Opinión

Comunicación política en tiempos del reel

El rector Carlos Peña denunció la degradación del periodismo político al identificar tres patologías estructurales; la condescendencia hacia el entrevistado, la dinámica de sobremesa informal y la renuncia de los medios a su función pública de encauzar el debate ciudadano.

Sin embargo, el diagnóstico tiene grietas evidentes. La irrupción de redes sociales, YouTube y Twitch desbordó a la prensa tradicional, de modo que la mutación del sistema informativo redujo el llamado al “deber ser” a una apelación nostálgica de una fracción de la plaza pública.

Esa disrupción fue anticipada por análisis pioneros como Movimiento Social Media (2013), de Nicolás Copano, al advertir cómo las redes y YouTube abrieron canales menos rígidos para encauzar el malestar ciudadano, facultando interacciones no jerárquicas. En simple, “el medio eres tú”, aunque matizada por el poder omnímodo de figuras como Elon Musk.

La agenda política no se construye en la oficina de la Secom, mediante las vocerías de los lunes, las minutas filtradas o la entrevista pactada del domingo. Tampoco la prensa escrita, la radio o la televisión conservan el monopolio de la primicia, la línea editorial de sus periodistas ni la capacidad de erigir rostros políticos a su conveniencia; la discusión pública hoy transita por otra carretera.

La pauta se articula en podcasts consolidados como ejercicios de branding personal, como los de Daniel Matamala, Juan Manuel Astorga o Tomás Mosciatti. Las consecuencias de este cambio de paradigma son evidentes; los hitos políticos —como la alocución de la exministra Vallejo— se configuran en estos espacios de nicho, forzando a los medios tradicionales a perseguir sus contenidos.

A su vez, el plató diario se trasladó a YouTube en programas como Sin Filtros, Próceres, La Voz de los que Sobran y Turno. Los primeros operan bajo un modelo confrontacional que patologiza al adversario y denosta a la autoridad, representando la antípoda de la condescendencia que incomoda a Peña.

Estos inéditos formatos audiovisuales eluden los corsés del antiguo sistema, desplazan rostros tradicionales y ensayan nuevos paradigmas. Lo más complejo es que operan fuera del marco regulatorio del Consejo Nacional de Televisión —pluralismo y democracia— permitiendo que las “víctimas de la cancelación” puedan amplificar sus ideas.

El fenómeno no es insular. En Estados Unidos plataformas como The Joe Rogan Experience desplazaron a la prensa tradicional como escenario de la contienda presidencial, demostrando que la conversación sin filtro corporativo moldea al electorado mejor que la TV clásica.

El medio es el mensaje, afirmaba Marshall McLuhan, y el gobierno lo confirmó al inaugurarse con la transmisión por YouTube de “Operación Cancerbero”. Las audiencias políticas mutaron a usuarios digitales. Frente a este cambio, resulta urgente ampliar la mirada y superar los parámetros anclados en las lógicas de RECTV.

Por Cristóbal Osorio, Profesor de Derecho Constitucional Universidad de Chile

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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