Opinión

Hiroshima y Nagasaki, 81 años: la erosión de la arquitectura nuclear

Las tragedias de Hiroshima y Nagasaki no solo marcaron el inicio de la era nuclear. También abrieron una etapa en la que la comunidad internacional comenzó a construir reglas, acuerdos e instituciones para impedir que una devastación semejante volviera a repetirse. Ochenta y un años después, esa arquitectura nuclear internacional atraviesa uno de sus momentos más frágiles desde el fin de la Guerra Fría.

Esa fragilidad no apareció de un día para otro. Durante años se ha advertido sobre el debilitamiento del control de armamentos, la modernización de los arsenales y la pérdida de espacios de diálogo entre las grandes potencias. En 2026, sin embargo, ese proceso cruzó un umbral especialmente significativo, ya que, por primera vez desde la década de 1970, Estados Unidos y Rusia quedaron sin un régimen bilateral vigente que imponga límites verificables a sus fuerzas nucleares estratégicas, tras expirar los límites centrales del tratado New START.

El deterioro institucional tiene, además, un correlato material. El Anuario SIPRI 2026 “Armamentos, Desarme y Seguridad Internacional” confirma que la era de reducciones nucleares posterior a la Guerra Fría ha terminado. El número total de ojivas sigue muy por debajo de los máximos de los años ochenta, pero la trayectoria cambió porque los arsenales vuelven a expandirse y modernizarse. China ocupa un lugar central en ese giro. Beijing mantiene oficialmente una política de no primer uso, pero desarrolla capacidades que expresan una ambición estratégica muy superior a la de décadas anteriores. La relación entre esa doctrina declarada y la rápida expansión de sus capacidades será uno de los factores que condicionarán la estabilidad estratégica futura.

Europa ofrece otra manifestación del mismo proceso. En marzo de 2026, Emmanuel Macron anunció un incremento del arsenal francés y presentó el concepto de “disuasión avanzada”. La propuesta busca reforzar la contribución de Francia a la seguridad europea mediante un diálogo estratégico más profundo con sus socios, sin transferir la decisión soberana sobre un eventual empleo nuclear. La disuasión francesa deja así de ser leída exclusivamente en clave nacional y adquiere una dimensión europea más explícita.

Los cambios no se limitan al tamaño de los arsenales ni a las doctrinas de disuasión. También alcanzan las tecnologías que pueden intervenir en la gestión de una crisis nuclear. El eventual empleo de inteligencia artificial en sistemas de alerta temprana, apoyo a la decisión y mando y control abre un riesgo nuevo respecto de 1945 o del periodo de la guerra fría. La preocupación principal a este respecto no es que una máquina pueda decidir iniciar una guerra, sino en que la velocidad de estos sistemas reduzca el tiempo disponible para verificar información, interpretar señales y desescalar una crisis. En materia nuclear, decidir más rápido no equivale necesariamente a decidir mejor.

Todo ello modifica la forma de entender el riesgo nuclear contemporáneo. La lógica de la disuasión parece seguir operando, pero el peligro ya no reside únicamente en una decisión deliberada de iniciar una guerra nuclear. También aparece en una escalada que escape al control de quienes la iniciaron. Una confrontación convencional, un error de cálculo o un fallo tecnológico pueden conducir al empleo de un arma presentada como “táctica” o “limitada”, es decir, concebida para un objetivo militar específico y no para una destrucción estratégica a gran escala. Esa distinción puede tener sentido doctrinal, pero no reduce sus consecuencias humanas: una sola detonación nuclear constituiría una catástrofe irreversible.

Precisamente porque el riesgo no depende solo de las decisiones de las grandes potencias, también resulta relevante observar aquellas arquitecturas regionales que, durante décadas, han contribuido a limitar la presencia de armas nucleares. América Latina y el Caribe fue pionera con el Tratado de Tlatelolco, seguido por acuerdos comparables en el Pacífico Sur, el Sudeste Asiático, África y Asia Central. Su permanencia demuestra que es posible sostener compromisos regionales duraderos. Sin embargo, los recientes lanzamientos chinos de misiles con capacidad nuclear hacia el Pacífico Sur revelan una nueva vulnerabilidad. Estas zonas pueden mantener a sus propios Estados libres de armas nucleares, pero no impedir que ciertas potencias nucleares se proyecten sobre sus espacios regionales.

Esa tensión ayuda a comprender el verdadero alcance de la conmemoración de Hiroshima y Nagasaki. Ochenta y un años después, su principal legado trasciende el debate sobre los arsenales. Las guerras que hoy atraviesan distintas regiones del mundo recuerdan que la paz sigue siendo una tarea inconclusa. Preservar los límites que contienen la competencia entre los Estados no es solo una cuestión estratégica. Es, sobre todo, un asunto político y de humanidad.

Por Karen Meier, abogada especialista en seguridad internacional. Presidenta, WIIS Chile.

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