¿Pendulares?
Fue un cambio de mando lleno de significaciones: desde la vestimenta al énfasis en el retorno del orden y la autoridad. En apenas cuatro años -voto obligatorio mediante- los chilenos se movieron sin matices entre las antípodas, desde un gobierno refundacional de izquierda a uno restaurador de derecha. En este tiempo, fue borrado del mapa el sueño constituyente y reemplazado por una agenda de seguridad y reactivación económica. Estuvimos 16 años saltando entre Bachelet y Piñera, pero ahora la distancia es brutal: entre el Chile de Boric y el de Kast sólo hay abismos.
¿Somos un país con trastorno de personalidad? ¿O quizá solamente indecisos, inseguros e inconsistentes? ¿Sabemos en realidad lo que queremos o andamos adivinando y jugando a las apuestas? Es cierto que vivimos tiempos indómitos, que la polarización es un fenómeno planetario, pero, haber apostado a un estallido social, a un cambio de Constitución y de “modelo”, para terminar en la siguiente elección votando por Kast, parece demasiado. ¿Fuimos incrédulos o engañados? ¿Aprendimos una lección y luego rectificamos? ¿Hicimos alguna reflexión y autocrítica?
¿Y ahora estamos seguros de haber enmendado el rumbo? ¿El problema son los políticos, los gobiernos de turno, de derecha e izquierda, o somos nosotros? La verdad es que no tenemos idea; no sabemos si hemos cambiado y aprendido o si seguimos igual de confundidos. Devolvimos la estatua de Baquedano a su pedestal como si la historia pudiera resetearse, pero no se puede: esa estatua va a representar para siempre lo que un sector significativo del país estuvo dispuesto a hacer con ella. ¿Ahora descubrimos que sí nos gustan los treinta años? ¿Ahora la mayoría valora al expresidente Piñera? ¿En serio?
El problema es que cuando las opiniones, las agendas y las supuestas convicciones cambian de esta manera no se puede tener garantía de nada. Ni de que hayamos madurado o aprendido de los errores. Y el problema es que las autoridades están obligadas a explicar sus actos, pero los ciudadanos no. La gente no está exigida a dar cuenta de su inconsistencia, ni siquiera frente a sí misma. Hace seis años muchos sintieron que había buenas razones para querer incendiar el país y hoy, los mismos, pueden sentir indignación frente a esos hechos. Nadie va a pedirnos explicaciones, somos totalmente impunes frente a nuestros cambios de ánimo, aunque esos ánimos tengan consecuencias.
Y aquí estamos de nuevo, reiniciando el camino en otra dirección. Sin saber por qué y sin el menor interés en preguntarnos nada. Con la predisposición a exigirle a los nuevos inquilinos del poder que cumplan su palabra y con poca paciencia para esperar resultados. Como si el principal problema fueran los elegidos, los que se acaban de ir o los que acaban de llegar. Como si este deambular en las antípodas no fuera parte de nuestro drama, la razón de un largo deterioro del que no podemos culpar a nadie salvo a ese que, día a día, miramos en el espejo.
Por Max Colodro, filósofo y analista político
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