Opinión

La política de la crueldad

RAUL ZAMORA/ATON CHILE

En su clásico libro No pienses en un elefante, el lingüista cognitivo George Lakoff aborda los trucos de la comunicación política con una idea básica central: el electorado presta más atención a las emociones que a los argumentos racionales. Siguiendo esa línea, del mismo modo en que se promociona un producto, es posible proponer un proyecto de ley cuestionable, envolverlo en palabras amables que sugieran un relato justiciero, aunque en el fondo vaya en contra de los intereses de la mayoría. Lakoff ilustra el punto con la política de disminución de impuestos impulsada por George W. Bush en Estados Unidos, que iría en beneficio de las grandes fortunas y provocaría recortes a las ayudas sociales. Por supuesto que para encontrar respaldo en la opinión pública había que presentarlo bajo una etiqueta inofensiva: “Alivio fiscal” (Tax relief), un nombre que sugería un presente angustioso del que los ciudadanos serían liberados gracias a la nueva ley. El proyecto “Escucha su corazón”, impulsado, entre otros, por el diputado libertario Cristóbal Urruticoechea, lleva las ideas de Lakoff a un extremo ominoso, presenta una idea despiadada -obligar a escuchar los latidos del embrión o feto a aquellas mujeres que buscan interrumpir legalmente un embarazo-, como una suerte de salvación epifánica de último minuto. Un razonamiento que bebe un poco del Manual de Inquisidores del siglo XIV, aquel recetario detallado de torturas escrito por Nicolás Emeric, y otro tanto de La Rosa de Guadalupe, la serie mexicana de encanto esperpéntico, cuya vocación edificante suele describir la realidad con la delicadeza de un tractor descompuesto. El proyecto detalla que en el caso de que la mujer rechace el “ofrecimiento” de escuchar los latidos, se le negará el procedimiento. Según el diputado Urruticoechea, eso califica como un acto “voluntario”, pero no lo es; lo que establece es un requisito, que de no cumplirse impide acceder a la interrupción del embarazo. Lo que disimula de muy mal modo el título “Escucha su corazón” es una idea de la mujer como un individuo sospechoso, incompleto, inconsciente, que no ha considerado a cabalidad las consecuencias de su decisión, por lo tanto, el deber del legislador es imponerle aún más dificultades para que recapacite.

En Chile, las tres causales de interrupción del embarazo son: riesgo vital para la madre, inviabilidad fetal y violación. El razonamiento tácito tras el proyecto “Escucha su corazón”, por lo tanto, supone que aquellas mujeres cuyas vidas corren peligro en tanto el embarazo avanza, deberían arriesgarse a morir porque es lo que les corresponde hacer; asimismo, en el caso del embrión o feto con patologías incompatibles con la vida extrauterina, el proyecto sobreentiende que la obligación de esa mujer es continuar un proceso doloroso a la fuerza, de lo contrario, es una persona despiadada; por ultimo, cuando se trata de una violación, el proyecto le niega de manera implícita la condición de víctima de un delito a la mujer y la presenta como victimaria.

Actualmente, la causal de violación es la menos invocada, acumulando alrededor de un 25% del total de las interrupciones del embarazo legales en 2024. Sin embargo, al descomponer esta cifra aparece la cruda realidad, la que suele ser disimulada en los discursos más castigadores: en 2024, el 88% de las interrupciones del embarazo en niñas y adolescentes fue por la causal de violación, de ese total el 58% correspondía a menores de 14 años. Hay un sector político que en lugar de hacerse cargo de las razones para que tal cantidad de niñas sea agredida sexualmente con tanta frecuencia, decide poner el foco sobre las víctimas, cargarles la responsabilidad a ellas, sacando de escena a los agresores y a los patrones de convivencia que favorecen que esos delitos se cometan. Resulta inquietante que juzguen más peligrosos los planes de educación sexual -“con mis hijos no se metan”- que lo que exhibe el crudo registro de hechos que arrojan los estudios y las estadísticas.

En 1902, Augusto D’Halmar publicó la novela Juana Lucero, parte de una trilogía inconclusa llamada Los vicios de Chile. Era un libro que retrataba la hipocresía de una clase dirigente corrompida en un país en el que el rol de la mujer estaba restringido a un repertorio estrecho de papeles atravesado por la resignación y la obediencia. D’Halmar, a quien no se podría encasquetar en ninguna ideología política, solo mostraba un modo de vida, un orden social en el que los más vulnerables, lejos de ser protegidos, eran mantenidos a raya o excluidos al menor intento de sacar la voz. Es lo que le ocurre a Juana Lucero, una mujer determinada por las circunstancias. D’Halmar solo escribió sobre lo que había visto y vivido en una capital pueblerina y sombría. Aquella novela inauguró el siglo XX literario chileno, un siglo que podría ser descrito como una larga carrera de obstáculos de los excluidos, entre ellos las mujeres, hacia la conquista de espacios, libertades y derechos. Un maratón extenuante, clausurado durante la dictadura y parcialmente reabierto en 1990 con el retorno a la democracia. Durante esa primera década de la transición la carrera de obstáculos debió bajar la velocidad silenciando debates pendientes, acallando discrepancias y demonizando demandas. Que no se hable de educación sexual, ni de filiación, ni de divorcio, ni de aborto. Todo indica que hay un sector político que de manera entusiasta volvería a vivir en una democracia custodiada por una moral obsesionada por la sexualidad ajena y el control sobre la vida privada de la población. Un sector que cada tanto empuña y levanta un garrote, lo revolea como si se tratara de un trofeo, exige que a esa pirueta la consideremos un gesto de “libertad” y que veamos rasgos de misericordia en un proyecto de ley empapado de crueldad.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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