Opinión

Lo que el ruido no deja ver

Foto: Mario Téllez MARIO TELLEZ

El Presidente José Antonio Kast asumió en medio de una guerra. No es una metáfora: el conflicto en Medio Oriente sigue activo, con consecuencias que van mucho más allá del precio de los combustibles. En un mundo globalizado e interdependiente, sus impactos están alcanzando cadenas de suministro, tasas de interés y flujos de inversión, afectando directamente la vida cotidiana de los chilenos. Ese es el piso sobre el que se gobierna hoy Chile. Conviene tenerlo presente antes de emitir cualquier juicio apresurado.

A ese escenario se suma una situación fiscal que no admite ingenuidad. Las inversiones urgentes en seguridad, salud y educación son ineludibles, pero los recursos no son infinitos. Chile debe ser competitivo para atraer inversión privada. Hoy tiene la tasa impositiva más alta entre los países de la OCDE, una señal que no pasa inadvertida para quienes evalúan dónde poner su capital. Reglas fiscales claras, seguridad jurídica y certeza son tan importantes como cualquier política social. El desempleo, que ya alcanza un alarmante 8,3%, lo dice todo: sin crecimiento no se genera empleo ni es posible financiar el bienestar social que el país requiere.

El liderazgo que Chile necesita en este momento no es solo técnico. Es político y ético. Basado en valores como la justicia, la integridad y la transparencia, porque son esos valores los que elevan a un líder y promueven genuinamente el bien común.

Hoy se gobierna, además, sobre un huracán digital. Las redes sociales han entrado de lleno en la política: cada declaración se viraliza en segundos, cada error se amplifica sin contexto y el ruido reemplaza al debate. Al proceso se suman también las encuestas, que permiten moldear la opinión pública sobre, por ejemplo, la popularidad de un partido político o el rechazo o aceptación de algunas medidas sociales. Ya sea en decisiones financieras o en opiniones sobre políticas públicas, el ser humano tiende a dejarse influir por lo que piensa el resto. En ese escenario, un error comunicacional tiene un costo mucho mayor que en cualquier otra época: se multiplica, se distorsiona y se instala antes de que haya tiempo de corregirlo. Todo gobierno debe aprender a resistir ese ruido sin ignorarlo, que es uno de los equilibrios más difíciles del liderazgo moderno.

A ello se suma una oposición fragmentada que, en algunos sectores, no ha terminado de procesar la magnitud de su derrota. En lugar de articularse para dialogar constructivamente, lanza disparos aislados que buscan recuperar titulares más que construir país. Gobernar así es más difícil, pero también más revelador.

La elección de nuestros líderes refleja los valores de nuestra sociedad. Como ciudadanos, vale preguntarse si estamos exigiendo a quienes gobiernan y a quienes los enfrentan la altura que este momento requiere. Chile necesita menos trinchera y más construcción. Menos ruido y más conducción.

En tiempos así, la templanza no es debilidad. La comprensión del momento no es ingenuidad. Y comunicar bien no es un detalle: es la diferencia entre gobernar y solo administrar.

Por Iris Boeninger, economista.

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