La última ley
La principal noticia reciente de la guerra en el Medio Oriente es cuantitativa: después de cuatro días, el lanzamiento de misiles de Irán disminuyó un 86%. En esos cuatro días, Irán lanzó más de 500 misiles en contra de casi todos los países de la región, además de Chipre, en el Mediterráneo. Los analistas militares creen que el régimen iraní se puede estar quedando sin pertrechos para sostener la guerra.
El conflicto podría ampliarse si Irán recibe ayuda de sus aliados. ¿De Rusia, por ejemplo? No. Moscú está entrando en una fase crucial de su invasión a Ucrania; no puede distraer recursos. Por lo demás, era Irán quien abastecía a Rusia de drones baratos, no al revés.
¿De China? No parece probable. China es un aliado de Irán en su común sentimiento antioccidental, y es un cliente, en cuanto le compra cerca de un quinto del petróleo que importa. Pero no es aliado para un conflicto militar -frente a otras confrontaciones le ha provisto de material bélico menor-, ni menos para uno que signifique cerrar el estrecho de Ormuz, que ha sido la principal amenaza iraní en estos meses. Por Ormuz sale todo el petróleo que se dirige a Asia.
En un artículo publicado esta semana en Foreign Affairs, la académica de Georgetown Yun Sun, especialista en China, ha sostenido que el liderazgo chino está “decepcionado” de los líderes de Irán, que han posado por más de cuatro décadas como el chico fuerte del barrio, han conducido operaciones violentas desde América hasta África y han utilizado a grupos “afines”, pero más débiles (como, entre otros, los palestinos radicales), para atacar a sus enemigos. Y ahora que se enfrentan al poderío al que tanto han desafiado, no muestran fuerza ni decisión. De acuerdo a Yun Sun, a China dejó de importarle el cambio de régimen (que era su línea roja antes de desatarse las acciones), con lo cual los ayatolás se han quedado, literalmente, solos.
Irán movilizó a todos sus grupos “afines” para asediar a Israel después de la masacre del 7 de octubre del 2023, sin contar con que su financiamiento y abastecimiento para Hamas estimularon esa acción desde su origen en la Franja de Gaza. En marzo del año siguiente, Israel atacó el consulado de Irán en Siria y eliminó a varios jefes de la temida Guardia Revolucionaria. ¿Qué estaban haciendo allí esos generales?
Algún indicio dio, dos semanas después, el régimen iraní, cuando en represalia lanzó una lluvia de misiles y drones sobre Israel. Causó daños más bien modestos. Ese fue un momento bisagra: por primera vez se vio con nitidez que el poderío de Irán no era el que presumía. El ataque de Irán “fue un fracaso”, escribió The Economist. Durante años se había presumido que Irán ya tenía algún equipamiento nuclear, por lo que un intercambio de fuego con Israel o alguna potencia occidental podría desencadenar un apocalipsis. Esa incertidumbre fue el principal instrumento de bluf del régimen iraní.
En septiembre siguiente, Israel eliminó a gran parte de la dirigencia del principal “afín”, Hezbolá, en Siria y Líbano, mientras seguía machacando a los hutíes en sus bases de Yemen.
En junio del 2025, con la certeza de que Irán aún no poseía un arma nuclear, pero estaba acelerando su desarrollo, Israel lanzó un ataque masivo sobre todas las instalaciones militares iraníes, al que se sumó Estados Unidos con sus megabombas de penetración. La respuesta iraní produjo daños comparativamente muy menores. Irán ya estaba al desnudo, mientras su población se mostraba cada vez más exasperada con la naturaleza represiva de la teocracia de los ayatolás. La economía iraní pasa por su peor momento y es posible que salga de la actual guerra aún más desestabilizada.
El costo político puede ser aún más grande. En el primer ataque murió el líder supremo, el ayatola Ali Jamenei, y una cantidad estimada de 40 altos funcionarios militares y civiles. Las instituciones están paralizadas o funcionando con enormes dificultades, y los proyectiles lanzados contra Catar, Bahrein, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita amenazan con alentar la creación de una coalición antiiraní en la región.
La guerra es la consecuencia de los desarrollos iniciados en octubre del 2023. Estados Unidos se propone degradar todas las capacidades militares iraníes, desde la investigación nuclear hasta la construcción de misiles balísticos, y eliminar la flota que podría bloquear el estrecho de Ormuz. Donald Trump ha llamado a los iraníes a derrocar al régimen; en la diplomacia de Occidente han circulado rumores acerca de grupos de la Guardia Revolucionaria que podrían estar dispuestos a deponer a los ayatolas y quedarse con el poder, siguiendo el “modelo Delcy”. De todos modos, Trump ha dicho que no se contentará con menos que una “rendición incondicional”.
Israel busca una neutralización total y de largo plazo de Irán, lo que posiblemente significa eliminar a la Guardia Revolucionaria, a las Fuerzas Armadas y a los ayatolas, que fueron quienes declararon, en sus primeros años al frente del país, que uno de sus objetivos era la aniquilación del Estado de Israel.
Así es como una guerra se vuelve existencial, y siempre es probable que su evolución adopte la forma de una amenaza similar contra quien la ha proferido. La ley del talión pasa a ser la única, la última ley.
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