Conservadurismo y el regreso de la vieja obsesión por controlar el cuerpo femenino
Las tradwives, las "mujeres de alto valor" o la "energía femenina" son expresiones distintas de la misma obsesión por definir cómo debe ser una mujer. Y esa definición -dice la autora de esta columna- casi siempre empieza por su cuerpo.
Nos convencieron de que el maquillaje, la ropa o las dietas son decisiones personales y de que la política se limita a los parlamentos, las elecciones o los partidos. Sin embargo, pocas cosas han sido tan políticas como el cuerpo de las mujeres.
Cada cierto tiempo aparecen nuevos discursos que prometen enseñarnos cómo ser una “verdadera mujer”. Antes fueron los manuales de urbanidad; hoy son videos sobre energía femenina, elegancia, modestia, tradwives o “mujeres de alto valor”. A ellos se suman influencers conservadoras, referentes religiosos y figuras de la llamada machosfera que, desde espacios muy distintos, terminan defendiendo la idea de que existe una forma correcta de ser mujer y que quien se aparta de ella pierde valor.
Cambian las palabras, las plataformas y los rostros, pero la lógica permanece prácticamente intacta. Cuando una sociedad comienza a definir cómo debe verse una mujer, tarde o temprano también termina definiendo cómo debe comportarse, qué aspiraciones son aceptables y cuánto espacio puede ocupar. El cuerpo suele ser el punto de partida de ese control.
La historia ofrece ejemplos de sobra. Durante siglos, el cuerpo femenino fue un territorio donde se disputó el poder. Hubo corsés que impedían respirar, faldas que dificultaban correr y cánones de belleza que exaltaban la fragilidad y el sacrificio, como si una mujer que pasaba hambre fuera, al mismo tiempo, una mujer más virtuosa. Mientras menos espacio ocupaba su cuerpo, mayor parecía ser la aprobación social que recibía.
Hoy el control adopta otras formas. Aparece en ciertos discursos médicos profundamente gordofóbicos, en la reducción constante de las tallas de ropa, en la publicidad desmedida de medicamentos para bajar de peso, en una industria del bienestar que vende la delgadez como sinónimo de salud y éxito, y en estéticas aparentemente inocentes, como el clean girl aesthetic, que vuelven a asociar la feminidad con la pulcritud, la disciplina y un cuerpo delgado. Aunque suelen presentarse como fenómenos independientes, todas responden a una la obsesión por regular el cuerpo femenino.
La idea de las “mujeres de alto valor” resume muy bien ese fenómeno. A primera vista parece un discurso de empoderamiento, pero termina recuperando una lógica antigua: el valor de una mujer vuelve a medirse según cuánto se acerca a un ideal de belleza, feminidad y comportamiento definido, en gran medida, por lo que otros esperan de ella.
El control rara vez comienza con prohibiciones explícitas. Empieza mucho antes: diciéndonos cómo vestirnos, cómo maquillarnos, cómo hablar, cómo comer, qué cuerpos merecen admiración y cuáles necesitan ser corregidos. Hoy esos mensajes llegan envueltos en tendencias de TikTok, en videos sobre “lo que le gusta a una girly” o en influencers que se presentan como amigas de las girls mientras reproducen expectativas que limitan la libertad de otras mujeres.
Por eso me preocupa cuando algunas mujeres se convierten en las principales voceras de estos discursos. No porque decidan dedicarse a la maternidad, al trabajo remunerado o a ambas cosas; cualquiera de esos caminos merece el mismo respeto. El problema aparece cuando una elección personal comienza a presentarse como la única forma legítima de ser mujer y cuando el valor femenino vuelve a medirse según la obediencia a un ideal estético, moral o doméstico.
Hace más de tres décadas, Naomi Wolf escribió que la presión sobre la apariencia femenina se intensificó precisamente cuando las mujeres comenzaron a conquistar espacios de poder. Mientras menos podían controlarnos mediante las leyes, más importante se volvió controlar nuestra apariencia. Esa reflexión también ayuda a entender por qué la dieta puede convertirse en un eficaz sedante político. Una sociedad que consigue mantenernos ocupadas contando calorías, odiando nuestro cuerpo, persiguiendo la juventud eterna o intentando encajar en un ideal imposible, deja a menos mujeres con tiempo, energía y libertad para cuestionar las estructuras que sostienen esas mismas exigencias.
Por eso el problema nunca ha sido el maquillaje, los vestidos, el cuidado personal o el deseo de sentirse femenina. El problema comienza cuando todo eso deja de ser una elección y se convierte en una condición para que una mujer sea considerada suficiente, respetable o “de alto valor”.
Mientras millones de mujeres siguen invirtiendo tiempo, dinero y energía en aprender a ocupar menos espacio, otros siguen diciéndonos qué aspecto debe tener un cuerpo femenino para ser considerado suficiente. Tal vez esa sea la mayor eficacia de estos discursos: lograr que miremos nuestro cuerpo como un proyecto infinito de corrección, mientras dejamos de preguntarnos quién decidió que debía serlo.
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