El Mundial del negocio
SEÑOR DIRECTOR:
Asistimos a un Mundial que parece más bien una convención de negocios disfrazada de competencia. La FIFA lleva años vendiendo la idea de la expansión, la inclusión y la modernización o sea más partidos, más entradas, más auspiciadores, más transmisiones y más dinero.
La ampliación a 48 selecciones es el ejemplo perfecto. Lo que antes era un torneo reservado para la élite hoy se parece más a una feria internacional donde lo importante no es el nivel competitivo, sino aumentar el número de mercados consumidores. El resultado está a la vista: equipos que aportan poco o nada al espectáculo, partidos imposibles de imaginar hace apenas dos décadas.
Tres países organizadores y una competencia donde algunas selecciones deben desplazarse miles de kilómetros entre partidos para maximizar ingresos, audiencias y vitrinas comerciales. Aparecen pausas para hidratación que interrumpen momentos decisivos del juego. Equipos que asfixian a su rival, que construyen una remontada o sostienen una ventaja con intensidad, deben detenerse porque el reglamento televisivo así lo establece. El fútbol, ese deporte que siempre premió el ritmo y la resistencia, ahora se juega con pausas programadas.
Sume la gran religión moderna: el VAR. Cuatro árbitros en cancha observan una jugada en directo y no logran verla. Entonces el partido se congela durante varios minutos mientras una pantalla dicta sentencia. Ya no manda el juego; manda la revisión. Ya no se celebra un gol; se espera un veredicto.
El problema no es tecnológico ni reglamentario, es más simple. El fútbol dejó de ser el protagonista de su propio Mundial. Hoy comparte escenario con ejecutivos, patrocinadores y balances financieros y cuando el negocio ocupa el centro de la cancha, el fútbol inevitablemente termina jugando de visitante.
Juan Francisco Ortún
Periodista y académico U. Central
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