Hablemos de amor: con él volví a sentirme poderosa
Lo que comenzó como una aventura fuera de su matrimonio hizo que María redescubriera una versión de sí misma que se sentía libre, atractiva y poderosa. Aunque la conexión entre ambos fue profunda e intensa, la relación amorosa no prosperó y terminó encontrando otro lugar: el de un cariño que sobrevivió al deseo.
Lo conocí a mediados del año 2024 en una aplicación de citas y con un objetivo plenamente sexual. Yo estaba casada y no era mi primer encuentro fuera del matrimonio, más bien ya llevaba varios meses en ese estado y él debía ser uno más, pero no lo fue.
Él vivía solo, se había separado hace pocos meses, pero tenía una relación intensa con su ex, con reencuentros, discusiones, heridas y dolores profundos. Siempre supe su historia, me la contó tempranamente y él conocía la mía. Casada con 20 años de “familia feliz”, pero en una crisis post 40 en búsqueda de emociones y experiencias fugaces.
Tuvimos una conexión maravillosa desde un comienzo, el sexo fluía con él como nunca lo fue con nadie, ni siquiera con mi marido en los mejores tiempos. Para mi él era un experto, sabía cómo moverse, cómo tocarme, cómo hacerme sentir exquisita. Con él me sentía libre por completo, mi cuerpo gozaba con cada encuentro y se sentía libre y poderoso.
Tuvimos encuentros semanales por seis meses. Cada martes lo esperaba con ansías, y si bien no hablábamos el resto de los días, cuando nos encontrábamos lo hacíamos como si fuésemos una pareja. Tirábamos, conversábamos y regaloneábamos, pero como era de esperar se me fue de las manos. Mis semanas iniciaban los martes y mis pensamientos empezaron a girar en torno a eso que teníamos.
Cuando estaba con él yo sentía que era otra persona, sentía que me doblegaba, tal vez por eso nunca sentí culpa de ser infiel. Era otra versión, me sentía sexy, luminosa, atractiva, y por sobre todo, poderosa. No era esa mujer normal, racional, con defectos e inseguridades de los restantes seis días de la semana. Él me hacía sentir de una forma que me encantaba y me parecía adictiva.
A los meses colapsé, no pude más con esa dualidad, quería ser siempre la “yo sexy”, y no teniendo nada en mente, ninguna promesa de relación ni nada, me separé solo porque no fui capaz de continuar con esa dualidad. Ansiaba que ya no fuese solo un día a la semana, pero eso no ocurrió, él se alejó y yo también dejé que se alejara.
Al poco tiempo de separada, consciente que la había cagado, que había dejado a mi familia por nada, volví a casa arrepentida. Pero él también volvió, reapareció como si nada hubiese pasado en esos meses, como si el tiempo volviese atrás y su rol de amante no se hubiese esfumado.
Nos empezamos a ver periódicamente, pero no con la frecuencia de antes. Yo intentaba que no fuese tan seguido porque sentía que me enganchaba después de cada encuentro y tardaba unos días en despabilarme. Los meses pasaban y yo fluctuaba en un ir y venir, intentando alejarme infructuosamente.
Cada vez que nos juntábamos mi felicidad partía desde la coordinación del encuentro y ese cúmulo de sensaciones ricas me duraba un par de días después. Pero las últimas veces esas sensaciones ricas post encuentro se empezaron a transformar en ansiedad y angustia por no saber cuándo lo volvería a ver, temía irracionalmente que esos encuentros ricos se acabasen.
Hasta que, justo a dos años de habernos conocido, en uno más de nuestros encuentros, me contó contento que había vuelto a su casa con su familia, y mi miedo se hacía realidad.
Siempre supe que él amaba a su ex y extrañaba la familia que había construido junto a ella, por eso cuando me dijo que había vuelto a su casa no me dolió, es más, sentí alegría porque sabía lo que eso significaba para él, pero no puedo desconocer que se me revolvió el estómago mientras me lo contaba, una sensación de guata y garganta apretada mezclada con una extraña felicidad.
Ese día, luego de algunas horas de conversación de temas profundos y también triviales, nos recostamos en la cama a tomarnos un café, lo abracé y sentí cómo ya no era mío. Nunca lo fue, pero la ilusión se había desvanecido. Al final era un tema de expectativas lo que me hacía sufrir, esperar algo que no sería y que racionalmente lo sabía, pero en el fondo de mi corazón quería estar equivocada y vivía con esa esperanza.
Tengo muy claro que él nunca saldrá de mi corazón y yo tampoco del de él, nos tenemos un cariño inmenso, siento que yo siempre estaré para él y él para mi, pero ahora ya no desde el plano sexual sino desde la amistad, esa amistad exquisita que logramos construir.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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