Culto

El mundo es apenas lo que ven mis ojos: un cuento de Jaime Bayly

Envejecer es hacerme torpe y lento, desconfiado y cascarrabias. Envejecer es empequeñecerme, encogerme, volverme irrelevante, casi invisible.

Jaime Bayly Portrait Session

El mundo, que es apenas lo que ven mis ojos, se agrieta lentamente a mi alrededor, como se derrite un bloque de hielo antártico. Envejecer no es solo sumar años y descubrir canas y arrugas. Envejecer es hacerme torpe y lento, desconfiado y cascarrabias. Envejecer es empequeñecerme, encogerme, volverme irrelevante, casi invisible.

En la familia de mi madre hay ancianos que se caen de puro viejos, que usan pañales, que caminan con andador o con bastón, que dependen de una enfermera para bañarse. Yo no quiero caerme de viejo, usar pañales y ducharme con una enfermera. Prefiero irme antes.

Admiro a los suicidas lúcidos. No todos los suicidas son lúcidos. Conocí a uno, un hombre de una inteligencia y una vanidad poderosas, que prefirió quitarse la vida antes de cumplir setenta años para evitarse las indignidades de la cárcel, unas humillaciones que su padre había sufrido cuando él era un niño. Conocí a otro, un escritor sabio, que eligió a los ochenta años una muerte serena, indolora, asistida, para no sufrir las consecuencias nefastas de una enfermedad terminal que lo habría rebajado a la condición de despojo. También conocí a un actor talentoso que saltó del balcón a las tinieblas de la muerte cuando todavía le quedaban muchos papeles por interpretar. Yo quisiera irme cuando sea un perfecto inútil, un lastre para mi familia. Me pregunto si no lo soy ya.

Lo que me salva de ser un perfecto inútil no es hablar. Hablo ciertas noches en un programa de televisión. Es una pérdida de tiempo. Muy poca gente pierde su tiempo viéndome. Lo que digo es prescindible, irrelevante. Hablo todas las tardes en un video que grabo en casa. Me ven unas cien mil personas cada día. La plataforma que difunde esos videos me paga bien. Yo le pago bien a mi equipo. Sin embargo, las historias que cuento generalmente pierden interés pasada una semana. Nadie necesita ver esos videos, nadie debería verlos, nadie estará mal informado si elude aquellos despachos. Me aferro a ambos oficios, hablar a una cámara en el estudio y a otra en casa, porque conviene ganar dinero para solventar los gastos de mi familia. Aunque me pagan, me siento un perfecto inútil cuando estoy hablando. Empiezo a notar señales de que discurseo cada día peor: olvido o digo mal ciertas palabras, he perdido el brío y el fuelle de antaño. Supongo que es normal, pues llevo más de cuarenta años hablándoles a las cámaras.

Lo que acaso me salva de ser un perfecto inútil es escribir. Curiosamente, ese oficio me deja poco dinero. No escribo por dinero. Escribo para no sentirme un fracasado, un lastre, un peso muerto. Escribo para no ser el inútil de la familia, el tonto de la familia. Los periódicos que publican mis textos semanales no me pagan un centavo. Cedo gratuitamente esos relatos porque carecen de valor y porque ya es suficiente recompensa que los publiquen en ciertos países donde se habla la noble lengua española. Soy entonces un escritor bobo y avejentado que regala sus escritos para no morirse del todo. Luego están los libros. Publico un libro cada dos o tres años. Podría publicar uno cada año, pero mis editores me refrenan, piden una pausa, dejan que las novelas maduren. Tengo la inmensa fortuna de que mis libros se publiquen tanto en América como en España. Mis últimos títulos se han vendido bastante bien. Eso me salva de sentirme un perfecto inútil. Aunque el dinero que gano por las regalías es menor, el escritor respira, sueña, se expresa, está vivo. Lo que me salva entonces del fracaso último, definitivo, es sentir que el escritor sigue en pie y le quedan dos o tres libros por publicar. Nadie, salvo yo mismo, necesita desesperadamente que esos libros sean publicados. Que sean trabajos en progreso, asuntos pendientes, montañas de palabras por construir, le da un propósito a mi vida. Irónicamente, las cosas que más me importan son entonces las que menos dinero me dejan. Por eso voy saltando de feria de libro en feria del libro, como visitador médico, pagándome yo mismo todos los viajes: para que el escritor no se me muera del todo.

El problema que más me entristece es el dinero. Tengo dinero. Alguna gente cree que dispongo de mucho dinero, más del que merezco. Ese es el problema. Estoy rodeado de hienas y chacales, de buitres y cuervos. Vienen a por mí, se reúnen para arrancarme pedazos de carne. No tienen compasión, no descansan, me acosan, me rodean, me atacan por la espalda, me van diezmando a mordiscos y picotazos. El mundo, que es apenas lo que ven mis ojos, se agrieta lentamente a mi alrededor.

Mi hermana me pide dinero, mucho dinero, doscientos mil dólares, y cuando le digo que no voy a prestárselo, me escribe un correo grosero, insultándome. Nos queríamos siendo niños, es triste que las cosas terminen así, los afectos corrompidos por el vil dinero. Un hermano de mi madre se enferma y lo internan en la clínica, pero tiene su dinero invertido fuera del país, en bonos a largo plazo, y por eso le pide a mi madre que pague sus gastos médicos, y por supuesto ella, una santa, paga todo sin quejarse y luego le contrata enfermeras para que no vaya cayéndose, pues él, por vanidoso, no se resigna a usar bastón. Mi asistenta allá lejos, en la ciudad del polvo y la niebla, se aprovecha de que soy bobo y distraído y voy pensando en las musarañas, y sube a su numerosa familia en mi camioneta y la lleva a paseos campestres y a las playas del sur sin avisarme ni pedirme permiso, y vengo a descubrirlo al visitar aquella ciudad y advertir que la camioneta tiene recorridos miles de kilómetros que no corresponden al uso infrecuente que mi esposa y yo le hemos dado. Un amigo de los tiempos del periódico, a quien no veo hace más de cuarenta años, me pide que le mande dinero, seis mil dólares, porque no tiene un dólar para sobrevivir. Un amigo de los tiempos de la universidad me pide que le transfiera dinero, diez mil dólares, porque no tiene dónde dormir ni qué comer, luego me entero de que es adicto a la cocaína. Un exempleado del canal de televisión me espera de noche, afuera del estudio, en el estacionamiento, y me dice llorando que no tiene trabajo, que es padre de tres hijos pequeños, que le han confiscado su camioneta negra, de lujo, porque no ha cumplido con los pagos mensuales al concesionario, y me pide dinero, siete mil dólares, para mantener a su familia, mientras busca trabajo. El mozo de un restaurante me pide dinero, tres mil dólares, para la fiesta de graduación de su hijo. Mi empleada doméstica me pide dinero, ocho mil dólares, para comprar una camioneta que su hermana usará como movilidad escolar para ganarse la vida. Una agente inmobiliaria, que no es mi amiga, me pide dinero, doce mil dólares, para mudarse, y me dice que, si no la ayudo, se quedará en la calle y tendrá que dormir en el asiento trasero de su auto. No exagero entonces si digo que todos los días algún pícaro, algún pedigüeño, algún sableador me pide dinero, y si no es a mí, a mi madre, y si no caigo yo en la trampa, seguro caerá ella.

Ese tráfico promiscuo de afectos y de dineros me deja triste, descorazonado. A menudo, hundido en el desaliento y la derrota, entrego el dinero a los pedigüeños, sabiendo que no habré de recuperarlo, y en raras ocasiones soy valiente y me niego a firmar el cheque o aprobar la transferencia. Cuando presto o regalo dinero, luego me siento un idiota, un tipo débil, apocado, temeroso de decir no quiero darte plata porque sé que la perderé, no abuses de mí, no soy un cajero automático. Cuando me niego a socorrer a un alma torturada que me pide auxilio financiero, después me deprimo, me siento una mala persona, un sujeto egoísta, insensible, que tiene plata y no está dispuesto a compartirla con los menesterosos, necesitados y desamparados. En cualquier caso, salgo perdiendo, me siento mal.

Me encuentro solo, rodeado, acosado, sin poder escapar. Buitres y cuervos sobrevuelan sobre mí, hienas y chacales se tientan al verme viejo, malherido, sin los reflejos de antes. Quiero vivir un tiempo más, pero ellos, hambrientos, sedientos, invaden mi territorio, recortan mis libertades, me van cercando y desean comerme a pedazos. Nadie te lo advierte cuando sueñas con ser rico: primero llega el dinero y luego vienen los buitres y los cuervos, las hienas y los chacales, y ellos te matarán lentamente para quedarse con todo lo tuyo.

Más sobre:MagazineJaime BaylyMagazine Culto

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE