No es país para viejos: el pacto suicida de Jorge y Elsa

Hace una semana, Jorge Olivares le disparó a su esposa y luego se mató. Los dos tenían más de 80 años y estaban enfermos y cansados. El día en que decidieron morir, ella iba a ser trasladada a un asilo. Chile tiene la tasa más alta de suicidios en adultos mayores del continente.


Jorge Olivares Castro (84) tomó su revolver Smith and Wesson calibre 38 y apuntó en la sien izquierda de quien fue su esposa durante 55 años. Apretó el gatillo. Elsa Ayala Castro (89) quedó tendida sobre su cama, agonizante. Segundos después, Jorge disparó nuevamente su arma y se suicidó.

16.15 horas. Pedro Rodríguez Noreña (57), a metros del lugar, escuchó ese sábado 21 de julio dos estallidos casi simultáneos y revisó la aspiradora con que limpia autos en el taller Pericles. Pensó que la máquina había tenido un desperfecto y siguió con su trabajo.

Poco después, observó movimiento en la casa colindante, en Teniente Mery 2030, en Conchalí, y vio llegar ambulancias. No le llamó la atención: sus vecinos, cada cierto tiempo, eran atendidos a domicilio por personal del Centro de Salud Familiar Lucas Sierra.

Solo abandonó su rutina cuando vehículos de Carabineros se instalaron en la cuadra. Entonces, cuenta, dejó de limpiar el Hyundai Accent que lo tenía ensimismado y entendió que lo que había oído era el fin de una historia.

-Eso fue por amor-, sentencia.

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Se conocieron cerca del Hipódromo a fines de los 50. Él era taxista y ella trabajaba de asesora del hogar. En 1963 se casaron y arrendaron una casa a pasos de Avenida Independencia. Luego compraron una vivienda en el mismo barrio que poco a poco se fue colmando de talleres de reparación de vehículos.

En medio de la modernización, el hogar de Jorge y Elsa mantuvo el estilo de antaño. Las paredes fueron pintadas de un amarillo mostaza y en el patio interno colgaron campanas de viento y plantaron cardenales.

No tuvieron hijos. Elsa a veces rememoraba una gestación fallida y hablaba de su “niño muerto”, pero no daba detalles de lo que ocurrió. Jorge nunca tocó el tema. Lo que sí tenían era sobrinos, muchos. Pero solo uno de ellos, Alan Sanhueza Ayala (54), los visitaba con cierta regularidad.

La ausencia de familiares les pesaba. A veces, Elsa le preguntaba a Jorge si la había llamado alguien. Él le mentía: “Sí, mi amor, pero estabas durmiendo y no quise despertarte”.

Estaban solos. Viejos. Adoloridos. Cansados.

Elsa llevaba más de dos años postrada. Padecía un cáncer de colon ramificado y úlceras varicosas en las piernas. Había iniciado, además, la primera etapa de demencia senil y desde hacía unos meses usaba pañales. Jorge enfrentaba una hernia lumbar que lo mantenía encorvado y estaba aquejado de una neumonía que se prolongaba ya por semanas.

Los últimos meses, la situación se había tornado cada vez más compleja. Elsa sufría ataques de dolor que los calmantes recetados no atenuaban y Jorge casi no dormía en las noches atendiendo a su mujer.

Para ese fin de semana, su sobrino Alan había definido que ella fuera internada en un asilo. Se cotizó en dos lugares: “Puente del Arcoíris”, de calle Gamero, y “Los Ángeles”, cerca del lugar donde Jorge y Elsa se enamoraron. Si sumaban las pensiones de ambos, había calculado Jorge, podría pagar la residencia de su compañera que bordeaba los $ 500 mil mensuales. Él, mientras tanto, buscaría una forma de vender la casa y de sustentar sus propios gastos. El traslado se programó para el día viernes, pero Jorge pidió tiempo. Un día más para arreglar una maleta.

El viaje de Elsa nunca se concretó.

-Yo creo que mi tío no quiso que lo separaran de su mujer y por eso hizo lo que hizo – reflexiona Alan.

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En Chile, los adultos mayores son el grupo etario que más se suicida.

Una investigación realizada en 2017 por la psicóloga Ana Paula Vieira, del Centro UC de Estudios de Vejez y Envejecimiento, consigna que la tasa es de 13,6 casos por cada 100 mil habitantes –la más alta del continente-, y entre quienes toman la determinación de partir predominan los mayores de 80 años.

La decisión, en el 88% de los casos, la adoptan hombres y son altamente efectivos: uno de cada cuatro intentos de suicidio termina en una muerte. En los jóvenes, solo uno de cada 200.

Pese a lo asombroso de las cifras, aún no hay un análisis sobre por qué los ancianos se quitan la vida. Pero en su trabajo clínico, la experta ha detectado factores comunes: la desesperanza, la soledad, sentirse una carga, no valerse por sí mismos. Vieira lo define así:

-El mayor miedo de los adultos mayores no es morir, ellos saben que eso es una circunstancia. Les tienen miedo a otras cosas: perder su identidad, ser invisibles, no ser escuchados, tener una vida poco digna.

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Denisse Gallardo Rojas (33) no notó nada extraño la mañana en que Jorge y Elsa tenían planificado morir.

La paramédico los conocía desde agosto del año 2017, cuando acudió con un equipo del Cesfam de Conchalí a ayudar a Elsa, en el marco del Programa Postrados. En esa primera visita, le impactó la claridad de Jorge sobre su destino y el de su esposa. “Cuando ya no la pueda cuidar, será hora de que partamos los dos”, comentó él en aquella ocasión.

Denisse se hizo cargo de las asistencias clínicas a la pareja, pero fue más allá: se convirtió en el principal soporte de los ancianos. Les dio su número de teléfono particular y acudió a cada llamada que le hizo Jorge:

-Mi niña, no puedo mudar a mi vieja, ¿puede venir?

-Denissita, mi vieja necesita curaciones, ¿se las puede hacer?

-Nos faltan cosas de supermercado, ¿podría comprar?

Denisse recorría veloz las cuadras que separan su casa de la de los “tatas” y llegaba dispuesta a colaborar. Tenía su propia llave de ingreso. Elsa la recibía contenta, pero siempre le hacía la misma advertencia: “No detenga su vida por un par de viejos”.

Con Denisse, la pareja conversaba. Le mostraban fotos de décadas atrás donde figuraban los dos sonrientes en la playa; le contaban que él fue taxista y luego chofer en PricewaterhouseCoopers; le decían que debieron vender el auto de Jorge por una estrechez económica; le ofrecían disculpas por ser “un cacho”, y le recordaban que ya habían vivido lo suficiente, tanto así que en 2002 ya habían hecho los trámites para la cremación de ambos en el Cementerio General. “No vamos a seguir molestando después de muertos”, repetía Elsa.

Denisse se empeñaba en traerlos a la vida. Los ayudó a conseguir una asesora que les hiciera comida y aseo un par de días a la semana, coordinó con una vecina para que les comprara el pan diariamente, pasó las Fiestas Patrias con ellos y en Navidad determinó que la oscura casa de los tatas necesitaba un árbol con luces y una cena de celebración. Jorge aceptó a regañadientes los adornos navideños y concordaron en hacer un almuerzo. Denisse compró y preparó todo y llegó con sus cuatro hijas.

Hubo risas, anécdotas, regalos. Denisse prometió llevarlos a la playa y entonces Jorge se emocionó.

-Hija, siga con sus cosas, no puede pasar pendiente de nosotros.

La mañana del suicidio, Jorge la llamó muy temprano y le pidió que fuera a desayunar con ellos. Denisse fue, como siempre. Jorge le habló de lo que cotidianamente conversaban: las alegrías antiguas, los dolores presentes, el ritual ya establecido si él o Elsa morían.

A la una de la tarde, Alan, el sobrino de la pareja, fue a almorzar con ellos y después fue a ver a su mamá, la hermana de Elsa que vive en una comuna cercana. Retornó a la casa de sus tíos cerca de las 17 horas. Desde allí llamó a Denisse. Le dijo, con la voz entrecortada, que la abuela se había caído, que la necesitaba. No era exactamente lo que había ocurrido.

Denisse concurrió con su hija mayor y entraron directamente al dormitorio. Vieron un charco de sangre. Elsa sobre la cama, aún respirando; Jorge en el suelo, ya muerto.

Denisse contuvo a su hija y ayudó a Alan a intentar frenar la hemorragia de Elsa. Cuando la ambulancia se llevó a la anciana al Hospital San José, donde falleció, Alan le contó lo que Jorge le había pedido horas antes: que los cremaran, que no hubiera ni misa ni funeral.

“Me gustaría que nuestras cenizas quedaran en los cerros de Colina”, le había dicho Jorge a su sobrino hace un tiempo.

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La primera regla, dice Nicolás Orellana Mardones (25), es no involucrarse. Como enfermero recién titulado, Nicolás ya tiene certeza de que se trata de un dogma que no podrá cumplir.

El joven hizo su práctica en 2017 en el Cesfam Lucas Sierra y allí conoció a Denisse y, en su primera salida a terreno, a Jorge y Elsa.

Le remeció, asegura, la ternura con que se trataban y la soledad de aquel caserón poco iluminado y frío. No había miseria, recalca. Había suficiente comida, pañales, el lugar era limpio y hasta cómodo. Lo que faltaba, cree, era una razón para seguir.

-Me duele lo que pasó, porque la vida no es injusta. El ser humano es injusto. Llegar a una situación así, estar abandonados. Por un acto de amor, por no separarse, hicieron esto-, cuenta Nicolás.

El joven se comprometió con la pareja y durante los tres meses que estuvo en el Cesfam dividió sus tardes poslaborales entre su abuela biológica, que vive en Recoleta, y los tatas que había adoptado.

Cuando terminó su internado, siguió visitándolos. Cuando cumplió 25 años, compró globos y una torta y decidió festejar con ellos.

Dos semanas antes del suicidio, fue a tomar té con el matrimonio. Vio a Jorge cansado y a Elsa aún más deteriorada. A él le pesaba hacerse cargo de su esposa y no tener la energía de antaño. El cheque de su pensión debía acudir a buscarlo a calle Bandera, en el centro de Santiago, y ya no tenía fuerza, se quejaba, para seguir el ritmo de la gente. Las personas a su alrededor parecían despreciar su paso lento. Estaba harto de dar lástima.

La conversación fue premonitoria. Elsa reafirmó en la sobremesa la decisión de irse juntos “cuando llegara el momento”.

Durante aquella tarde, Nicolás puso música en su teléfono. Boleros y tangos. Y aunque Jorge era fanático de Antonio Ríos, les insistió en que escucharan las canciones de Silvio Rodríguez.

Recordó que un día, haciendo aseo con Denisse, había encontrado el arma de Jorge en un velador y tuvo el instinto de entrar al dormitorio y esconderla. No lo hizo: Jorge siempre le advirtió que un matrimonio de viejos necesitaba tener algo a mano para defenderse. En realidad, no se sintió con derecho a quitarles su puerta de salida.

En el parte policial sobre el crimen se consigna que no hubo signos de violencia ni la intervención de terceros. En rigor, se trató de una decisión consciente y meditada.

“La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes”, tararea Nicolás.

Dice que se acordó de esa frase de “Óleo de mujer con sombrero”, una canción -justamente- de Silvio Rodríguez, cuando Denisse lo llamó y le contó lo que había ocurrido el sábado 21 de julio, cuando Jorge Olivares Castro (84) tomó su revólver y apuntó en la sien izquierda de quien fue su esposa durante 55 años.

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