Mi nombre es un nickname: cuando las amistades nacen y viven en internet
Los vínculos que nacen en chats, videojuegos y redes sociales dejaron de ser una rareza y son una extensión de sus amistades presenciales. Para otras, en cambio, son el principal espacio de pertenencia, donde un alias puede decir más que el nombre que aparece en la cédula. “La interacción por RR.SS se ofrece como un sustituto accesible para aliviar la sensación de soledad”, dice el psicólogo y académico de la Universidad Andrés Bello Nicolás Núñez. Aquí, las múltiples caras del fenómeno.
Los vínculos virtuales ya dejaron de ser una excepción. Hoy pueden ser de amistad, románticos o incluso profesionales, y muchas veces nacen antes en una pantalla que en una conversación cara a cara. Para muchos, la red se ha posicionado como un lugar más cómodo para mostrarse, conversar y construir confianza.
A veces un nickname, además, es suficiente para abrir una intimidad que en la vida presencial tardaría meses. Pero esa misma facilidad también supone peligros: filtración de datos, suplantación de identidad, estafas, engaños afectivos y relaciones sostenidas sobre identidades que no siempre son verificables.
La pregunta, entonces, ya no es si una amistad virtual puede ser real. Para muchas personas, particularmente entre quienes crecieron insertos en comunidades digitales, ese tema está superado.
El punto real es qué tipo de conexión se está formando cuando la confianza se construye entre apodos, avatares, chats, juegos online o redes sociales, y qué ocurre cuando alguien siente que su nombre más real no es el que aparece en su carnet, sino el que otros reconocen en internet.
Para David Jofré, académico de la Escuela de Periodismo de la USACH, doctor en Ciencias Políticas y especialista en redes sociales y nuevas tendencias, las redes sociales cambiaron profundamente la manera de socializar.
“La web 2.0 desplazó los mecanismos tradicionales de socialización, como el barrio, los deportes o la iglesia, reemplazándolos por salas de chat, los foros online y lo que hoy, ya en plena era de las redes sociales, llamamos las comunidades digitales”, señala.
No existe un “afuera” de internet
Uno de los principales cambios es que en el mundo digital las amistades ya no necesariamente empiezan en el colegio, la universidad, el trabajo o el barrio. También pueden iniciar en un chat de Discord, en una partida online, en un foro, en Twitch o en una comunidad por un gusto específico.
“Ya no podemos decir que existe un mundo offline, fuera de Internet... son esferas profundamente entrelazadas, básicamente interdependientes: lo que vemos hoy es que las amistades pueden nacer en comunidades online y afiatarse en persona, o mantenerse solo en un registro digital”, dice Jofré.
Eduardo Ferry Aranda, académico de Diseño de Juegos Digitales del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello (UNAB), plantea que no se trata necesariamente de que las nuevas generaciones no sepan distinguir entre lo online y lo real. Para él, el fenómeno va por otro lado: las formas de relacionarse que nacen en internet se están moviendo también al mundo presencial.
“Más que ser un problema de distinguir entre la ‘vida real’ y la ‘vida online’, lo que podemos observar, en las salas de clases universitarias, es que las dinámicas relacionales que ocurren en la vida online se trasladan a la vida real”, dice Ferry.
El académico apunta a una diferencia generacional. Quienes vivieron la masificación inicial de internet también tuvieron vínculos digitales, pero antes de eso, en teoría, existía una infancia con más rutinas fuera de la pantalla. Hoy, ese contacto puede partir mucho antes.
“Es quizá el mayor cambio para las nuevas generaciones, ya que han tenido acceso (o un potencial acceso) a internet desde la primera infancia, lo que determina en gran medida la forma en que se relacionan con sus pares de forma presencial, versus la vida en línea”, sostiene.
La idea tensiona un prejuicio todavía extendido: que una amistad virtual sería necesariamente más débil, más falsa o menos profunda que una presencial.
David Jofré, de la USACH, matiza esa mirada: “Debemos ser claros que tampoco hay pruebas concluyentes de que sean lazos más frágiles, episódicos o superficiales”.
El nickname como refugio
Desde la psicología, Nicolás Núñez, magíster en Neurociencia y académico en UNAB, observa que los vínculos principalmente virtuales reflejan una tensión entre las necesidades humanas de conexión y el entorno tecnológico actual.
El académico apunta a que el sistema de apego humano se desarrolló durante miles de años en contextos de proximidad física. Sin embargo, las formas actuales de vida, más aceleradas, estimulantes y socialmente demandantes empujan a muchas personas a buscar espacios de conexión menos expuestos.
“Así la interacción por RR.SS se ofrece como un sustituto accesible para aliviar la sensación de soledad, a pesar de no proveer de los nutrientes neurobiológicos propios de la interacción cara a cara, como la oxitocina, vasopresina u otros”, explica.
El nickname es algo más que un nombre de usuario. Puede ser una máscara, pero también una especie de refugio. Para algunas personas, permite hablar sin cargar con el peso del juicio social inmediato, la historia personal o las inseguridades asociadas al encuentro presencial.
Núñez afirma que “el anonimato o el uso de un pseudónimo actúa como un escudo psicológico para un sistema nervioso que teme el rechazo”.
Este escudo puede activar formas de expresión que en la vida diaria pueden ser más difíciles de tener. “Exponer el ‘yo real’, implica el riesgo de rozar, o profundizar alguna herida de apego o trauma, producto de experiencias previas de rechazo que fueron en extremo dolorosas”, agrega.
El académico UNAB Eduardo Ferry cree que, en el mundo de los juegos virtuales, el apodo no tiene una sola lectura. Puede ser refugio, pero también una forma de expresión, una herramienta creativa o una manera de mostrar algo que en la vida presencial no siempre aparece.
“Para algunos puede significar una forma de poder expresarse públicamente y generar relaciones sociales significativas que no se pueden lograr a través de la presencialidad; para otros, una forma de alimentar el ego y sentirse superior, así como puede significar también una forma de obtener seguridad para enfrentar la vida; para otros es una forma de mostrar su trabajo, su creatividad o su mundo interior, sin tener que correr el riesgo de ser confrontado físicamente”, dice.
Por eso, más que hablar de una careta, el académico prefiere entenderlo como una zona más de la identidad. “Más que una máscara, es la exposición de otro aspecto de la vida, ya sea como expresión lúdica, realista o ficticia”, señala.
Cuando los espacios tradicionales pierden fuerza
El atractivo de las comunidades virtuales no se explica sólo por la tecnología. Aparecen en un contexto en que algunos espacios presenciales han perdido fuerza como lugares de pertenencia y ya no siempre funcionan como lugares seguros, estables o suficientemente atractivos para construir comunidad.
“La asimetría en el acceso a espacios públicos de calidad y seguros entre las comunas del país, desincentiva la participación en estos espacios”, señala Ferry.
Algo similar, dice, ocurre con otros espacios tradicionales. “Las escuelas tampoco se ofrecen como un lugar donde se obtengan experiencias motivantes”, mientras que “las universidades y el trabajo, se han vuelto espacios al servicio de la maquinaria de producción”.
En ese escenario, las comunidades digitales no siempre reemplazan por completo la vida presencial, pero ofrecen compañía, conversación y pertenencia donde otros lugares fallan. “Es así como las comunidades digitales, se convierten más en un salvavidas para muchas personas, donde pueden conversar, jugar y crecer personalmente, obteniendo la satisfacción que ya no se obtiene de los espacios tradicionales”, sostiene Ferry.
El problema aparece cuando el mundo digital deja de ser un complemento y se transforma en el único espacio percibido como seguro. Núñez advierte que, en algunos casos, puede ocurrir “un fenómeno de disociación de la identidad analógica y digital”.
“Cuando por un lado el entorno físico expone a una persona a altos niveles de estrés o invalidación, y por otro lado el entorno digital ofrece predictibilidad, recompensa y reconocimiento, el sistema nervioso de la persona identifica el espacio digital como un ‘hábitat seguro’”, explica Nicolás Núñez.
Eso no significa que toda amistad virtual sea problemática. De hecho, el psicólogo reconoce que estos vínculos pueden tener valor emocional real. La clave está en distinguir entre elección y refugio forzado. “La diferencia es que, al elegir, psicológica y biológicamente activamos un modo de intención consciente: nuestro comportamiento se orienta a objetivos, que se relacionan con un modo interno de funcionamiento saludable”, dice Núñez.
Datos, dependencia y engaños
La normalización de los vínculos virtuales también exige mirar sus riesgos. La amenaza no está en que una amistad nazca por internet, sino en las condiciones en que se construye: qué información se comparte, cuánto control tiene la persona sobre su exposición, qué mecanismos de cuidado existen y qué tan verificable es la identidad del otro.
David Jofré identifica dos grandes áreas de riesgo: la vulneración de los datos personales de los usuarios, y la adicción e improductividad. “En ambos casos, se termina por afectar gravemente la salud mental de los usuarios”, asegura.
Esto puede facilitar escenarios de acoso o manipulación. “La exposición de datos personales permite que se puedan configurar discursos de odio, acoso y hostigamiento de parte de otros usuarios, en tanto que un joven adicto a las redes sociales terminará por proporcionar cada vez más información para que se generen estas situaciones de riesgo para la salud mental”, advierte.
En el caso de adolescentes, el cuidado debe ser mayor. “Asimismo, en el caso de adolescentes en particular, la amistad en línea puede ser una estrategia de engaño para que pederastas ganen acceso y los pongan en peligro”, señala Jofré.
“Es importante que los tutores a cargo de menores o incluso jóvenes adultos, ofrezcan espacios de confianza y seguridad que faciliten la comunicación en caso de observar estos riesgos y puedan conocer con quienes se comunican, para actuar cuando la situación lo amerite”, dice el académico Eduardo Ferry.
Núñez, por su parte, propone mirar las señales de alerta desde el impacto que la vida online tiene sobre el funcionamiento cotidiano.
“En general tienen que ver con un deterioro en la calidad de bienestar emocional, psicológico o social, sumado a la presencia de síntomas de enfermedad mental (ansiedad y depresión, por ejemplo) y debilitamiento de la capacidad de funcionar y cumplir tareas cotidianas”, sugiere.
No negar el vínculo, sino entenderlo
Para familias, parejas o cercanos, el desafío es no caer en la respuesta fácil de decir que “eso no es una amistad real”. Ese juicio suele cerrar la conversación antes de entender qué función está cumpliendo ese espacio virtual en la vida de una persona.
“Sugiero intentar mirarlo a través de la curiosidad científica y la empatía”, plantea el psicólogo UNAB Nicolás Núñez. “El objetivo no debe ser alejar a la persona del mundo digital, sino usar esa información para acercarla al mundo físico, sabiendo que la conexión que busca es mucho más profunda, compleja y sana, cuando estamos ahí en todos los planos”.
David Jofré, de la USACH, también apunta a la necesidad de mejores formas de cuidado dentro de las propias plataformas y comunidades. “Debemos propender a mejores mecanismos de moderación comunitaria de contenido y filtros para las interacciones en el mundo digital: sería el camino más idóneo para regular de alguna forma los riesgos que contraen estos vínculos, sin estropear su espontaneidad y naturalidad”.
Eso sí, las relaciones afectivas a distancia no son un fenómeno que haya nacido con internet. Durante el último tiempo, ha existido un sinnúmero de formas y medios de expresarse afectivamente, y cada una de estas ha ofrecido formas particulares, sean cartas, pinturas, fotos, mensajes radiales, cintas de cassette, registros en video o programas de televisión. “Son parte de estos territorios afectivos”, propone Ferry.
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