquismo edulcorado. Pero también encarnaba un espíritu renacentista dispuesto a diversas influencias. John, George y Ringo retozaban aburguesados en la campiña, mientras él se bañaba en los decibeles de Jimi Hendrix un viernes por la noche en una sala semi vacía. No había descanso en ese entonces para McCartney, ni tampoco medio siglo más tarde. La historia necesita todos los antecedentes y él está para proporcionarlos, por si alguien alberga dudas de su grandeza.

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