Eppur si muove
Acabo de terminar el libro “El Loco de Dios en el fin del mundo”, de Javier Cercas (ateo declarado, y no arrepentido), sobre el Papa Francisco (Jorge Bergoglio) y su viaje misionero a Mongolia, país donde no hay más de 1.700 católicos, y el resto son básicamente budistas.
En mi lento y atropellado regreso al catolicismo (habiendo vivido el drama de la muerte y el misterio del amor) este libro me dejó lleno de esperanza sobre el devenir de la Iglesia Católica, y sobre uno de sus más importantes dogmas: la resurrección de los muertos y la vida eterna. “Es una certeza indudable”, le dijo Bergoglio al autor, y creo que lo dejó dudando. El libro es realmente notable en su descripción de Francisco, Papa, jesuita castigado y sacerdote de las “villas miserias”.
Uno de los capítulos más interesantes del libro, es la entrevista del autor con el jefe máximo del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (antes el Santo Oficio y antes, la Santa Inquisición). Argentino y modesto a la vez (una contradicción vital), es lo más lejano imaginable del Gran Inquisidor descrito por Dostoievski en “Los Hermanos Karamazov”, que reprende y condena a Cristo por volver a la tierra y destruir el poder de quienes sabiamente administran “su legado”.
Víctor Manuel Fernández es un teólogo de fama, ex rector de la UCA y ex arzobispo de La Plata. De un humor notable: “toda religión es una cruzada contra el humor. Pero el Papa Francisco afirma que una de las características de un santo, es el sentido del humor”. Este inquisidor -como en El Cantar de los Cantares, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz- también usa el erotismo para alabar a Dios. En 1995 publicó un libro titulado “El Arte de Besar” y el 1998 otro: “Espiritualidad y Sensualidad”, con acápites tales como “Dios en el Orgasmo de la Pareja”. Por eso sectores duros de la Iglesia lo llaman “el pornocardenal”. El mismo, en los 90, fue investigado por años para verificar si opinaba dentro de los límites de la recta doctrina (como a Galileo y a Goya). “Muchas veces nos hemos dedicado a poner etiquetas: éste tiene este defecto, o ha cometido tal error; a hablar de a quien se le puede perdonar, y quien puede o no puede comulgar (Bergoglio preguntado al respecto dijo: depende...). A poner la moral por encima de la misericordia... ahora si a alguien se le acusa, el Dicasterio debe ser un espacio de debate con esa persona, un instrumento para saber si hay una inquietud legítima... sustituir las sanciones por el diálogo”.
La Iglesia no es al final un nido de pedófilos, ni un lugar de santos intachables. Tiene personas notables como este Gran Inquisidor. Santos como Juan Pablo II, el propio Bergoglio. Misioneros en lugares recónditos, pobres: africanos, Haití, y hasta en la China donde es oposición al régimen oficial. Y evoluciona con los tiempos: no tan rápido como Bergoglio hubiera querido, pero como diría Galileo: “igual se mueve” y por eso ha durado más de 2.000 años.
Por César Barros, economista
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