Culto

El Papa contra el Rey: la guerra de poderes que terminó con un emperador descalzo en la nieve

¿Quién tiene el poder real? La disputa entre Enrique IV y Gregorio VII por el nombramiento de obispos desató un "juego de tronos" medieval que cambió la historia de Occidente. Fue la llamada "Humillación de Canossa" y la historia te la contamos aquí.

Antes que Donald Trump y su mediático round con el Papa León XIV, estuvieron Enrique IV del Sacro Imperio Romano Germánico y el papa Gregorio VII. Ambos, en el medieval año 1077 protagonizaron un electrizante choque de poderes como parte de la llamada Querella de las investiduras.

¿Qué fue esto? En términos simples, un conflicto político en el que tanto el Papado como la autoridad secular -el Sacro Imperio Romano Germánico- se atribuían la potestad de los nombramientos de los obispos. “El papa Gregorio VII pretendía reformar la iglesia y uno de los puntos más importantes era decidir quién tenía la autoridad para nombrar obispos y eclesiásticos”, detalla el historiador español Mikel Herrán en el podcast El Intermedio.

El Papado, por supuesto, se oponía a que el Emperador ejerciese dicho poder. “A cambio de su apoyo, el rey daba a los obispos y eclesiásticos diversas prebendas. Esto para el papa era simonía, es decir, la compra de favores espirituales a cambio de favores materiales“.

El punto de quiebre fue cuando el emperador Enrique IV nombró como arzobispo de Milán a uno de sus capellanes. El Papa Gregorio VII, por supuesto, no lo aceptó y amenazó con excomulgar al monarca. “El pontífice entendió que el emperador se había arrogado competencias que le correspondían a él, por lo que le urgió a desistir de su actitud y a hacer penitencia", señalan José Ángel García de Cortázar y José Ángel Sesma Muñoz en su Manual de Historia Medieval (Alianza).

Pero el conflicto fue escalando como bola de nieve. “En enero del 1076, el monarca germano convocó sendas reuniones de prelados alemanes en Worms y lombardos en Piacenza que, instigados por el rey, depusieron al pontífice bajo los cargos de destrucción de la paz de la Iglesia, usurpación del solio y abuso de autoridad sobre obispos y príncipes. La respuesta papal fue de dureza similar; en el Sínodo Romano de febrero del mismo año, Enrique IV fue desposeído de su condición real", señala el libro Historia Universal de la Edad Media, de Vicente Álvarez Palenzuela.

Este último punto fue la jugada maestra del Pontífice, puesto que no solo le retiró su cargo a Enrique IV, sino que lo excomugó. Si esto ya era muy malo para Enrique, la cosa se le comenzó a poner peor: en Alemania aparecieron partidarios del Papa, de hecho, entró en escena el príncipe Rodolfo de Suabia con la intención de ceñirse la corona. Derechamente, un golpe de estado al emperador avalado por el Papa.

En este medieval juego de tronos, Enrique IV entendió que no le quedaba más opción que conseguir el perdón del Papa, que le quitara la excomunión y así volver a quedar legitimado para que nadie se le sublevara. Por supuesto, se dio cuenta que la mejor forma de hacerlo no sería por escrito sino ir en persona donde Gregorio VII. Y así lo hizo, desde su base en Espira, Alemania, decidió salir a la búsqueda del papa.

En enero de 1077, cuando el invierno europeo calaba los huesos y la nieve caía inclemente, Enrique IV llegó a donde se encontraba en Pontífice, en el castillo de Canossa, en el norte de Italia. Los historiadores coinciden en que el monarca no llegó ataviado con sus insignias imperiales, sino pobremente vestido. “Imploró el perdón del papa, al que se presentó vestido de penitente y andando descalzo por la nieve", indica el célebre historiador francés Jacques Heers en su Historia de la Edad Media. Fue la llamada Humillación de Canossa.

Humillación de Enrique IV ante el Papa para pedirle su perdón. Pintura de Eduard Schwoiser 1852.

“El papa seguía con ganas de humillarle y le cerró la puerta en las narices“, cuenta Mikel. Enrique IV estuvo tres días y tres noches frente a la puerta del castillo de rodillas en la nieve sin comer. Fue finalmente, la dueña del castillo, Matilde de Toscana, quien convenció al sumo pontífice del arrepentimiento del rey. Sin embargo, haberle dado el perdón debilitó la posición papal. ”Esta humillación confirmó sin duda el prestigio moral de Gregorio VII, pero el perdón le impidió sacar partido del éxito conseguido", señala Heers, porque Enrique pudo volver a su reino.

Pero el conflicto no acabó ahí. “La absolución de Canossa no solventó los problemas, pues la rebeldía de algunos príncipes alemanes, encendida por el decreto de excomunión de febrero de 1076, no se extinguió tras el perdón y condujo en marzo de 1077 a la elección del duque de Suabia Rodolfo como nuevo rey. El conflicto con Roma había conducido a una guerra civil, un escenario incómodo para el pontífice, pues debía elegir entre un rey, reintegrado al seno de la Iglesia y, por tanto, a sus funciones, y un opositor, cuya elección era lógica derivación del anatema papal contra Enrique IV. Los hechos de armas, equilibrados durante un tiempo, acabaron favoreciendo en enero de 1080 a este último, quien aspiró a un reconocimiento papal de la decantación militar", dice Álvarez Palenzuela. Gregorio VII volvió a excomulgar a Enrique, este volvió a Italia pero ya no como arrepentido penitente sino al mando de su ejército. Eso hizo huir al Papa.

Al fallecer en su exilio en Salerno, en mayo de 1085, Gregorio VII aún mascullaba lo sucedido. “Falleció en dicha villa, alejado de Roma y con la amargura que delatan sus palabras finales: ‘He amado la justicia y aborrecido la iniquidad; por eso, muero en el destierro’“, cita Álvarez Palenzuela.

El tirón entre el Papado y el Imperio recién se resolvió años después, en el 1122 mediante el Concordato de Worms. “Recogiendo la teoría de Yves de Chartres, distinguió entre la investidura espiritual concedida por el papa (simbolizada por la cruz y el anillo) y la investidura temporal, que estaba referida a los feudos episcopales y era concedida por el emperador (representada por el cetro)“, señala Heers. Es decir, logró establecer hasta dónde llegaban los límites de cada cual.

Enrique IV y Gregorio VII ya habían fallecido, siendo rivales hasta la muerte. El Concordato fue firmado por quienes los sucedieron, Enrique V y Calixto II, respectivamente. “El acuerdo no pasó de ser una tregua, ya que la voluntad imperial siguió siendo decisoria en la promoción de los altos cargos eclesiásticos, pero, por primera vez en la historia europea, se abría paso la idea de separación entre los poderes espiritual y temporal", indica Álvarez Palanzuela.

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