El español que busca instalar el primer banco ético en Chile

El economista Joan Antoni Melé promueve organizaciones que financien causas altruistas, espera que la Superintendencia apruebe el primero de estos bancos en el país.


“Le digo a los jóvenes que no se adapten a esta sociedad enferma”, exclama Joan Antoni Melé, fiel al estilo provocador que lo distingue. El impulsor de la banca ética en América Latina llegó a Chile para continuar con un objetivo de éxito comprobado en España y otros países del mundo: desarrollar un banco al servicio de iniciativas sociales, culturales y medioambientales.

El español estuvo en Chile en el marco del Congreso Mundial de Empresas B, cuya primera edición se hace en nuestro país.

Melé es un hombre de vocación pedagógica que habla con conocimiento de causa (40 años de experiencia profesional y promotor del banco ético Triodos en España, el cual tiene allí 20 sucursales). El catalán alza la voz frente a un sistema que aleja al ser humano de su esencia, reduciéndolo a su condición de consumidor, egoísta, ciego en el afán de crecimiento y preso de una economía especulativa que le infunde miedo.

Lejos del dramatismo, Melé avisora un futuro de cambios, empujado por un “tsunami de conciencia” que ubica al mundo ante el espejo. “Debemos llevar la dignidad humana, aquella que nos permitió construir catedrales, componer sinfonías y escribir poesía, a la vida social y económica”, reclama.

En diálogo con Qué Pasa, el economista explica su diagnóstico y esboza un plan de acción en Chile y el continente.

¿Cuál es el objetivo de su visita al país?

Hace algunos años me invitaron para brindar algunas conferencias para contar el proyecto de Triodos, la banca ética de origen holandés que desarrollamos en España con muchísimo éxito. A partir de aquellas charlas, un grupo de personas mostró interés en emprender un banco ético en Chile. Cuando me consultaron si podría ayudar les dije que sí, en la medida que se comprometiesen realmente a llevarlo adelante.

A partir de entonces dejé mi trabajo en España para lanzar la banca ética en Chile y otros países de la región. También estamos avanzando en Argentina, Brasil, Uruguay y Colombia.

¿En qué fase de desarrollo se encuentra la banca ética en el país?

La meta es solicitar la licencia a la Superintentendencia antes de que termine el año próximo. Hay un equipo formado, un plan estratégico de viabilidad e inversores. Vamos bien. De hecho el modelo chileno es el más avanzado en la región. Nuestro plazo máximo para abrir el banco es 2022.

¿Cuáles son las principales diferencias entre la banca ética y la tradicional?

Quiero aclarar, en primer lugar, que “banca ética” es un sobrenombre que nos ha puesto la gente, el cual me gusta porque invita a la reflexión.

Hecha esa observación, la primera gran diferencia es que nuestro modelo tiene criterios de inversión muy claros, ya sea para considerar o descartar proyectos. Apostamos por iniciativas que generen valor en cualquiera de estos tres sectores: social, cultural o medioambiental. En Latinoamérica hay casi 100 subsectores potenciales para invertir y hemos seleccionado unos 15. El fin principal es aportar valor al país, romper con la desigualdad, crear riqueza social y medioambiental. En contrapunto, no invertiríamos en armas, energía nuclear o agricultura agroquímica destructiva, por citar ejemplos hipotéticos.

En segundo lugar, la banca ética promueve la transparencia, basándose en la premisa de que los bancos no tienen nuestro dinero, sino que lo gestionan. Los clientes gozan del derecho y la responsabilidad de saber que va a hacer un banco con su dinero. ¡Y nadie lo pregunta! ¿Permitimos que hagan cualquier cosa? Todos criticamos a los bancos, pero les hemos dado el poder absoluto. El banco ético se encuentra en la obligación de explicar hasta el último céntimo invertido, porque el cliente debe saber si se equivoca y llamarle la atención.

Por último, hay un punto que no se encuentra en los estatutos, pero es implícito: la diferencia de salarios. En algunos casos los directivos de los bancos ganan 1000 veces más que los empleados. Me han contado que en Brasil esa diferencia puede ascender a 2000. Tal despilfarro salarial no ocurre en un modelo ético. De todas maneras, lo más importante no es lo que gana un directivo, sino que los empleados tengan un sueldo que les permita vivir dignamente.

En una reciente entrevista, Muhammad Yunus (fundador del Banco Grameen para pobres con la oferta de microcréditos) aseguró que los académicos son los principales responsables para crear un nuevo marco teórico e intelectual del sistema económico. ¿Está de acuerdo con esa percepción?

Yo creo que todos tenemos una misión en este proceso. Los académicos deben difundir otro modelo, sin dudas, porque en la aulas se utilizan manuales y criterios de economía que son insostenibles, de hace 50 años. Es sorprendente que en las universidades todavía enseñen que vivimos en un mercado libre en el que impera la ley de la oferta y la demanda, en el cual hay que maximizar los beneficios y minimizar los costes. En lenguaje profano, esto quiere decir: “Preocúpate sólo por lo tuyo, los demás no importan”.

El verdadero poder del cambio está en el consumidor y en la educación, que empieza por casa. Todos tenemos un papel y una responsabilidad. No podemos seguir viviendo en el egoísmo, creando codicia y ambición desmesurada. Para ello hay que ser concientes de los productos que compramos o del banco que elegimos para que gestione nuestro dinero. La política también es un espacio para generar un cambio profundo.

¿Qué papel tienen los jóvenes en este cambio de mentalidad?

Son generadores del cambio, pero deben conocerlo mejor. Están llenos de motivación y llevan consigo la inquietud de buscar trabajos con propósito. Los adultos tenemos la responsabilidad de mostrarles algo más. Hace poco encontré una mujer de 27 años en Guatemala que había dejado un trabajo de 60.000 dólares al año por uno de 24.000 dólares. La gente no se mueve sólo por dinero, tiene otros valores. Las empresas que no lo entiendan van a perder muchos talentos.

Hay que estudiar y prepararse para hacer un aporte a la sociedad y ser útiles para los demás. Cuando somos útiles, somos felices. Algo interno se desarrolla, crecemos como seres humanos e inculcamos un sentido de profundidad a la vida.

 

 

 



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