Que les vaya bien
Quisiera que en los próximos años les vaya bien a este gobierno y a Chile. No es que me haya bajado una kastismo fervoroso. Simplemente, no deseo se les prolonguen a los chilenos los 15 años que hemos vivido, caracterizados por gobernabilidad mediocre, estancamiento, asonadas, delirios constitucionales, inseguridad y decepciones ciudadanas.
Por lo mismo, me alientan también aquellos en la izquierda –los hay y espero les vaya bien– preocupados en reflexionar cómo pueden haberse equivocado tanto durante tanto tiempo y cómo hacerse cargo de demandas ciudadanas sentidas para las que hoy carecen de respuestas solventes, o sea, cómo se transforman en una izquierda democrática competente en la construcción de un mejor futuro nacional compartido. En cambio, espero le vaya mal a esa parte de la izquierda afanada en demoler el quehacer de los ahora gobernantes soñando volver a lo mismo de antes, en reiterar ambigüedad cuando no complicidad hacia la violencia que ha asolado el inicio del año escolar; en justificar lo mal hecho durante 15 años más que en enmendarlo.
Sin embargo, para que mis buenos deseos se cumplan, necesitaría también una derecha gobernante mejor. El inicio no ha sido brillante, al menos para la ciudadanía, a juzgar por las encuestas. Culpas tiene un loco con botón nuclear “difariando” sobre guerras que se le desbordan y provocando una crisis económica mundial cuyo rasgo más notorio es un alza brutal del precio de los combustibles. Trump impactó a Chile en aquello que fue una de las principales razones de que votaran mayoritariamente por Kast: la búsqueda de prosperidad para sí y sus familias que la ciudadanía asocia en primer lugar con su bolsillo y solo después con crecimiento y empleo.
Pero no toda la culpa es de Trump. Cuando se vive el inicio de un gobierno votado por mayorías y las cosas se mueven como estaban previstas, la política tiene camino fácil, el idilio entre gobernantes y “polis” es natural. En cambio, cuando la “polis” se ve agredida inesperadamente en una de sus demandas prioritarias, la política cobra todo su valor y pasa a dominar sobre lo meramente técnico. Hay quienes dicen que ha habido una “mala comunicación”. Es más que eso. Ha habido un déficit de la política. Y basta un descuido de ella –de esa que se ocupa de la relación con la “polis”- para que decaigan sueños ciudadanos de futuros mejores y en consecuencia la valoración de sus gobernantes. Están a tiempo de enmendar, pero deben reaccionar con prontitud: las demoras asientan opiniones. El tratamiento del plan de reconstrucción que va al Parlamento esta semana, juega un rol clave.
La gente entiende las malas nuevas cuando siente que la preocupación primera del gobernante es por ellos mismos antes que por sus ideas, por más que estas también importen. He recordado mucho en estos días una frase sabia de Aylwin: “…en la medida de lo posible”.
Por Óscar Guillermo Garretón, economista
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