¿Y si bailamos de a tres?
“China es un socio fundamental, y se profundizará esta relación con un interés estratégico de largo plazo”. La frase del canciller Pérez Mackenna, previo a la gira a Asia, sorprendió a quienes daban por sentado que este gobierno tendría un alineamiento automático con Washington. Pero la realidad suele ser más fuerte y, en política exterior, el interés nacional termina imponiéndose sobre supuestas afinidades políticas.
Durante meses se instaló la idea de que la aparente cercanía entre el Presidente Kast y Donald Trump conduciría a un gobierno “pro Estados Unidos”, incluso a costa de enfriar la relación con Beijing. Sin embargo, la primera gira asiática del canciller y el énfasis puesto en profundizar los vínculos con China muestran exactamente lo contrario: Chile no puede darse el lujo de escoger entre una potencia y otra.
Esa es, precisamente, la principal lección de la nueva geopolítica. Todo lo que hagamos con Estados Unidos será observado por China. Y todo lo que avancemos con China será evaluado en Washington. Nada más ni nada menos que nuestros dos principales socios comerciales. Pretender que ambas relaciones pueden administrarse por carriles completamente separados es desconocer la creciente rivalidad estratégica que define el escenario internacional.
La encrucijada se refleja con claridad en la negociación comercial con Estados Unidos. Chile enfrenta la presión de suscribir un Acuerdo Comercial Recíproco para reducir el arancel de 12,5%, con el riesgo de debilitar el TLC que ha regido por más de dos décadas. La tentación de cerrar rápidamente un acuerdo puede ser grande, especialmente cuando existe presión de los sectores exportadores afectados. Pero sería un error firmar un Acuerdo que implicaría quedar en una peor posición que el TLC vigente, sentando un precedente peligroso. Chile debe seguir negociando producto por producto, intentando reducir el 40% de nuestras exportaciones afectadas, como el salmón, la fruta, la madera y el vino.
La política exterior de Trump ha demostrado ser profundamente transaccional. La afinidad ideológica no garantiza excepciones ni privilegios. Los aranceles, las restricciones comerciales y el uso del comercio como herramienta de seguridad nacional no responden a amistades, sino a intereses. Y todo indica que esa estrategia global llegó para quedarse más allá de Trump, aunque haya un cambio de retórica y estilo en el futuro.
Por eso, fortalecer la relación con Estados Unidos no exige debilitar la relación con China. Al contrario, la mejor estrategia para un país abierto como Chile es mantener vínculos sólidos con ambos, diversificar mercados y preservar espacios de autonomía. Negociar con uno sin quedar atrapado con el otro.
En un mundo de rivalidad entre superpotencias, Chile ya no puede bailar de a dos. Tendrá que esforzarse, con inteligencia y equilibrio, a bailar de a tres.
Por Jorge Sahd, Director Centro de Estudios Internacionales UC
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