Opinión

¿Lo conservador es pura antigualla?

La sola pregunta delata que estamos ante un prejuicio “moderno”, tan ignorante como nulo en términos explicativos. Hay sociedades que, no porque sean progresistas, dejan de valorar el pasado. Recuperan formas antiguas probadas sin que ello implique volverse retrógradas. ¿Lo fue Thomas Jefferson, el más progresista de los padres fundadores norteamericanos? Decía: “El árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos: su natural abono”. Ello a pesar de que construyó su residencia, Monticello, en pleno siglo XVIII, en estilo neopalladiano. Notable “regresión” que lo devolvió a Andrea Palladio, un ilustre arquitecto del siglo XVI, dedicado a revivir tradiciones estilísticas romanas remontables, algunas de ellas, a la antigüedad griega. De igual modo, los revolucionarios franceses se revestían de una apariencia clásica romana para dar a entender que se identificaban con los gobiernos republicanos y justificar su ruptura con las monarquías.

A lo que voy es que las coordenadas estéticas no operan como las ideológicas-políticas. En parte porque las ideológicas suelen ser antiestéticas. Rompen con la simetría, la armonía y el culto a lo ideal, con un afán de terror y violencia sin frenos. ¿Qué monumentos levantan los revolucionarios si suelen comenzar “desde cero”? se preguntaba Michelet. Nada comparable —responde— a Notre-Dame, a las Termas de Caracalla o al Louvre, salvo “el espacio vacío”, como el del Campo de Marte y la guillotina, para hacer sentir su poder brutal.

No tan distinto a Trump, que tumba el ala este de la Casa Blanca para reemplazarla por un adefesio: un salón de baile que abarca casi el 25% de la superficie total de la casa presidencial. La antítesis de Jefferson. ¿Y no se suponía que Trump era conservador? Para que usted vea. Los requisitos estéticos para ser un conservador son más exigentes que los político-ideológicos. Lo conservador supone formalidad, sobriedad clásica, uniformidad sin histrionismo ni pretensión original: fomedad, si ustedes quieren. Algo así como lo que, desdeñosamente, obsesiona a Carlos Peña de Kast cuando afirma que, al igual que su gobierno: “El Presidente posee un estilo verbal más bien parco y escaso”.

Un buen ejemplo emblemático de conservadurismo es el del juez Tapping Reeve, a quien llegué a conocer al leer sobre su residencia colonial, típica de 1773, en Litchfield, Connecticut. Constaba de seis habitaciones, dos pisos y una simplísima construcción externa, donde instaló la más prestigiosa escuela de Derecho de su época, en la que formó a tres ministros de la Corte Suprema y dos vicepresidentes de los EE.UU., a otros 26 senadores nacionales y a 90 congresistas. Se quisieran hoy en día los decanos de derecho chilenos y el alguna vez decano Peña, ahora rector, un récord así de admirable.

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

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