Paula

Hablemos de amor: adiós al padre que imaginé

A veces crecer también implica despedirse de la versión de nuestros padres que necesitábamos tener y aprender a mirar, con más compasión, a las personas que realmente fueron.

El año pasado, una de mis mejores amigas perdió a su papá: un señor adorable, cuya partida dejó un vacío tremendo en ella y me dejó pensando, inevitablemente, en mi padre. Aunque ya tengo 38 años y él más de 70, nuestra relación sigue teniendo sus complicaciones. Mi papá es un buen papá, y siempre lo ha sido. Fue un buen proveedor para el hogar; trabajó muchísimo y se encargó de que nunca nos faltara lo esencial. Por lo mismo, delegó en mi madre el cuidado y la crianza mía y de mis hermanos.

Como solía trabajar en turnos, pocas veces coincidíamos en la casa, y la mayor parte de ellas, él siempre estaba cansado. Sabíamos también que a veces evitaba estar allá. Que muchas veces prefería pasar su tiempo libre donde mi abuela, o yendo a comer algo con sus colegas.

Como no estaba realmente implicado en nuestra crianza, sus intervenciones solían sentirse demasiado críticas e injustas. Nunca voy a olvidar la vez que le mostré el informe de notas del colegio y al ver que tenía promedio 7 en todas las asignaturas, menos en una, me dijo: “Muy bien, pero hay que mejorar el 6,8 en matemáticas”. No debo haber tenido más de 10 años entonces, y supongo que, al no tener tanta interacción con él durante mi infancia y adolescencia, terminé dándole demasiada importancia a cada uno de esos comentarios, al punto de que crecí sintiendo que nada de lo que yo pudiera hacer bastaría para ganar su aprobación.

Hace un tiempo vi la película Valor Sentimental (2025), de Joachim Trier, que retrata la relación entre un padre y sus hijas, y me conmovió profundamente. Particularmente una escena en la que el padre le dice a una de sus hijas —soltera y seriamente deprimida— que tiene demasiada rabia dentro, y que si no la supera va a terminar sola. Todo esto, en respuesta a las recriminaciones de la hija por la inconsistencia con la que el padre participaba en su vida y la de su hermana.

La liviandad con la que ese hombre soltó una frase tan increíblemente hiriente me recordó el tono en el que mi papá, hace no mucho tiempo, afirmó que seguramente yo no tenía “suficiente amor para dar”. Todo esto a raíz de los cuestionamientos de mi mamá por mi falta de interés en ser madre. Yo me había divorciado hace poco y los había invitado a comer hamburguesas a mi “nuevo departamento de soltera”. Por supuesto, mi papá, fue incapaz de conectar ese gesto con mi capacidad de entregar amor.

En la película, el padre, que también es director de cine, escribe un guion para que su hija lo protagonice. Es su forma de decirle que la entiende, que son más parecidos de lo que ella piensa y que él la quiere, aunque sea a su manera. En esa historia paralela, pero entrelazada con la principal, la protagonista insiste en que necesita un hogar; no uno necesariamente material, sino simbólico. Y pienso que quizás es eso lo que me removió tanto: la identificación inmediata y completa con esa sensación de extrañar un hogar que creo que nunca tuve. Uno en el que mi padre estuviera presente en nuestra crianza, y al que yo pudiera acudir cuando tuviera algún problema importante, con la certeza de que encontraría en él comprensión y sabiduría. Por el contrario, mi casa fue, más bien, un hogar evasivo y ambivalente, en donde mi mamá se las arreglaba para alternar infinitas tareas domésticas y laborales, con carcajadas estruendosas, y periodos de disociación en los que parecía estar profundamente preocupada o triste.

En mi casa las tensiones no se explicitaban; ningún problema se hablaba abiertamente y eso, de alguna forma, nos mantenía viviendo bajo el mismo techo, pero aislados en nuestros respectivos roles. Reclamar ese hogar, como lo hace la protagonista de la película, es quizás el intento de integrar a ese padre que, con su ausencia y falta de educación emocional, terminó dañándonos a todos en distintos niveles. Para mí, en particular, es reconocer que mi papá nunca fue lo que yo quería ni necesitaba, y que probablemente nunca lo será.

Hace poco recordé además que, por mucho que crea conocer a mi papá, y trate de simplificarlo a través de relatos como este, nunca terminaré realmente de saber quién es. Para el día de la madre, se me ocurrió preguntarle si extrañaba a mi abuela. Él se quedó un rato en silencio, mirando el camino a través del parabrisas del auto, y me dijo que no: “Me acuerdo de ella, sí, pero no la echo de menos”. Me llamó la atención su respuesta porque yo sabía que la Lela había sido severa con sus hijos, pero me imaginaba que algo de la ternura que me había mostrado a mí podría haberse colado también en la crianza de mi papá. “Ella fue cariñosa con ustedes, pero no con nosotros”, me dijo.

Traté de imaginarme cómo debe haber sido crecer con una mamá que te prohíbe todo, que no te demuestra amor y que, más encima, te agarra a varillazos ante cualquier desobediencia; y sentí algo que no sentía por mi papá desde hace mucho tiempo. Fue una admiración profunda por su capacidad de no repetir su propia historia de maltrato con nosotros. Mi papá podrá no amar de la forma en que yo esperaba, pero ciertamente ama, y dejar de compararlo con lo que no fue, es uno de los mejores regalos que esta última parte de nuestra relación me ha podido dar.

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