Un sin fin patético
Cuesta dimensionar qué acaba de terminar. ¿Un delirio, una alucinación, una pesadilla o pura farra cuyos efectos apenas cabe imaginar? Figúrese: el oficialismo que recién hizo su exit presumió ser la salvación para este país y, sin embargo, a pesar de lo que hemos vivido, es como si nada grave hubiese pasado. Hay quienes abrigan el deseo —otros, expectación, si no resignada fatalidad— de que vuelvan. Muy extraño. Que Boric haya sobrevivido cuatro años en La Moneda dice más de nosotros como país que de este perpetuo infantilismo que seguramente seguirá siendo incorregible.
Entre los gobiernos chilenos que rivalizan por el título de mayor desastre, destacan la República Socialista de 1932 y su secuela bajo Carlos Dávila: el primero, de sólo 12 días; el segundo, de 101 días más. Otros tiempos. Quizás éramos menos tolerantes, o bien no nos habíamos inmunizado lo suficiente. Chile, desde entonces, se viene apestando de manera crónica y, a lo mejor, hemos desarrollado suficiente tolerancia inmunológica, entendida como la capacidad de un organismo para convivir con parásitos sin sufrir daños graves.
Puede que también incida el hecho de que todavía seamos una sociedad rústica, dura de mollera. Un país tan aporreado, conformista y sometido que se contenta, dentro de todo, con lo que venga y resulte. Eligió a Boric cuatro años atrás, cuando bastaba con tener un poco más de dos dedos de frente para desaconsejar dicha opción. Igual, ahora se ha optado por Kast “a la tercera, la vencida”. Y ya antes, a Allende a la cuarta, para, por último, deshacerse de él a patadas y soportar una dictadura que duró cuatro veces más años que el frenteamplismo y los comunistas. Un calvario, este último gustito que se dio la democracia chilena. La dictadura, por su parte, un infierno que también se toleró, y lo que venía de antes, ni digamos. Frei y la UP nos llevaron al despeñadero, con fuerte ánimo suicida detrás. ¿Lo entiende usted?
Apuesto lo que quieran que se entiende tanto como el haber dejado a una banda de inescrupulosos tomarse el Estado, hasta hoy impunes, permitiéndoles así provocar y fastidiar desde fuera de La Moneda, en la calle, liceos, universidades públicas y el Congreso. Que esa es la manera para que vuelvan a Palacio. Y entonces nos iremos turnando de nuevo, como cuando Bachelet y Piñera lograron sus 16 años compartidos que empataron con los 16 de la dictadura, y se tuvo la sensación de que somos serios por lo mismo que “estables”. Para qué decir los 16 adicionales entre Aylwin y la aparición de Bachelet. ¿Época dorada, de bonanza, consenso y cuoteo?, que algunos siguen vendiendo como pomada milagrosa, para justificar la magra cuota de poder que les queda. Y vamos traspasando, en el entretanto, la piocha que cuelga y se aviene con cualquiera que la lleve, con o sin corbata.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
Lo último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE